martes, 9 de junio de 2009

Tratado de Eficacia


INTRODUCCIÓN

UN CALCO EN EL AGUA


Difícil imaginar a un europeo pensando a China. Más difícil aún imaginarnos a nosotros mismos pensando a un europeo pensando a China. Y, sin embargo, como en una geografía superpuesta, como en un mapa calcado sobre otro, Tratado de la eficacia plasma lo lejano en lo que nos es más próximo: la acción. "El Occidente activo -nos dice Jullien- siempre soñó con su reposo en el Oriente"; mas nunca plegó sobre sí ese reposo. De algún modo, François Jullien lo ha hecho por nosotros. Shanghai y Pekín -donde no sólo realizara sus estudios orientales- y su retorno a París configuran un mero desplazamiento sino el itinerario de una transfiguración. Al leerlo, aceptamos el desafío.

Pensar cómo pensamos siempre requiere mirarse desde una otra orilla. Iluminar el propio territorio no desde la luz que emitimos sino desde la sombra que proyectamos. Convengamos que siempre nos resultó -y nos resulta aún más sencillo tensar los extremos y hacer del otro una suerte de caricatura en negativo de lo que somos. Pero cuando los "extremos" se hacen simultáneos, cuando extrañarse es volverse otro en la tierra de los otros la sombra entonces proyectada se pliega sobre el cuerpo y se instala para siempre.

Doble tarea para nosotros. Entrenados como estamos en el arte de la escisión, los occidentales somos, estrictamente hablando, animales binarios. Armados desde una lógica del enfrentamiento -ser versus no-ser, esencias versus accidentes, acto versus potencia, activo versus pasivo, teoría versus praxis, sujeto versus objeto, permanencia versus cambio, trascendencia versus inmanencia- somos como aquel que buscaba desesperadamente salvarse tirando con una mano la otra que le apretaba el cuello. Entonces, primero dividimos en dos y luego, desplegamos estrategias múltiples para reconciliar lo dividido sin siquiera reparar en la escisión primera. Mas, en este ir y venir de la China a la Europa, aquello que nos constituye, lo que nos es más propio, se hace visible a la vez que se desencaja. Sólo entonces podemos volver a pensar como si fuera por primera vez. Ningún gesto de oposición, ninguna plasmación en negativo -Occidente versus Oriente- sino un "calcar en hueco", un dejarse ver a través de aquello que es radicalmente otro. Desviándonos, el texto de Jullien, nos conduce hacia nosotros mismos.

El Tratado de la eficacia no deja las cosas en su lugar. Produce quiebres y desplazamientos justamente allí donde todo se ha instalado desde hace ya mucho tiempo. Abriendo un juego de pliegues y contrapliegues, nos desafía a pensar desde los intersticios. Pensar el tres sin que medie el dos, pensar la alternancia originaria, el Ying y el Yang, sin que medie una reconciliación dialéctica. Como el Tao Te Ching de Lao- Tsé, respecto del cual Jullien nos advierte "es inclasificable", el Tratado de la eficacia, a su modo, en su estilo y no sin cierta modestia respecto de aquel, no se deja atrapar. Se escabulle. Cuando creemos que estamos leyendo un tratado militar nos conduce a la política, cuando finalmente nos convencemos que se trata de política vuelve a ondularse y nos traslada a la retórica y la diplomacia. Cuando ya no sabemos de qué se trata a ciencia cierta es que entonces hemos empezado a comprender. Ningún acontecimiento es aislable. Guerra, política y diplomacia; acción, poder y palabra dejan de ser sustantivos aislados y en reposo para tornarse verbos en movimiento, líneas de fuerza atravesándose mutuamente. Allí donde nosotros somos piedra, la estrategia china recomienda hacerse agua. Bajo ningún concepto hay que solidificar los líquidos. En el Tratado, todo se licúa. Leerlo es un transcurrir con él, un dejarse llevar. Y allí donde una hendija se abre, el agua comienza a fluir indefectiblemente. La tarea no es sencilla, aunque tal vez imprescindible. El tercero -ese eterno excluido- tarde o temprano irrumpe.

Apelando a lo obvio, podríamos afirmar que el Tratado de la eficacia es un tratado sobre la acción, la acción eficaz. Sin embargo, lo que no es evidente de suyo para nosotros, occidentales, es sobre qué está montada la acción y la eficacia. Jullien sabe exactamente por donde comenzar a desatar el nudo. Nudo fundacional que aún nos sostiene sin siquiera darnos cuenta. Es necesario retornar a Platón, siempre es necesario. Quebrar el paradigma de la línea, línea vertical que, desde el llano de lo que somos, nos conduce hacia el vértice ideal de lo que deberíamos ser. Por allí comienza el desmantelamiento. De Platón en adelante, Occidente siempre ha preferido las alturas. "El pensamiento del modelo -nos dice Jullien- se ha ofrecido a sí mismo como modelo, se trata de un gesto primero: en su bondad divina, actuando en busca de lo mejor, el demiurgo platónico no podría hacer otra cosa que 'fijar sin cesar la mirada' en el 'ser imperecedero' para erigirlo en paradigma [...]." Desde entonces, nuestro destino ha sido marcado y hasta los dados de la acción están cargados. Actuamos según modelos proyectados en lo alto, muy alto. La idealidad del modelo postulado como fin nos hace extremadamente voluntariosos a la vez que insatisfechos. (Acaso, ¿no es la voluntad el reverso altivo de una insatisfacción constitutiva?)

"Los ojos fijos en el modelo", la orientación platónica, abre el juego del Tratado y nos hace comparecer ante nosotros mismos. Ninguna acción funciona en el vacío. Nuestro modo del actuar está decidido de antemano. Actuamos como pensamos. La metafísica occidental ese gran imaginario que pende sobre nuestras cabezas, esa eterna inmutabilidad de ideas trascendentes siempre más allá de nosotros mismos- digita nuestro actuar como un hilo invisible tensado desde lo alto. Sea en la teoría o en la praxis -dicotomía no justificada- una gran maquinaria de modelos es la que nos rige. Luego, ¿cómo no forzar a la realidad a que responda cuando son los modelos los que la preceden? ¿Cómo escapar al voluntarismo cuando aquello que dirige nuestro actuar es siempre más grande que nosotros y que la acción misma? Todo nuestro campo está minado de ideales; sin embargo, rara vez llegamos a pisarlo. Preferimos, por el contrario, alzar los ojos hacia el cielo y preguntar "¿por qué?".

Pero, ¿y si miráramos hacia lo bajo y preguntáramos cómo? No ¿a dónde va la acción? sino ¿de dónde viene? Los gestos mínimos horadan. Las construcciones sólidas son débiles. Basta mover la piedra fundamental para desmoronar la totalidad de la estructura. Occidente pregunta ¿por qué? Esa es su vocación. Pero ninguna pregunta es ingenua. Ella conlleva la solicitud de una respuesta cuya forma ha sido pautada de antemano. En la pregunta por el porqué, las cosas son llevadas fuera de sí. Lo real se vacía y no puede más que reclamar un principio de razón que lo haga ser. Causa primera u origen trascendente. Mas, si al por qué se le pregunta, a su vez, ¿por qué por qué?, la pregunta estalla y, con ella, todos sus silenciosos postulados. "El pensamiento chino [...] -nos conduce Jullien- no se preguntó de dónde viene lo real (ni por qué; por eso no elaboró mitos); su pregunta más bien es cómo sucede lo real; cómo "marcha" (noción de yong) y se vuelve "viable" {siendo regulado: el tao)." ¿A dónde nos conduce este cómo? Estrictamente, a ningún lado. Ninguna anticipación es posible, ninguna precipitación aconsejable. Es preciso que atravesemos el Tratado de la eficacia desde este cómo y sin por qué.

¿Cómo se ejecuta la acción (si se ejecuta)? ¿Con "Los ojos fijos en el modelo" al estilo occidental "O apoyados en la propensión" tal como lo sugiere Oriente? De aquí en más no hay retorno. El Tratado se abre y ya no sabemos si lo que espiamos a su través es la irreductible otredad del otro o el reverso de nosotros mismos; o ambos a la vez. Jullien hace correr el agua por debajo: "El pensamiento chino nos saca de esa costumbre/pliegue -la del pensar y actuar según modelos- pues no construyó un mundo de formas ideales, como arquetipos o esencias puras, separado de la realidad y que pueda dar cuenta de ella". ¿Estamos dispuestos a dejarnos "sacar", a pensar aquello que de tan propio ya no pensamos?

"Como prueba de la dificultad para plantear el comportamiento de la acción está el intento de pensar la guerra" -nos advierte Jullien-. La guerra, como expresión exacerbada de la acción más directa, extrema la lógica del modelo a la vez que manifiesta el sentido más comprimido de la eficacia: buscar el camino más corto para realizar el fin más alto. En el siglo XIX, el estratega Clausewitz no dejó de repetir el gesto inaugural platónico. Toda una planificación de medios para alcanzar los fines más excelsos. "Si la guerra es el medio, la política es el fin" y cualquier acción está justificada. Cuando una política determinada se postula como fin, la guerra se precipita como el camino más corto. Toda una retórica de negociación precede a la acción. Mas, ninguna negociación es tal cuando el fin -modelo imperturbable- ha sido decidido con anterioridad. En todo caso, se trata de una imposición disfrazada de negociación. Prueba de ello es que el fin rara vez se revisa, no sólo en sus contenidos, claro está, sino en su estructura propia. En el mejor de los casos, sólo se atina a reforzar los' medios. Días más, días menos... ¿Hace falta mencionar algún ejemplo contemporáneo? Cada uno está en condiciones de pensar la actualidad de esta lógica que persiste en presentarse como Nuevo Orden Mundial, como una suerte de repetido mandato sentimental de liberación asistida. Repitamos a Jullien: "El pensamiento del modelo se ha ofrecido a sí mismo como modelo" y se ofrece aún. ¿Es posible revisar sus postulados y aventurar otro modo del actuar?

El desafío continúa. "Acción o Transformación" "Destrucción o Desestructuración" -interroga Jullien-. En Occidente, la hazaña de guerra, el sujeto heroico, siempre ha encarnado la figura de una acción directa: la destrucción, la invasión, el exterminio (de ser necesario). ¿Qué es la Historia sino acción hecha palabra? Llevados a este punto, comenzamos a comprender que la vocación de acción no es un rasgo entre tantos otros sino aquel que nos ha constituido de manera estrictamente esencial. A través de un ejercicio de rememoración narrativa, Jullien nos muestra el relato de nosostros mismos: "Se trate de la tradición judeocristiana, o del Timeo, Dios hizo el mundo con un acto creador; y también lo propio del héroe es imprimir su acción en el mundo enfrentándose con él: con la epopeya, la literatura comenzó relatando actos memorables, magnificados a título de hazañas, luego la tragedia los puso en escena....". Del Génesis a la epopeya, de la Historia a la Literatura, el gran mito de la acción nos envuelve desde siempre. Si Occidente tiene una historia es porque su sentido de la acción se ha montado sobre la narrativa egocéntrica de un sujeto heroico, teatral y voluntarioso a contrapelo del mundo. Sea el Dios Creador o el sujeto de la Historia, lo cierto es que el relato constitutivo de Occidente es guerra y palabra, es hazaña y retórica. Una historia de resistencias y enfrentamientos, de batallas actualizadas y enemigos diezmados, de acciones premeditadas y estrategias planificadas. Una guerra de palabras, una imposición de modelos. Convengamos que jamás hemos salido de la epopeya. Tampoco ahora.

Mas, toda historia tiene su reverso. Es inevitable. ¿Y si la supremacía del modelo en vez de viabilizar el proceso de los acontecimientos no hiciera más que obstaculizarlo?

La pregunta no es en vano. Despierta, al menos, una curiosidad y vaticina un ejercicio. Algo así como mirar por debajo de nuestros propios zapatos. Apenas un sutil cambio de dirección -de arriba hacia abajo-, apenas un viraje -del más allá al más acá- es suficiente para abrirle otra escena al pensar y al actuar mismo. Platón lo supo en su momento y nos condujo fuera de la caverna. ¿Y si el afuera no fuese más que un pliegue del más puro adentro? ¿Y si no hubiese otro mundo a dónde ir?

Al pensamiento chino "todo lo real se le presenta como un proceso, regular y continuo, que surge de la pura interacción de los factores en juego (a la vez opuestos y complementarios: los famosos ying y yang). En consecuencia, en él, el orden no proviene de un modelo, en el cual se pueda fijar la mirada y que se aplique a las cosas, sino que está contenido por completo en el curso de lo real". Dirigidos hacia el mundo todo vuelve sobre sí. Ninguna exterioridad, ni para nosotros ni para la acción misma. Entonces, "lo que se produce cada vez, no puede no ocurrir". "El efecto se manifiesta cuando sucede." A nosotros, entrenados como estamos en el orden de las causas, se nos vuelve casi imposible pensar desde una lógica del puro efecto. Todo nos suena a una terrible tautología. Nos falta el sujeto de la acción, el lugar de origen: creador, productor o demiurgo. Mas, si al menos como prueba, abandonáramos por un instante la posición de control, la cúspide de la pirámide, lo que se nos manifestaba como mera tautología muy pronto se nos revelará como la más pura eficacia. Toda nuestra lógica de producción se tornaría una lógica de advenimiento: ya no un hacer sino un dejar venir, un dejar ser-hacer. Ninguna pasividad, ni para el sabio, ni para el estratega. "El no-actuar es dejar que suceda." "La rosa florece porque florece" decía Novalis. No ha de crecer más rápido porque tiremos de ella, aconseja Jullien.

Otra vez la guerra, pero no sólo la guerra. Si Maquiavelo pensó en formas y Clausewitz en confrontación directa, el estratega chino piensa en seducir y manipular, distingue Jullien. Forma y confrontación son solidarias. La imposición de una lleva al desenlace de la otra. Seducción y manipulación, en cambio, no son gestos intervencionistas sino modos de desvío, modos de conducir, de llevar a otra parte. La diferencia no es meramente teórica, como nos gustaría suponer. Vietnam es su manifestación más acabada, nos recuerda Jullien. Eximido de un hacer empedernido, librado de una acción heroica y voluntariosa, el chino -sea estratega o sabio, político o ciudadano- prefiere volverse fantasma, retirarse del orden de lo visible, pasar desapercibido. Del fondo indiferenciado de las cosas las actualizaciones surgen como efectos, mas sólo para volver a diluirse. Como el mundo en su constante fluir, "la gran obra -dice Lao Tsé- evita producirse". Luego, la guerra más exitosa es aquella que no se ha librado así como la palabra más elocuente es aquella que no se ha dicho. En una lógica del no-enfrentamiento, el estratega es sabio y la retórica, antirretórica. Si la más mínima acción impuesta desde afuera interrumpe el curso de las cosas, hasta la palabra misma es como la guerra y uno bien debería cuidarse de abrir la boca. Política y diplomacia también tienen sus silencios aunque a nosotros nos zumben los oídos. La palabra es eficaz cuando funciona al revés. El Gui gu zi así lo enseña: "Hablar, no para decirle algo al otro sino para hacerlo hablar". La boca y la puerta, un abrir y un cerrar, una pura alternancia.

Mirando atentamente, todo es una cuestión de estrategia. Pero la estrategia no es sólo cuestión de estrategas. "La inteligencia china -y no sólo sus tratados de guerra y diplomacia- predispone a la estrategia", concluye Jullien. El saber (no) actuar, el saber callar, consiste en con-formarse. Mas, con-formarse no es la figura de una resignación, sino tomar la forma de aquello que acontece. Hacerse como el agua -recomienda la estrategia China-, como forma de aquello que no tiene forma. El agua no se quiebra, no se enfrenta ni opone resistencia. En una lógica de transformación nada se regional iza, nada señala un límite infranqueable. Más bien, todo pasa de una forma a la otra sin solidificarse, ni el mundo ni nosotros. De ese modo, Jullien atraviesa los campos de la acción que nosotros solemos aislar -guerra, política y diplomacia; acción, poder y palabra- mostrándonos por detrás la trama que los reúne. En efecto, ninguna acción es aislable. De lo real viene y a lo real retorna.

Demasiado hemos escrito, más aún hemos hablado y en plena era mediática todo está para ser visto. También la guerra, sobre todo la guerra. Una exaltación de sujetos es la política, un espectáculo desplegado la confrontación, cualquiera sea. Nuestra mayor diplomacia consiste en hacer como si nada sucediera realmente. De algún modo hemos llegado al paroxismo de nuestro propio destino: el hacer siempre conduce a más hacer. La acción a más acción, la producción a producir aún más. Sin embargo, no hemos comprobado aún la eficacia de tal exuberancia. Desmontado el gran mito de la acción, la dramaturgia de Occidente se revela verborrágica. Si la historia occidental es una epopeya de actos, la de Oriente es una topografía de fuerzas: ningún sujeto, ninguna voluntad, ninguna exterioridad respecto de la cual actuar. "[...] Tantas ausencias que habrá que evaluar para indagar, a cambio, de dónde vienen nuestras representaciones." En Oriente, por decirlo de algún modo, la Historia se vuelve Geografía inmanente. Pero, la misma carece de mapa. Ningún modelo se imprime desde lo alto. Es el desplegarse mismo de lo real lo que da la pauta, lo que conduce. Si, en Grecia, el método es un camino trazado de antemano; en China, el tao, por el contrario, carece de itinerario. Es un pleno transcurrir del mundo hacia el mundo. En algún punto, las lógicas se bifurcan. Lo real tiene sus caprichos. Del método al tao no hay trayecto sino salto. "El error de los hombres es buscar el camino más lejos cuando está cerca -dice Mencio- buscar en el grado de lo difícil lo que en realidad es fácil." Habiendo llegado hasta aquí, probablemente uno sienta que el suelo que intentaba pisar se ha deslizado bajo los pies. Pareciera que ya no hay lugar alguno adonde ir. ¿Y si es que entonces hemos llegado? Sin lugar a dudas, el Tratado de la eficacia nos conduce lentamente a un punto ciego: sustraído el sujeto de la acción, la acción misma parece sustraerse. Y, sin embargo, el reverso de nuestra acción nos conduce hacia lo abierto. "Es del lugar, no de mí, de donde surge el efecto" -dice el pensamiento chino-. "Es la puerta la que elige, no el hombre" solía decir Jorge Luis Borges. Mas, que sepamos, ningún poeta ha sido estratega por estas tierras, ni lo será. Centrados como estamos en la figura de un sujeto autosuficiente, no vemos el rasgo mítico de nuestro voluntarismo eidético y se nos hace evidente la "mística" de los demás, señala Jullien. De allí nuestra dificultad, aunque también nuestra arrogancia. Concebir la acción como puro efecto inscripto en lo real, en el cauce mismo de las cosas, sin que medie sujeto alguno, es, para Occidente, la propia figura de un pensar que no ha alcanzado la fuerza del concepto, la fuerza de la razón. De ello nos hemos jactado.

Mas, tarde o temprano, el tercero excluido irrumpe y las figuraciones vuelven a nosotros con el ímpetu de una revancha. Fulguran. "Hacer nada." "Ser curso de agua y cuerpo de dragón." "Ser gozne." "Ser la puerta." "Abrir y cerrar." "Adaptarse como hembra." Subrepticiamente, el texto de Jullien va imprimiéndose en imágenes y la instantánea de la figura se trepa a la letra. El esfuerzo es doble: insinuar el trazo en lo alfabético, dejar huella en la pretendida invisible caligrafía de Occidente. Ya no se trata de traducir un pensamiento sino de hacer subir a la superficie el pensamiento hecho figura. Donde dice agua es agua y toma la forma de lo que dice. En el pasaje de una figura a la otra siempre hay otra figura, vacía, llena, vacía. "Perra aristotélica, que lo binario que te afila los colmillos sepa de alguna manera su innecesidad cuando otra esclusa empieza a abrirse en mármol y en peces, cuando Jai Singh con un cristal entre los dedos es ese pescador que extrae de la red, estremecida de dientes y de rabia, una anguila que es una estrella que es una anguila que es una estrella que es una anguila" escribía Cortázar. El Tratado de la eficacia es esa esclusa. Es en vano que intentemos atrapar a la anguila.

María Alejandra Tortorelli*

Buenos Aires, 1999



* periodista. Licenciada en Filosofía en la Facultad de Filosofía y Letras de la Universidad de Buenos Aires. Becada por la Fullbright Commission en 1991, cursa el Master en Filosofía en The New School for Social Research, Nueva York. En la actualidad, prepara su tesis de doctorado para la misma institución.