
La revista cuyo programa se presenta aquí reivindica una pretensión de autoridad en la misma medida en que toma conciencia de su situación. Sólo en tanto que se atiene a una conciencia semejante puede aspirar sin prepotencia a encontrar en sí misma el criterio de su propia actualidad -en un tiempo que ha perdido cualquier otro criterio de actualidad que no sea "eso de lo que hablan los diarios" y precisamente cuando "eso de lo que hablan los diarios" no tiene nada que ver con
El apartamiento al que nos referimos es el que se ha producido tempranamente en la cultura occidental moderna entre el patrimonio cultural y su transmisión, entre verdad y transmisibilidad, entre escritura y autoridad. Nuestra cultura está tan lejos de tomar conciencia de ese apartamiento que incluso su formulación, sin recurrir a categorías provenientes de otras culturas, presenta dificultades casi insuperables. Para dar cuenta de ello con mayor precisi6n podríamos servimos de las categorías talmúdicas de Halakha (la Ley en sí, la verdad separada de toda consistencia mítica) y Aggada (la verdad en su consistencia emocional, en su "traducibilidad"), o bien de las categorías árabes sharî'at y haqîqat que designan la Ley en su literalidad y en su sentido espiritual; o recurrir también a las dos categorías de "contenido fáctico" y "contenido de verdad", cuya unidad originaria y cuya separaci6n en el curso del tiempo caracterizan, según Benjamin, la esencia y la historicidad de la obra de arte.
En estos términos, el carácter específico de la cultura occidental podría expresarse entonces diciendo que en ella se ha producido una fractura irreparable entre Halakha y Aggada, entre sharî'at y haqîqat, entre contenido fáctico y contenido de verdad. Por lo menos a partir del ocaso de la teoría medieval de los cuatro sentidos de las escrituras (teoría que no tiene nada que ver con el gratuito ejercicio de cuatro interpretaciones sucesivas y diferentes de un texto, sino que más bien se inserta entre ellas, en la relaci6n vital entre contenido fáctico y contenido de verdad), se ha vuelto imposible la rearticulaci6n de esos términos (lo que se manifiesta, entre otras cosas, en la pérdida del comentario y de la glosa como formas creativas). De modo que hay una verdad, pero no la posibilidad de trasmitida; existen medios de transmisión, pero no transmiten ni enseñan nada.
Esta desconexi6n esencial en nuestra cultura sigue manifestándose en cada ocasión como un contraste entre lo viejo y lo nuevo, el pasado y el presente, los anciens y los modernes. Lo que actualmente esta querelle impide ver es que tanto lo viejo como lo nuevo se han vuelto rigurosamente inaccesibles. Pues no es verdad que nuestro tiempo se caracterice simplemente por un olvido de los valores tradicionales y por un cuestionamiento del pasado: al contrario, quizás nunca una época ha estado tan obsesionada por su propio pasado y ha sido tan incapaz de hallar una relación vital con él, tan memoriosa de la Halakha y tan inepta para darle una consistencia aggádica. Extrañamiento y ready-made, détournement y cita fueron en nuestro siglo las últimas tentativas para reconstruir esa relación (la vanguardia, cuando es consciente, nunca está dirigida hacia el futuro, sino que es un esfuerzo extremo por recuperar una relación con el pasado): su ocaso señala el comienzo de un tiempo en que el presente, petrificado en una facies arcaica, es siempre un escombro, mientras que el pasado, con su alienada máscara moderna, no es más que un monumento del presente.
La revista reinvindica esta desatadura y este apartamiento como su propio lugar. Pues aunque el fenómeno que hemos descripto concierne por cierto a la cultura occidental en su conjunto, sin embargo en la cultura italiana alcanza su máxima amplitud. Lo particular de la cultura italiana con respecto a las demás culturas europeas es que en su caso no existe simplemente una tradición anquilosada a la que se debiera restituir su fluidez original, sino que desde un principio el patrimonio cultural no se unió aquí a su transmisión, la Halakha no encontró su Aggada. El apartamiento en que la revista intenta situarse es por lo tanto, para la cultura italiana, el acontecimiento original que aún no ha dejado de suceder. Aquí nada se ha agotado, porque todavía nada ha empezado: no hay un comienzo, porque todo empieza por el final. Por consiguiente, en esta cultura todas las tradiciones son falsas, todas las autoridades probadamente mentirosas; pero igualmente y de inmediato todas las apelaciones a lo nuevo re caen en el pasado, todas las desmitificaciones son mitificadoras. De allí la peculiar fragilidad de todas las posiciones intelectuales en Italia, que parecen siempre sorprendidas en flagrante temor de ser eliminadas. De allí también la fuerza de quien haya tomado conciencia de que no puede legitimarse en ninguna tradición viviente: ya es un despojo, ya ha sido eliminado; pero como despojo no teme a las corrientes e incluso puede enviar señales.
La tarea que su situación le impone a la revista no puede entonces definirse sencillamente como una "destrucción" de la tradición, si bien necesaria, sino más bien como una "destrucción de la destrucción" donde la destrucción de la transmisibilidad, que constituye el carácter original de nuestra cultura, sea llevada dialécticamente a la conciencia. Únicamente con una "destrucción" así podrán hacerse visibles las estructuras categóricas de la cultura italiana, como en una casa en llamas el proyecto arquitectónico fundamental. La elección de la comedia y el rechazo de la tragedia, el dominio del elemento arquitectónico y una sensibilidad tan inerme ante la belleza que no logra captarla sino como "vaguedad", la preeminencia del Derecho junto a una concepción criatural de la inocencia humana, la precoz atención hacia la fábula como mundo embrujado por la culpa y el rescate cristiano de ese mundo en la miniatura "histórica" del pesebre, el interés por la historiografía colindante con una concepción de la vida humana como "fábula", son sólo algunas de las categorías sobre cuyas tensiones antinómicas se sostiene el fenómeno italiano.
De allí surge el particular planteo que la revista le hace a una filología que haya superado los límites que le dicta una estrecha concepción académica. Y en efecto dicha filología debe constituir el órgano para su "destrucción de la destrucción”. En nuestra cultura, que no dispone de categorías específicas para la transmisión y la exégesis espiritual, siempre se le ha encomendado a la filología la tarea de garantizar el carácter genuino y la continuidad de la tradición cultural. Por ello un conocimiento de la esencia y de la historia de la filología debiera ser la condición preliminar de toda educación literaria: y sin embargo es un conocimiento difícil de hallar incluso entre los filólogos. Antes bien, precisamente en lo que concierne a la filología reinan en general la confusión y
La abolición de la separación entre la cosa transmisible y el acto de transmisión, entre escritura y autoridad, es efectivamente desde un principio la tarea de
La "representación sorprendente de la facticidad" y la devoción "mágica" a los objetos particulares que Benjamin reconocía como rasgos específicos del método filológico, al igual que la definición del filólogo como phílomythos y fabellae studíosus que se encuentra en ese manifiesto de la filología moderna que es la Lamía de Poliziano, confirman este parentesco que debe volver a explicitarse entre las disciplinas crítico-filológicas y
Así podrá tomar forma y adquirir consistencia el proyecto de una "disciplina de la interdisciplinariedad" donde converjan todas las ciencias humanas con la poesía y cuyo fin sería la "ciencia general de lo humano" que en muchos sitios se anuncia como la tarea cultural de la próxima generación. Dentro de sus límites, la revista pretende preparar el advenimiento de dicha ciencia todavía sin nombre y que en su identidad con la poesía sería también una nueva y crítica mitología (crítica, es decir, liberada de la sujeción a los poderes del Derecho y del Destino y restituida a la historia).
Dada esta concepción de las tareas que le serían propias, está implícito que la revista debe devolverle a la crítica su rango y su violencia. Un privilegio de ese rango y de esa violencia es que la crítica no tenga necesidad de exponer sus propias relaciones con
Apostilla histórico-filológica
¿Qué es en efecto una forma indoeuropea (por ej. *deiwos, *ar-, *wegh, *med) restaurada por la comparación filo lógica de las formas singulares de las lenguas históricas? ¿Qué es un estado de la lengua no constatado históricamente y reconstruido así por la comparación? Lo que se verifica indudablemente en este caso -como en el mito- es una producción del origen, pero ese origen no es un acontecimiento arquetípico separado in illo tempore, sino que en sí mismo es algo esencialmente histórico. Sin embargo, su "historicidad" no puede entenderse en un sentido exclusivamente diacrónico como si solamente se tratara de un estado de la lengua cronológicamente más antiguo: como "sistema definido de correspondencias", representa en cambio en la misma medida una tendencia presente y activa en las lenguas históricas. Es un origen: pero un origen que no es remitido diacrónicamente al pasado, sino que antes bien garantiza la coherencia sincrónica del sistema. Vale decir que expresa algo que no puede ser convenientemente descripto en términos puramente diacrónicos ni tampoco en términos exclusivamente sincrónicos, sino que únicamente puede ser concebido como una separación y una diferencia entre diacronía y sincronía. Podríamos definir esa separación como una arkhé histórica, para distinguirla de un instante puntual y continuo en la cronología tradicional. La legitimidad de tal "historicidad sincrónica" está científicamente fundada al menos a partir de los Principios de fonología histórica de Jakobson, que introdujeron la historicidad y la teleología en categorías consideradas estáticas y sincrónicas por excelencia, abriendo la vía para una consideración del lenguaje capaz de mediar entre la lingüística descriptiva y la lingüística histórica. Desde este punto de vista, se hace visible la insuficiencia de la oposición entre estructura e historia: como arkaí, las formas indoeuropeas no son propiamente estructurales ni tampoco históricas, ni sincrónicas ni diacrónicas.
Polemizando con las tesis estructuralistas, Dumézil caracterizó el objeto de su mitología comparada en estos términos: "Mi trabajo no es el de un filósofo, sino que intenta ser el de un historiador: un historiador de la historia más antigua y de la franja de ultra-historia que razonablemente se pueda tratar de alcanzar". ¿Y qué sería esa "franja de ultra-historia" si no una arkhé en el sentido que hemos mencionado? Pues ciertamente nunca podrá resolverse por completo en acontecimientos que se pudieran suponer cronológicamente acaecidos, a menos de que se pretendiera legitimar el monstrum de una investigación historiográfica que produjese sus propios documentos originales. Lo que en este caso se define como "ultra-historia" es algo que todavía no ha dejado de acaecer y que, exactamente como en el sistema mítico, garantiza la inteligibilidad de la historia y su coherencia sincrónica. Desde este punto de vista, las "palabras" indoeuropeas son un equivalente de los nombres míticos: no causas, sino orígenes.
En tal sentido puede hablarse de la filología como de una "mitología crítica". Pues justamente la filología, que nos impide el acceso al mito, puede permitir que reconstruyamos una relación auténtica, libre con él. La filología extrae efectivamente al mito de su rigidez arquetípica y de su aislamiento y lo devuelve a