Tercera parte: Crítica de la información
12. Fenomenología tecnológica
¿Qué clase de cultura es la cultura de la información? Para ser más específicos, ¿en qué sentido es el orden de la información una cultura tecnológica? A fin de abordar ese problema, este capítulo intentará esbozar lo que equivale al pasaje de una cultura de la representación o una cultura representacional a una cultura tecnológica. El capítulo 1 introdujo la idea de la crítica-de-la-información y sugirió que la cultura representacional supone un dualismo efectivo, una distancia entre sujeto y objeto. En la cultura representacional el sujeto está en un mundo diferente de las cosas. En la cultura tecnológica, está en el mundo con las cosas. La trascendencia y el dualismo antes existentes son desplazados por la inmanencia y el monismo. Dos dualismos intervienen aquí. Uno, entre el sujeto, sea lector, audiencia o espectador, y la entidad cultural con la cual se encuentra. El otro, entre esta entidad cultural y la realidad más o menos plenamente representada por ella. En la cultura representacional, las relaciones entre estos tres elementos -sujeto, objeto cultural y objeto real- están distanciadas. En la cultura tecnológica, los tres están en el mismo mundo: un mismo mundo inmanente.
Para explorar las dimensiones de esa cultura inmanente, en este capítulo apelaré a la consideración del juego». Apoyado en Huizinga, deseo contrastar el juego de la cultura tecnológica con el utilitarismo de la cultura representacional. El utilitarismo, pariente cercano de la racionalidad instrumental, se ocupa de las cosas desde la perspectiva de la distancia: las cosas son en esencia entidades para el cálculo. El juego, por su parte, es desinteresado. Al jugar, estamos de manera inmediata en el mundo con las cosas y las personas: no las usamos ni como instrumento ni para maximizar los beneficios.
Abordaré luego el problema del conocimiento social. En la cultura representacional, el conocimiento social era el espejo de la naturaleza social. El conocimiento estaba apartado de la sociedad, así como la cultura lo estaba de la naturaleza. El tópico en discusión es el positivismo clásico. Recurro a la fenomenología y en particular a la obra de Harold Garfinkel para explicar que en la cultura tecnológica el conocimiento ya no está por encima de la naturaleza social, por decirlo así, ni la trasciende, sino que es inmanente a ella. Apelo a Garfinkel para dar cuenta de la transformación sufrida por la reflexividad en la cultura tecnológica. La reflexividad ya no tiene que ver con la toma de decisiones distanciada ni con la organización de relatos de vida (Beck et al., 1994). Se refiere, en cambio, al vínculo reflexivo del conocimiento y la acción, de modo que no hay absolutamente ninguna distancia entre ambos. Ahora, la acción es conocimiento y el conocimiento es acción. En la cultura tecnológica el conocimiento social es inmanente. Pretendo seguir la fenomenología de Garfinkel como una crítica de los supuestos de la fenomenología trascendental. Este tutor rompe con el humanismo efectivo y los supuestos ontológicos de pensadores anteriores (Husserl y Heidegger, pero también Lévinas y Derrida) para inclinarse por una fenomenología radical y «externalista» de las comunicaciones, en la que lo inteligible y lo material se comprimen en una única unidad comunicacional. Esta es la fenomenología de la era de
Juego: agonística versus representación
Agon, no utilidad
En contraste con el horno sapiens, cuya differentia specifica es la razón, y el horno faber, cuya diferencia específica es el trabajo, Johan Huizinga nos presenta al horno ludens. Según este autor (1971, pág. 8), la razón y el trabajo se inscriben en un dualismo negativo del espíritu y
Para Huizinga, el juego -que no es una cultura de la representación sino de lo real- es previo a las culturas de la representación, así como su fundamento. Actúa en el registro de la magia, anterior al espíritu de las religiones mundiales. No es moderno, ni clásico, ni antiguo, sino arcaico. Las religiones mundiales -cristianismo, judaísmo, taoísmo, hinduismo y confucianismo- suponen esferas separadas de lo sagrado y lo profano. Suponen una esfera simbólica independiente, y por lo tanto, ya, la lógica dualista de la cultura representacional. Su temporalidad es característicamente lineal. Pueden prometer la salvación y muchas vidas después de la muerte, pero lo que impiden es la magia en esta vida (Weber, 1963). El juego, en los torneos, certámenes y juegos que acompañan festivales y festividades estacionales, opera en el registro de
La cultura representacional habla el lenguaje de la correspondencia. Sin representación, la metáfora no tiene sentido. El lenguaje mágico del juego es metonímico, no metafórico. No hay correspondencia simbólica entre el hombre y el canguro. Por el contrario, el hombre se convierte en canguro, y de allí la significación de la máscara metonímica en el juego. La metáfora actúa mediante la representación, la metonimia, mediante
Gadamer considera el juego como la base del arte y
Las virtudes de Aristóteles están inmersas en una pluralidad de prácticas. Esas prácticas son más o menos agonísticaso y en cada una de ellas el premio de la virtud es el honor. Está en juego el honor. Tales prácticas agonísticas son previas y anteriores a lo bueno, lo verdadero y lo bello. El agon no sigue una lógica de bueno/malo, verdadero/falso o bello/horrible (y ni siquiera sublime), sino de victoria o derrota. Los Jugadores triunfantes ganan honor, se trate de competencias de sabiduría o de intercambio de regalos. Las prácticas de Aristóteles suponen «bienes internos»: internos a las prácticas, y contrapuestos a los bienes externos, los bienes utilitarios del prestigio, el poder y el dinero que Pierre Bourdieu trasladó de manera reveladora a las categorías utilitarias del «capital simbólico», el «capital cultural» y el «capital social». Los bienes utilitarios «se acumulan»; los bienes internos no lo hacen. El capital simbólico se acumula y de ese modo señala la difusión de la «economía restringida», la racionalización del anterior espacio del exceso. Compartir el exceso a través del agon es compartir el honor. Con seguridad, el honor no se acumula. El juego y el agon se inscriben en su registro (Bourdieu, 1984; Huizinga, 1971, pág. 64; MacIntyre, 1981). Huizinga interpreta el don de Marcel Mauss en términos de agon. Las competencias de entregas de regalos eran, como lo señalaron Mauss y Davy, «un jeu et une preuve» (Huizinga, 1971, pág. 61). El potlatch original y las competencias originales de intercambio de regalos se realizaban entre phratrai (hermandades), linajes de la misma tribu. Así sucedía antes de la existencia de una «instancia superior» -una instancia de representación-, una instancia estatal capaz de traducir el lenguaje de ganar/perder al lenguaje de bueno/malo. El jugador juega por una apuesta. Gana y pierde con honor. Los riesgos corridos por un apostador o aventurero no son los de la «sociedad del riesgo». Esta se basa en un principio asegurador de cálculo utilitario. En una toma de decisiones calculada. El apostador puede tener en cuenta las probabilidades, pero son más esenciales el bluff, la suerte y la apuesta por encima de sus posibilidades. El juego por dinero presta menos consideración al cálculo utilitario que a la fortuna.
El utilitarismo corresponde a la cultura representacional. Supone
Del agon a la representación
Jugar es estar tan interesado, tan inmediatamente involucrado como para excluir la posibilidad de juicio. El juicio siempre implica una instancia separada y neutral. Presupone una cultura de
La racionalización del juego, del agon, pone en primer plano la cuestión del juicio: se trate del juicio legal, el juicio cognitivo o el juicio moral o estético. Aquí es cardinal la aplicación de un universal a un particular. Para Kant, el juicio cognitivo se produce en la esfera de la necesidad y el juicio moral, en la esfera de
Para ser juzgadas, la obra de arte o la naturaleza contemplada deben estar en un espacio diferente del espacio del espectador. El partido de fútbol, el agon, no está en un espacio separado sino en el espacio de lo que Heidegger llamó «el ahí». Está ahí con los jugadores y los fanáticos, los simpatizantes del equipo, que no son espectadores. No debe verse o pintarse sino «jugarse» y seguirse. Los simpatizantes están «en el mundo» con su equipo. En ese sentido, el juego ya era parte de una cultura tecnológica. En la sociedad de la información se despliega en un espacio genérico (Koolhas et al., 1997). Los espacios genéricos son espacios descontextualizados que pueden estar en cualquier parte. El juego implica relaciones cara a cara, pero estas son genéricas, vale decir, desarraigadas, elevadas en el aire (Boden y Molotch, 1994). Están «en el aire», por así decido, con respecto a cualquier contexto en particular y podrían presentarse en cualquier otro. Esta intersubjetividad convertida en genérica, esta intersubjetividad a distancia, es lo que está en juego en
La misma práctica artística tiene sus raíces en el agon y se mantiene en mayor o menor medida en la esfera del juego. La poesía, la danza y en especial la música –señala Huizinga (1971, pág. 166)- son más lúdicas que la arquitectura, la pintura y
En cada caso, había un agotamiento de la «vida» en el juego y el agon y su racionalización en una forma de cultura representacional. Para Huizinga (1971, págs. 176, 185-7, 205), este proceso no es evolutivo sino cíclico. La dialéctica del juego es fundamental en el ascenso y caída cíclicos de las civilizaciones. En la Antigüedad grecorromana hay un agotamiento del elemento lúdico orgánico cuando la festividad adopta la apariencia del «seguro religioso». Roma aún se ufanaba, por supuesto, de la existencia de personajes obsequiosos y grandes donantes de salones, baños y teatros. La forma ritual persistía, pero el espíritu religioso había migrado hacia
La idea de las civilizaciones podría ser importante ¿Cuáles son las implicaciones en términos de civilización para la «cultura tecnológica» y el orden global de la información? En The Cultural Contradictions of Capitalism, Daniel Bell considera la civilización occidental como preponderantemente capitalista. Para él, su ascenso está culturalmente conectado con la ética protestante; su declinación, con la cultura del consumismo, el «todo vale». Al mismo tiempo, ese ascenso se atribuye al surgimiento de la modernidad, y su decadencia, a la penetración del modernismo, es decir, a la actitud crítica asociada al predominio de este en las artes y la difusión de su ethos a las formas de vida en general. A juicio de Bell, esa es la contradicción cultural del capitalismo. En una primera modernidad, la cultura reforzaba las actividades capitalistas. En una modernidad ulterior, las socava. Jonathan Friedman (1994) extendió este argumento y lo insertó en una perspectiva de sistemas mundiales. En ella, la civilización occidental es al mismo tiempo el sistema capitalista mundial de Estados-naciones descripto por Immanuel Wallerstein. Hoy, la víctima no es tanto el capitalismo como la identidad nacional, socavada principalmente por los movimientos globales de personas y culturas. La identidad nacional es minada por la cultura global y el multiculturalismo. En ese contexto, una serie de importantes pensadores, entre ellos Bourdieu, Richard Rorty y Claus Offe, hicieron suyo el argumento contra el multiculturalismo, que es preciso tomar en serio. Aunque antirracistas, esos autores están preocupados por la fragmentación de la identidad nacional.
En oposición a este tipo de caracterización de las civilizaciones podríamos citar la obra de AIjun Appadurai (1996) y Stuart Hall (1999). Appadurai defiende el multiculturalismo. Pero su multiculturalismo difiere, por ejemplo, del propiciado por Homi Bhabha, que considera los «terceros espacios» de la «diferencia». Appadurai propone un multiculturalismo de flujos. Como consecuencia, hoy no sólo presenciamos la decadencia de la civilización occidental sino al mismo tiempo el ascenso de otra civilización. Con seguridad es un poco prematuro pensar en un nombre para esta, pero en primer lugar es probable que sea tan oriental como occidental, y en ella China, sobre todo, pero también la India tendrán un sustancial peso global; segundo, el Estado-nación europeo ya no ocupará un lugar central como motor y paradigma. En lo esencial, no se tratará de un sistema de Estados-naciones sino de ciudades globales vinculadas y de flujos. Tercero, no será tan «sistémica» como el sistema mundial moderno y su civilización concomitante, en parte porque las unidades sistémicas de Estados-naciones, antes relativamente cerradas, serán ahora relativamente abiertas. Cuarto, sus reterritorializaciones y mesetas serán no lineales. La idea misma de una cultura global presupone una disolución progresiva de ese sistema mundial moderno. Esta concepción está menos inquieta por la disolución de la identidad nacional. La defensa de la civilización occidental y la cultura de la identidad nacional tiende a presumir un «canon» en literatura; en el caso de los anglosajones, una especie de cultura shakespeareana promovida, por ejemplo, por Harold Bloom. Los eruditos que defienden el canon también tienden a definir los límites de las disciplinas académicas. En el mundo académico, esa defensa suele ser asimismo un ataque contra el campo emergente de los estudios culturales, que no está institucionalizado ni es de fácil institucionalización como disciplina. En esta postura, los estudios culturales son asimilados a un ataque al canon: se los identifica con la «baja cultura» y el multiculturalismo.
La civilización occidental, con su Estado-nación comparte esencial, ha sido sobre todo el hogar de la cultura representacional, una cultura de
Una fenomenología empirista de las comunicaciones
lntencionalidad: de la inmanencia a la ontología
Harold Garfinkel (1984, pág. 35) escribió ominosamente que «para Kant el orden moral de "adentro" era un misterio pasmoso; para los sociólogos el origen moral de "afuera" es un misterio técnico». Al hablar aquí de sociología, Garfinkel se refería a la etnometodología o, en términos más generales, a
Para Husserl, las Wissenschaften deben repensarse en oposición sustancial a los supuestos naturalistas de la Ilustración. El observador objetivo de la Ilustración no tiene intencionalidad. Una vez situados en el mundo con los objetos, los acontecimientos y los procesos sociales, tenemos un «interés» en ellos. La intencionalidad supone un interés de ese tipo, mientras que la idea de juicio sobreentiende su ausencia (Kant, 1952). La «neutralidad axiológica» weberiana también presume la falta de una actitud. Tener una «actitud» para con los objetos, incluidos aquellos que son los sujetos sociales que estudiamos, es para Husserl «prestarles atención». Estar en el mundo con los objetos y los procesos sociales, mostrar una intencionalidad hacia ellos, es experimentarlos. Estar en un mundo separado significa observar y no experimentar. En la observación no prestamos bastante atención a las cosas; estas no nos afectan lo suficiente para constituir una experiencia. En rigor, evitamos experimentarlas. De modo que el juicio y la experiencia, como Husserl (1975) dio a entender en Experiencia y Juicio, se contraponen recíprocamente. En los modelos de conocimiento de dos mundos observamos o juzgamos. En los modelos de un mundo experimentamos. La fenomenología, en contraposición al realismo, sostiene que los objetos sólo existen para un «experienciador». No hay objetos, ni significado, ni verdad, ni conocimiento en ausencia de esa experiencia en el mundo con los objetos.
El observador produce conocimiento del objeto por medio de los juicios y
De esa infinita variedad de actitudes nos interesan tres para nuestro presente objetivo. Son: 1) la «actitud natural», 2) la «actitud científica», y 3) la «actitud reflexiva». En el plano empírico se manifiesta una cantidad infinita de actitudes naturales. La actitud científica es una actitud empíricamente manifestada. Es también un modo de experiencia. Un modo de experiencia muy particular y sumamente influyente. Un modo de experiencia que se presenta como si no lo fuera. Es un modo de ser-en-el-mundo que se manifiesta como si observara desde otro mundo. Pero a decir verdad es sólo una manera de experimentar desde el mismo mundo. Aun la desatención a un objeto se convierte en una de las muchas maneras de prestarle atención. Experimentar un objeto, un acontecimiento o un fenómeno sobre la base de cualquier actitud dada es «poner entre paréntesis». Lo que los fenomenólogos llaman «puesta entre paréntesis» es la suspensión del juicio. Es lo que hacemos al suspender la duda y describir. La actitud científica, por su parte, suspende la duda sobre la suspensión de la duda.
La misma «reducción trascendental» de Husserl se lleva a cabo con una intencionalidad específica: una actitud que él denomina «actitud reflexiva». No se trata en absoluto de la actitud científica. En la actitud reflexiva, la propia actitud científica se pone entre paréntesis. Desde el punto de vista de la reducción fenomenológica, la descripción no produce conocimiento en el sentido del a priori kantiano de las categorías lógicas del entendimiento (es decir, causa, efecto, silogismo, identidad, diferencia y cosas similares), sino conocimiento apodíctico. Las categorías de Kant privilegiaban la «intelección». Suponían el dualismo de la intelección, por un lado, y la intuición, por otro (Gasché, 1986). Para Kant, la intuición, nuestro vivir cotidiano corriente en el mundo con los objetos, no producía absolutamente ningún conocimiento significativo. El conocimiento significativo era el que se obtenía en la matemática y
Eso explica la fascinación por Husserl de toda una generación de estudiosos, entre ellos Hans-Georg Gadamer, Max Scheler, Martin Heidegger, Paul Ricreur, Maurice Merleau Ponty, Alfred Schutz y Emmanuel Lévinas. A partir de la intencionalidad y mediante la descripción de las estructuras de la conciencia que permiten la reducción se obtiene un conocimiento no epistemológico sino ontológico: el conocimiento de las estructuras ontológicas de las cosas y de la propia conciencia. La actitud reflexiva es la actitud, el modo de intencionalidad que nunca se manifiesta empíricamente -de allí los ataques de Husserl al psicologismo- y es, en cambio, la condición de posibilidad del conocimiento apodíctico, el conocimiento de las cosas en sí. Heidegger traslada este yo al mundo, lo llama Dasein y busca sus estructuras. No obstante, también el Dasein es trascendental, en cuanto no es un ser humano que acontezca empíricamente. En rigor, la totalidad de El ser y el tiempo está formulada en el lenguaje de la «condición de posibilidad». Si podemos describir las estructuras del Dasein, tendremos conocimiento de las cosas en sí. Alcanzaremos una relación auténtica con el ser a través de las estructuras ontológicas de los entes.
Contra la ontología: hacia un empirismo radical
Ahora bien, este es el punto donde la fenomenología se desmorona. El punto donde la fenomenología clásica -sea trascendental o del mundo de la vida- se derrumba, al menos desde el punto de vista de su adaptabilidad al orden global de
Para ellos, cualquier reducción deberá ser empírica, acontecer realmente. En segundo lugar, prescinden de cualquier estructura ontológica de los objetos. Prescinden tanto de la epistemología como de la ontología en beneficio de un empirismo minucioso: un empirismo que es fundamental para la crítica de la información planteada en este libro. Ese empirismo radical es al mismo tiempo un rechazo categórico del positivismo. El positivismo es una doctrina de dos mundos. No es una ontología ni una «tecnología» (a diferencia de la etnometodología, que sí es una tecnología) sino una epistemología del observador objetivo. Entre los filósofos de la ontología, la fenomenología de Heidegger era trascendental, como lo fue a todas luces
La clave de la «etnometodología» de Garfinkel consiste, entonces, en no abandonar la fenomenología de Husserl y pensarla exhaustivamente sin lo trascendental. Así, debería considerarse que la fenomenología de Garfinkel no se ocupa del «hacer» sino principalmente del «pensar». Se ocupa del conocimiento. De tal modo, los «etnométodos» de la etnometodología no son métodos, no son el «cómo» del ejercicio de las prácticas sociales de las formas cotidianas de vida. Son, en cambio como fue la reducción trascendental, métodos de conocimiento, de conocer. Para la fenomenología, el conocimiento se produce a través de operaciones. En esas «operaciones» se efectúan la reducción y la puesta entre paréntesis. El positivismo se interesa en el «porqué» de la explicación o lo que Weber llamaba erkldren. La fenomenología se interesa en el «qué» y el «cómo». El «qué» es la interpretación: la descripción fenomenológica de cosas y acontecimientos derivada de la puesta entre paréntesis según una actitud determinada. El «cómo» es el modo de alcanzar el conocimiento. Es la «operación» por conducto de la cual se llega al conocimiento. Al considerar las estructuras operacionales de la conciencia y observar el yo trascendental, Husserl se preocupa tanto por el «cómo», las operaciones de ese yo, como por el «qué», las descripciones o la interpretación resultantes.
En etnometodología, ese «cómo» del conocimiento es el mitodo. Hay métodos para hacer cosas y métodos para conocer. Garfinkel (como Husserl) está, repitámoslo, interesado en los últimos, y se refiere a las operaciones, pero además a una «estructura operacional» de «ámbitos organizados»: una estructura operacional de «actividades organizadas». Son esos ámbitos organizados, esas «formas de vida», los que tienen una estructura operacional. Y la «actitud», una actitud cuyo ejercicio produce conocimiento práctico, no pertenece a la conciencia sino a esos mismos ámbitos organizados. Los «miembros» de estos apelan a esas estructuras operacionales en sus encuentros con las cosas y con otros miembros. En rigor de verdad, un ámbito organizado no podría subsistir sin dichas estructuras. La actitud en cuestión es lo que Garfinkel, en la huella de Schutz y Husserl, llama «actitud natural» o actitud de la «vida diaria», para distinguirla de las actitudes científica y reflexiva. Pero no hay una sino un número infinito de actitudes naturales, de intencionalidades empíricas de la vida cotidiana: son ellas las estudiadas por los etnometodólogos. Estas estructuras operacional es realizan en concreto una «reducción empírica». Los etnometodólogos no se interesan en el tipo de descripciones y «comentarios» [«accounts»] hechos por medio de la reducción empírica de las estructuras operacionales. Se interesan ante todo en el modo de funcionamiento de estas últimas. Más adelante retomaremos este aspecto. Por el momento, limitémonos a señalar que el objeto de la etnometodología es ese conocimiento socialmente organizado y práctico; un conocimiento que es en sí mismo el resultado de un proceso continuo y crónico de reducción empírica.
Garfinkel se refiere a esas descripciones fenomenológicas como «comentarios». También las llama «informes», «historias» y «glosas». Es importante considerar qué «comentan». Sin lugar a dudas, no son comentarios de las propias estructuras operacionales, cuyas «propiedades formales» deben describir los etnometodólogos. Para los practicantes de la vida cotidiana son, en cambio, comentarios de actividades y expresiones, lo que Garfinkel denomina «actividades indicativas» y «expresiones indicativas». «Indicativas» significa para él no comprensibles objetivamente en términos de una relación entre universal y particular. En comparación, Husserl hablará de la descripción de las esencias (y de la estructura de la conciencia); Schutz, sobre todo de «interpretación» y «comprensión» (verstehen); Gadamer, de interpretación; Derrida, de una «escritura» nunca aprehensible del todo; Lévinas, de una ética de
Una fenomenología empírica de las comunicaciones
En su tesis de doctorado, Garfinkel se interesó en el problema del orden social. En efecto, el primer capítulo de importancia de ese trabajo se titula «The question of social order», y en él puede advertirse una notoria influencia de Talcott Parsons. Garfinkel (1952, pág. 43), como Parsons, discrepa por completo con Hobbes y su idea de que las «mónadas incomunicantes» puedan ser de algún modo el fundamento del orden social. Hobbes, señala nuestro autor, participa del supuesto de la actitud científica, en el cual el científico como observador es una «mónada incomunicante». Estas propiedades del científico se transfieren luego a las prácticas de la vida cotidiana. Aquí vemos el lugar central de la «comunicación» en la idea de conocimiento de Garfinkel. La interpretación y la descripción son insuficientes. Los «comentarios», los «informes» y las «glosas» son tanto comunicaciones como entidades de conocimiento. La teoría del conocimiento de Garfinkel es una teoría del conocimiento comunicado. Si bien este autor hace suyo el problema del orden social de Talcott Parsons, no cree que este le dé una solución. Y no se la da porque, como Hobbes -y para el caso, señala Garfinkel, también Kant y Weber-, adopta una variante de la actitud científica, esta vez más sofisticada. Según el entender de Garfinkel, Parsons y Weber adhieren a la «teoría de correspondencia de la realidad» de la actitud científica, y no a la «teoría de congruencia de la realidad», concerniente a la actitud de la vida diaria. Así, el primero habla de un «mundo objetivo», abordado mediante el «método lógico empírico» de lo que Garfinkel considera la «actitud sociológica» predominante. La correspondencia proviene de una «operación de equiparación» de «esquema» y objeto. Por esa operación, un «constructo empírico» abstrae rasgos del objeto concreto como un tipo ideal. Este es a lo sumo una aproximación al objeto concreto y, en definitiva, sólo un objeto empíricamente posible. No es más que una «designación nominalista» que «se sitúa al margen de las fluctuaciones de las circunstancias y las apariencias de perspectiva» (págs. 99, 104).[6] En la «teoría de congruencia de la realidad» que Garfinkel toma de Husserl y Schutz, «el interés que algo tiene para un testigo es uno y lo mismo con la realidad de la cosa». En otras palabras, la actitud asociada a una forma de vida es inseparable del objeto. En verdad, el ajuste no es una equiparación sino una «operación constitutiva» (pág. 96). En este punto Garfinkel dice que el «cómo» y el «qué» son inseparables. En vez de decimos algo sobre el objeto, el conocimiento está directamente incorporado a él. El constructo empírico no se abstrae del objeto real, sino que «se presenta ante el objeto designado por él como constitutivo del carácter unificado de las especificaciones» que, «en su unidad como esquema de especificaciones, significan todo lo que se da a entender con "objeto concreto"» (pág. 104). De tal modo, el objeto es muy real como esquema de especificaciones relevantes para el interés. Los objetos tienen «propiedades organizacionales» en una suerte de «estructura de relevancia de los objetos». Gartinkel no alude a un mero constructivismo por el cual un sujeto construye un objeto. Debe darse, en cambio, la presencia de un objeto a fin de que sea posible una actitud.
Se plantea aquí un tipo muy específico de reflexividad, característica, a mi entender, de la sociedad global de la información. Lo reflexivo son las «prácticas descriptivas» [«accounting practices»]. Y estas son reflexivas en cuanto están «encarnadas» (Garfinkel, 1984, pág. 1). El carácter reflexivo de las prácticas descriptivas es su naturaleza encarnada. Así pues, ser reflexivo es estar encarnado. La cosa se parece más a un reflejo que a una reflexión. En este contexto, reflexividad no significa «racionalidad», aunque los comentarios estén «reflexivamente ligados por sus rasgos racionales a las oportunidades socialmente organizadas de su uso». Los comentarios, entonces, también son rasgos de su utilización una «operación de equiparación» de «esquema» y objeto. Por esa operación, un «constructo empírico» abstrae rasgos del objeto concreto como un tipo ideal. Este es a lo sumo una aproximación al objeto concreto y, en definitiva, sólo un objeto empíricamente posible. No es más que una «designación nominalista» que «se sitúa al margen de las fluctuaciones de las circunstancias y las apariencias de perspectiva» (págs. 99, 104).[7] En la «teoría de congruencia de la realidad» que Garfinkel toma de Husserl y Schutz, «el interés que algo tiene para un testigo es uno y lo mismo con la realidad de la cosa». En otras palabras, la actitud asociada a una forma de vida es inseparable del objeto. En verdad, el ajuste no es una equiparación sino una «operación constitutiva» (pág. 96). En este punto Garfinkel dice que el «cómo» y el «qué» son inseparables. En vez de decimos algo sobre el objeto, el conocimiento está directamente incorporado a él. El constructo empírico no se abstrae del objeto real, sino que «se presenta ante el objeto designado por él como constitutivo del carácter unificado de las especificaciones» que, «en su unidad como esquema de especificaciones, significan todo lo que se da a entender con "objeto concreto"» (pág. 104). De tal modo, el objeto es muy real como esquema de especificaciones relevantes para el interés. Los objetos tienen «propiedades organizacionales» en una suerte de «estructura de relevancia de los objetos». Gartinkel no alude a un mero constructivismo por el cual un sujeto construye un objeto. Debe darse, en cambio, la presencia de un objeto a fin de que sea posible una actitud.
Se plantea aquí un tipo muy específico de reflexividad, característica, a mi entender, de la sociedad global de la información. Lo reflexivo son las «prácticas descriptivas» [«accounting practices»]. Y estas son reflexivas en cuanto están «encarnadas» (Garfinkel, 1984, pág. 1). El carácter reflexivo de las prácticas descriptivas es su naturaleza encarnada. Así pues, ser reflexivo es estar encarnado. La cosa se parece más a un reflejo que a una reflexión. En este contexto, reflexividad no significa «racionalidad», aunque los comentarios estén «reflexivamente ligados por sus rasgos racionales a las oportunidades socialmente organizadas de su uso». Los comentarios, entonces, también son rasgos de su utilización como los supuestos de la elección racional de la economía neoclásica, la modernización reflexiva es esencialmente individualista. La fenomenología empírica se concentra en la colectividad: de allí el lugar central de las comunicaciones, el «contar». Y de allí que las razones deban ser al mismo tiempo comentarios. No ocurre lo mismo con la modernización reflexiva, en la cual las razones justifican las decisiones. Para la fenomenología empírica, lo crucial, más que la inteligibilidad de las cosas para uno mismo, es su inteligibilidad para los otros. Hacer las actividades inteligibles para los otros significa simultáneamente coordinar las actividades correspondientes con ellos. Esto es, entonces, racionalidad con un propósito; y ese propósito son sus consecuencias. Tenemos aquí una doctrina resueltamente antikantiana. La razón pura, la razón práctica y el juicio estético de Kant suponen que el sujeto no está en el mundo con el objeto, sea este una cosa o un proceso social. En Kant tenemos interioridad; en la fenomenología empírica, exterioridad. En el primero, juicio; en la segunda, suspensión del juicio.
Espacio, tiempo, comunicaciones
Consideremos las implicaciones para el espacio y el tiempo. En términos de espacio, lo más importante es que uno, el sujeto, está dado en el mundo. El mundo no es un objeto de contemplación. En la actitud de la vida diaria (esto es, la actitud fenomenológica), uno está dado en el mundo. Esta actitud «maximiza la presencia en el mundo, maximiza el carácter de perspectiva de nuestras actitudes hacia las cosas, las actividades, las expresiones y los procesos sociales en el mundo. En la actitud científica hay en sustancia una minimización de ese carácter de perspectiva con la suspensión de la subjetividad (en el sentido de tener un punto de vista personal y subjetivo sobre algo)». En la fenomenología el mundo se adensa, se opaca y adquiere una textura tectónica, a diferencia del espacio transparente y vacío, el espacio leve de la actitud científica. En la actitud natural, el mundo es opaco y complejo, con sujetos situados en perspectiva y cuyos cuerpos cobran densidad. El mundo «es descripto como un conjunto de posiciones "ahí" fijadas de acuerdo con el "aquí" (corporal) del actor» (Garfinkel, 1952, pág. 62). Para la actitud científica los objetos no tienen densidad. Son puntos o variables ordenadas en causas y efectos. Tampoco la tiene el observador, que es un punto.[8] «Cuando adopto la actitud de la vida diaria, presto atención a estos objetos en sus posiciones "ahí" con diversos grados de familiaridad y extrañeza» (págs. 49-50). Para el observador con actitud científica, los objetos están en otro mundo, apartados de él. En la actitud de la vida diaria, el sujeto es un «actor». En la actitud científica, es un «observador», atomizado y aislado de
La temporalidad es más importante. De hecho, la preocupación de Garfinkel es el ordenamiento temporal. En Studies in Ethnomethodology, escrito en 1967, el problema del orden social tiene que ver con la naturaleza en desarrollo de las actividades. La idea de actividad, diferenciada del acto, supone una temporalidad en desarrollo. Lo mismo sucede, desde luego, con la reproducción, un término no utilizado por Garfinkel. No obstante, el logro, el cumplimiento eficaz de las prácticas descriptivas «contingentes» (vale decir, en cierto modo no esenciales), asegura la reproducción del ámbito etnometodológico de actividades organizadas. En su obra posterior, escrita unos quince años después de la tesis de doctorado, lo que interesa a Garfinkel ya no son los problemas de Hobbes o el sistema social, sino los ámbitos localizados, por ejemplo un centro de prevención del suicidio, los jurados, una clínica psiquiátrica de pacientes externos o el manejo de un cambio de sexo a través del tiempo. Y el autor se pregunta qué mantiene unidas estas iniciativas a lo largo del tiempo. La respuesta se encuentra en las prácticas descriptivas que los miembros llevan a cabo entre sí; las prácticas descriptivas que están encamadas y reflexivamente vinculadas a actividades en un ámbito dado. Así, Garfinkel se concentra en las conversaciones. Y en el «cómo» de la conversación, por ejemplo al turnarse para hablar. Su interés consiste en ver de qué manera cada expresión de una conversación está vinculada al planteo implícito de un comentario, que está analíticamente separado de esa expresión (pero reflexivamente ligado a ella). ¿Qué hace posible una conversación? Este es un problema temporal. La formulación de comentarios permite que una conversación se convierta en una actividad extendida en el tiempo. Su duración es sólo una instancia de la duración del orden social en general. Esta cuestión simmeliana de «cómo es posible una sociedad» es una cuestión eminentemente temporal.
Así, varias de las reflexiones de Garfinkel sobre Alfred Schutz se consagran al ordenamiento temporal: cómo funcionan «las propiedades racionales de las actividades de sentido común» con respecto al «ordenamiento de los sucesos» (Garfinkel, 1984, capítulo 8). Aquí, Garfinkel habla del teórico científico en contraste con los «teóricos» prácticos, y destaca que el conocimiento implicado en las prácticas descriptivas de la vida cotidiana no sólo es metodológico sino también teórico. El teórico cotidiano tiene interés en el ordenamiento temporal de los sucesos. El ámbito mismo tiene interés en la «programación y coordinación de los acontecimientos». De allí «la importancia de los elementos retrospectivos y prospectivos en la conversación)'; el hecho de que el significado, vale decir, el «sentido de la conversación», no se realice por medio de la expresión unitaria, la expresión indicativa unitaria, sino «a través de una sucesión de significados realizados» (1984, pág. 274).
Consideremos los objetos en el contexto del tiempo. No sólo están «ahí»: también están «ahora», así como yo estoy «aquí» y «ahora». El «ahora), indica contingencia. No supone la duración infinita y la extemporalidad del observador en la actitud científica. También apunta al carácter efímero del «ahora», de la serie de «ahoras». El ahora es un momento específico. Por otra parte, «tratar los objetos en el ahí implica tiempo» (1952, pág. 50). En la actitud de la vida diaria prestamos atención a los objetos en «el ahí». Les prestamos atención de inmediato; mantenemos en mayor o menor medida una relación de «cuidado» con ellos (Heidegger, 1986, págs. 191-5). El observador científico no presta 'atención a los objetos. No le importan. Para él, son cosas concretas sin ningún significado existencial importante; sólo tienen significado en cuanto abstrae esquemas de ellos. Luego, el observador ordena causalmente esas abstracciones como meros puntos en el tiempo, como «variables». Cuando estamos dados en el mundo con objetos o prácticas sociales, ellos nos afectan y nosotros los afectamos. No nos ponemos por encima de todo para ordenar esas entidades como causas y efectos sin que nos afecten, sin carga alguna de afectos. En la actitud de la vida diaria nuestras actividades y expresiones son contingentes. Las expresiones y actividades del observador científico no son contingentes. Son universales e o tienen pretensiones de universalidad. Las expresiones y actividades del filósofo evitan la contingencia por ser a priori, por ser una condición incondicionada de posibilidad. Sin lugar a dudas, el actor de la vida diaria no es universal ni pretende serlo. Sus acciones y palabras no son primordiales, ni a priori, ni incondicionadas. Es un actor contingente y empírico. Por eso hay una actitud enormemente diferente con respecto a la solución de problemas. Para el científico, la solución de un problema vale por sí misma. Como es desinteresado, se preocupa poco por las consecuencias pragmáticas. El actor fenomenológico resuelve problemas en beneficio de esas mismas consecuencias. En beneficio de algún tipo de continuidad del orden social (Garfinkel, 1984, pág. 46). Por esa razón el «marxismo esquemático» fue desastroso en términos de las consecuencias inesperadas, como lo sostuvo Weber (1946) en su artículo sobre la «ética de la responsabilidad». En él, Weber se deshace de su capelo positivista y de las abstracciones de tipos ideales. La política, da a entender, debe practicarse con la actitud natural. En política, la actitud científica es una fórmula para el desastre. También lo es la tendencia, hoy quizá más dominante que nunca, de los especialistas en ciencias políticas (de cualquier corriente) a suponer la actitud científica y la «elección racional» en los sujetos estudiados por ellos. .
El actor fenomenológico procura llevar a cabo un proyecto pragmático en el mundo. El observador desarraigado, cuyo «debería» descontextualizado podría dar lugar a metarrelatos a partir del «es», no está comprometido en proyectos pragmáticos. Quiere, en cambio, ordenar cognitivamente el mundo. Por lo tanto, el significado atribuido a los actos del actor debe tomar en cuenta no sólo el ahora sino el pasado y el futuro; debe tomar en cuenta la «protención» y la «retención». Esto indica un marcado contraste con el observador, cuya cronicidad es la de un tiempo interno. Así, la actitud científica no se preocupa por la interrupción de ese proyecto (pragmático); siente poco respeto por las «tradiciones de hecho» y siempre está pronta a desestimarlas. «Para la actitud científica, el alcance de un proyecto sólo se mantiene si cada paso sucesivo se da de acuerdo con los requisitos de verificación». Por su parte, el actor fenomenológico «mantiene el alcance temporal del proyecto aun frente a la frustración experiencial». Para poder mantener el proyecto debe haber cierta limitación de posibilidades en el mundo. Esto también se opone por completo a la duda sistemática de la actitud científica, cuyo principio rector es la apertura a todas las posibilidades. Por último, en la actitud natural actuamos con referencia a alguna clase de esquema temporal estandarizado y «externo», mientras que el observador científico es exterior a todos los esquemas temporales y no hay intersección de su «tiempo interno» y el tiempo estandarizado. (Esto sería igualmente válido para los artistas.) El tiempo estandarizado sólo proporciona datos para la actitud científica. El observador ordena los datos de la conducta de los otros. La actitud de la vida diaria depende, en cambio, de similitudes entre el flujo de experiencias del individuo y el de otros actores de su mundo. El «momento de ocurrencia» no es importante para los datos científicos, pero es de la máxima importancia en la coordinación de las acciones y recuerdos de dos o más personas (Garfinkel, 1952, págs. 47-8). Piénsese, por ejemplo, en los problemas de los horarios ferroviarios o de la coordinación del tránsito vehicular o el control del tráfico aéreo. La actitud de la vida diaria supone que los ámbitos o estados de cosas deben «manejarse» a lo largo del tiempo. Una operación de cambio de sexo debe manejarse a través de toda una serie de actividades. El envejecimiento debe manejarse. Las apariencias deben manejarse de una u otra manera en lo concerniente a las consecuencias temporales.
Conclusiones
Este capítulo ha intentado abordar el pasaje de la cultura representacional a la cultura tecnológica en la sociedad de la información, para lo cual consideró en primer lugar el concepto de juego. Como se ha señalado a lo largo de este libro, la cultura tecnológica no es un orden dualista sino inmanentista. Supone cierta manualidad, cierta tactilidad, en contraste con el distanciamiento y el principio de visión de la cultura representacional (Jay, 1993). El juego se contrapone al «trabajo» de la cultura representacional. El trabajador usa implementos, herramientas, instrumentos; el jugador usa equipos, «vestimenta», «avíos» (Heidegger, 1986, págs. 102-3). El jugador también difiere del espectador y el trabajador porque juega juegos. Los juegos, paradigmáticos para la cultura tecnológica, están espacializados, mientras que las relaciones de la cultura representacional entre espectador y pintura o lector y texto no lo están. Estas últimas son relaciones de dos puntos fuera del espacio concreto: un sujeto y un objeto. La cultura representacional habla el lenguaje de lo simbólico y lo imaginario. No jugamos juegos ni en una ni en otra dimensión, sino en lo «real». Este «real», sin embargo, se diferencia del real arraigado y localizado del trabajo en la sociedad industrial. Lo real de los juegos y del orden global de la información está desarraigado y es genérico, se trate del espacio digital de la forma electrónica de vida o el «no-lugar» de los aeropuertos internacionales o los ambientes de marcas (Augé, 1995). Estar en lo real no es relacionarse con otros sujetos y objetos de una manera distanciada y monológica, como hace el lector/espectador: es comprometerse con unos y otros dialógica e interactivamente, (Lury, 1999). Al actuar, el jugador no apela tanto a su mente consciente como a su habitus. Se orienta hacia su medio menos por la mémoire volontaire que por la mémoire involontaire. Jugamos al fútbol con nuestro habitus: no hay tiempo ni espacio para la distancia consciente del pensamiento reflexivo.
A menudo jugamos en «campos», un concepto utilizado por la fenomenología para entender la subjetividad experienciadora. Este capítulo ha entendido la cultura tecnológica como íntegramente fenomenológica. El sujeto enjuiciador de la cultura representacional era atemporal e inextenso y estaba separado de todos los campos. En el distanciamiento de esa cultura, el sujeto enjuiciador trabajaba por medio de la «intelección»; el sujeto experienciador de la fenomenología, en cambio, opera a través de la «intuición». Esta idea del conocimiento por la intuición hace que la fenomenología ya forme parte desde su origen de la cultura tecnológica. En este aspecto, Garfinkel completa la misión de Husserl al tomar la fenomenología trascendental del conocimiento apodíctico y transformarla en una fenomenología empírica de las comunicaciones. Hoy, la intuición de las apariencias reemplaza la intuición de las esencias de Husserl. En Garfinkel no hay esencia: no hay una cosa en sí para conocer o no conocer. Sólo hay cosas, tal como se manifiestan a los actores interesados. De esa intuición ya no resultan enunciados universales de conocimiento apodíctico sino comunicaciones. Estas no se transmiten universal sino particularmente a los miembros del grupo al cual pertenece el sujeto experienciador. Y no son descripciones de las esencias de las cosas. Son glosas o comentarios de actividades y expresiones. [11] Conciernen menos a la relación de sujeto y objeto de Husserl que a las relaciones de intersubjetividad. La preocupación y la unidad de análisis de Garfinkel no es el sujeto de Husserl sino esas relaciones extendidas de intersubjetividad, vale decir, los ordenamientos sociales. En la fenomenología radicalmente empirista de Garfinkel, el pensamiento o el conocimiento (teoría, método) no son «reflexionantes» [«reflective»] sino «reflexivos» [«reflexive»]. Por ello, carecen de la distancia de la reflexión y, en cambio, se «encarnan» en actividades y expresiones. Se trata de una práctica permanente de transmisión de comentarios de actividades, expresiones y sucesos a los otros miembros del ordenamiento en cuestión. La «reflexión» sobreviene en el «tiempo de interrupción» [«time-out»] de las actividades en curso. En la fenomenología de Garfinkel y en la cultura tecnológica no hay tiempo de interrupción (Boden, 1994). No quedan ahora sino unos pocos pasos para llegar a un modelo plenamente desarrollado. En el orden global de la información las comunicaciones se realizan cada vez más a distancia y, por lo tanto, adoptan menos la forma de una comunidad local (o nacional) que de una red. El carácter de comunicaciones a distancia de la cultura tecnológica también introduce la cuestión de la mediación de
[1] Es oportuno comparar esta situación con el arte en las sociedades tribales. Véase Alfred Gell, Art and Agency (1998).
[2] Kant utiliza la abrumadora experiencia de contemplar una montaña como un ejemplo de lo sublime. En este caso, la montaña es naturaleza como finalidad.
[3] Quiero expresar mi agradecimiento a la muy añorada Deirdre Boden por haberme convencido de la importancia de Garfinkel. Y por nuestras muchas conversaciones sobre la «indicatividad» y la reflexividad' en este autor. Sobre la reflexividad en una vena etnometodológica, véase Boden (1998).
[4] Adviértase que el juicio supone sensaciones lineales y externas y un concepto de la observación en términos de dos mundos. En el orden de la información, la causación es interna y se produce por medio de circuitos de retroalimentación, mientras que la observación se convierte en un concepto de un solo mundo: la selección de información entre el «ruido» del medio ambiente (Luhmann, 1997).
[5] Véanse los análisis más pormenorizados de los capítulos 7 y 8. La ontología y la fenomenología deconstruidas aún adhieren a los supuestos de la ontología, de una fenomenología trascendental. Para Schutz y Garfinkel, la cuestión de la ontología en el sentido de la ontología profunda no existe. Cuando utilizo la palabra «ontología» en este libro, me refiero a la «ontología profunda», es decir, con un trascendental. La ontología radicalmente empirista de la materia y la imagen de Bergson se acomoda bien al orden de la información, pero no la abordo en esta obra.
[6] Agradezco a Wes Sharrock por haberme hecho conocer la tesis de doctorado de Garfinkel
[7] Agradezco a Wes Sharrock por haberme hecho conocer la tesis de doctorado de Garfinkel
[8] Este «punto» es similar al «punto de fuga» de la perspectiva renacentista.
[9] En este sentido, los artistas interpretativos no son actores.
[10] Así consideradas las cosas, también Derrida participa de la aporéticakantiana. ¿Para qué queremos esa heurística atomizada de la «lectura» y la «escritura», la elección racional, la observación y el juicio? ¿Por qué no, al contrario, actuar, jugar, conversar, que presuponen socialidad y no atomización?
[11] Las distintas variedades de comentarios mencionadas por Garfinkel dependen del tipo de intencionalidad en cuestión. El autor habla de «historias», pero también de «marcaciones, etiquetas, simbolizaciones, emblemas, criptogramas, analogías, anagramas, indicadores (modelos, dibujos), maquetas, miniaturas, animaciones, imitaciones, simulaciones» (1984, pág. 31). Uno se pregunta si en nuestros días hay un viraje hacia los comentarios como «marcas» y hacia esos emblemas que son las marcas comerciales. ¿Proporcionan esos comentarios estabilidad con el transcurso del tiempo? En este punto estamos más cerca de una fenomenología de los flujos.