viernes, 11 de julio de 2008

Agamben. Lo que queda de Auschwitz.


ADVERTENCIA

Gracias a una serie de investigaciones cada vez más am­plias y rigurosas, entre las que el libro de Hillberg ocu­pa un puesto de privilegio, el problema de las circunstancias históricas (materiales, técnicas, burocráticas, jurídicas...) en que tuvo lugar el exterminio de los judíos ha sido suficien­temente aclarado. Las investigaciones venideras podrán arro­jar nueva luz sobre aspectos particulares, pero el cuadro de conjunto puede darse ya por establecido.

Muy diversa es, sin embargo, la situación por lo que hace al significado ético y político del exterminio, e incluso a la sim­ple comprensión humana de lo acontecido; es decir, en último término, de su actualidad. No sólo falta aquí algo que se ase­meje a un intento de comprensión global, sino también el sen­tido y las razones del comportamiento de los verdugos y de las víctimas; muchas veces, hasta sus mismas palabras siguen apa­reciendo como un enigma insondable, reforzando la opinión de los que quisieran que Auschwitz permaneciera incomprensible para siempre.

Desde el punto de vista del historiador, conocemos, por ejemplo, hasta en los detalles mínimos, lo que sucedía en Auschwitz durante la fase final del exterminio, la forma en que los deportados eran conducidos a las cámaras de gas por una escuadra integrada por sus propios compañeros (el denominado Sonderkommando), que se ocupaba después de sacar de allí los cadáveres, de lavarlos, de recuperar los dientes de oro y el cabello de sus cuerpos, antes de introducirlos por último en los hornos crematorios. Y a pesar de todo estos mismos sucesos, que podemos describir y ordenar temporalmente con precisión, siguen siendo particularmente opacos en cuanto intentamos comprenderlos verdaderamente. Quizá no hay nadie que haya expuesto con mayor inmediatez esa divergencia y esa desazón, como Salmen Lewental, un integrante del Sonderkommando, que confió su testimonio a algunas hojillas enterradas cerca del crematorio III, que salieron a la luz diecisiete años después de la liberación de Auschwitz.

Ningún ser humano puede imaginarse ‑escribe Lewental en su sencillo yídish‑ los acontecimientos tan exactamente como se produjeron, y de hecho es inimaginable que nuestras experiencias puedan ser restituidas tan exactamente como ocurrieron... nosotros, un pequeño grupo de gente oscura que no dará demasiado que hacer a los historiadores.

Aquí no se trata, como es obvio, de la dificultad que nos asalta cada vez que tratamos de comunicar a los demás nuestras experiencias más íntimas. Esa divergencia pertenece a la estructura misma del testimonio. Por una parte, en efecto, lo que tuvo lugar en los campos les parece a los supervivientes lo único verdadero y, como tal, absolutamente inolvidable; por otra, esta verdad es, en la misma medida, inimaginable, es decir, irreductible a los elementos reales que la constituyen. Unos hechos tan reales que, en comparación con ellos, nada es igual de verdadero; una realidad tal que excede necesariamente sus elementos factuales: ésta es la aporía de Auschwitz. Como está escrito en los papeles de Lewental, "la verdad entera es mucho más trágica, aún más espantosa..." ¿Más trágica, más espantosa? ¿En relación a qué?

Sin embargo, por lo menos en un punto, Lewental se había equivocado. Podemos tener la seguridad de que aquel "pequeño grupo de gente oscura" (oscura debe entenderse aquí, también, en el sentido literal de invisible, que no se llega a percibir) no cesará de ocupar a los historiadores. La aporía de Auschwitz es, en rigor, la misma aporía del conocimiento histórico: la no coincidencia entre hechos y verdad, entre comprobación y comprensión.

Entre el querer comprender demasiado, y demasiado depri­sa, de los que tienen explicaciones para todo y la negativa a comprender de los sacralizadores a cualquier precio, nos ha parecido que el único camino practicable es el de detenerse sobre esa divergencia. A esta dificultad se añade otra, que afec­ta en particular a quien está habituado a ocuparse de textos literarios o filosóficos. Muchos testimonios, tanto de los verdu­gos como de las víctimas, proceden de hombres comunes, y gente "oscura" era obviamente la gran mayoría de los que se encontraban en los campos. Una de las lecciones de Auschwitz es, precisamente, que entender la mente de un hombre co­mún es infinitamente más arduo que comprender la mente de Spinoza o de Dante (también en este sentido debe ser comprendida la afirmación de Hannah Arendt, a menudo tan mal interpretada, sobre la "banalidad del mal").

Los lectores quedarán probablemente decepcionados al encontrar en este libro tan poco de nuevo sobre los testimonios de los supervivientes. En su forma, éste es, por así decirlo, una suerte de comentario perpetuo sobre el testimonio. No nos ha parecido posible proceder de otra manera. Sin embargo, dado que a partir de un cierto momento se ha revelado como evidente que el testimonio incluía como parte esencial una laguna, es decir, que los supervivientes daban testimonio de algo que no podía ser testimoniado, comentar sus testimonios ha significado de forma necesaria interrogar a aquella laguna o, mejor dicho, tratar de escucharla. Prestar oídos a tal laguna no ha resultado, para el autor, un trabajo inútil. Le ha obligado, sobre todo, a despejar el terreno de casi todas las doctrinas que, después de Auschwitz han tenido la pretensión de definirse con el nombre de ética. Como tendremos ocasión de ver, casi ninguno de los principios éticos que nuestro tiempo ha creído poder reconocer como válidos ha soportado la prueba decisiva, la de una Ethica more Auschwitz demonstrata. Por su parte, el autor considerará recompensados sus esfuerzos si, en el intento de identificar el lugar y el sujeto del testimonio, ha logrado por lo menos plantar aquí y allá algunos jalones que puedan orientar eventualmente a los cartógrafos de la nueva tierra ética. O incluso si ha conseguido al menos que algunos de los términos con que se ha registrado la lección decisiva de nuestro siglo sean corregidos, que se abandonen algunas palabras y otras sean comprendidas de modo diverso. También éste es un modo ‑quizás el único modo posible‑ de escuchar lo no dicho.


Aquel día, el resto de Israel,

los supervivientes de Jacob,

no volverán a apoyarse en su agresor,

sino que se apoyarán sinceramente

en el Señor, el Santo de Israel.

Un resto volverá, un resto de Jacob,

al guerrero divino:

aunque fuera tu pueblo, Israel,

como arena del mar,

sólo un resto volverá a él...

I s. II, 20‑22


Pues bien, del mismo modo también en el tiempo presente subsiste un resto, elegido por gracia ... y así, todo Israel será salvo.

Rm. II, 5‑26