INTRODUCCIÓN
UN CALCO EN EL AGUA
Difícil imaginar a un europeo pensando a China. Más difícil aún imaginarnos a nosotros mismos pensando a un europeo pensando a China. Y, sin embargo, como en una geografía superpuesta, como en un mapa calcado sobre otro, Tratado de la eficacia plasma lo lejano en lo que nos es más próximo: la acción. "El Occidente activo -nos dice Jullien- siempre soñó con su reposo en el Oriente"; mas nunca plegó sobre sí ese reposo. De algún modo, François Jullien lo ha hecho por nosotros. Shanghai y Pekín -donde no sólo realizara sus estudios orientales- y su retorno a París configuran un mero desplazamiento sino el itinerario de una transfiguración. Al leerlo, aceptamos el desafío.
Pensar cómo pensamos siempre requiere mirarse desde una otra orilla. Iluminar el propio territorio no desde la luz que emitimos sino desde la sombra que proyectamos. Convengamos que siempre nos resultó -y nos resulta aún más sencillo tensar los extremos y hacer del otro una suerte de caricatura en negativo de lo que somos. Pero cuando los "extremos" se hacen simultáneos, cuando extrañarse es volverse otro en la tierra de los otros la sombra entonces proyectada se pliega sobre el cuerpo y se instala para siempre.
Doble tarea para nosotros. Entrenados como estamos en el arte de la escisión, los occidentales somos, estrictamente hablando, animales binarios. Armados desde una lógica del enfrentamiento -ser versus no-ser, esencias versus accidentes, acto versus potencia, activo versus pasivo, teoría versus praxis, sujeto versus objeto, permanencia versus cambio, trascendencia versus inmanencia- somos como aquel que buscaba desesperadamente salvarse tirando con una mano la otra que le apretaba el cuello. Entonces, primero dividimos en dos y luego, desplegamos estrategias múltiples para reconciliar lo dividido sin siquiera reparar en la escisión primera. Mas, en este ir y venir de la China a la Europa, aquello que nos constituye, lo que nos es más propio, se hace visible a la vez que se desencaja. Sólo entonces podemos volver a pensar como si fuera por primera vez. Ningún gesto de oposición, ninguna plasmación en negativo -Occidente versus Oriente- sino un "calcar en hueco", un dejarse ver a través de aquello que es radicalmente otro. Desviándonos, el texto de Jullien, nos conduce hacia nosotros mismos.
El Tratado de la eficacia no deja las cosas en su lugar. Produce quiebres y desplazamientos justamente allí donde todo se ha instalado desde hace ya mucho tiempo. Abriendo un juego de pliegues y contrapliegues, nos desafía a pensar desde los intersticios. Pensar el tres sin que medie el dos, pensar la alternancia originaria, el Ying y el Yang, sin que medie una reconciliación dialéctica. Como el Tao Te Ching de Lao- Tsé, respecto del cual Jullien nos advierte "es inclasificable", el Tratado de la eficacia, a su modo, en su estilo y no sin cierta modestia respecto de aquel, no se deja atrapar. Se escabulle. Cuando creemos que estamos leyendo un tratado militar nos conduce a la política, cuando finalmente nos convencemos que se trata de política vuelve a ondularse y nos traslada a la retórica y
Apelando a lo obvio, podríamos afirmar que el Tratado de la eficacia es un tratado sobre la acción, la acción eficaz. Sin embargo, lo que no es evidente de suyo para nosotros, occidentales, es sobre qué está montada la acción y
"Los ojos fijos en el modelo", la orientación platónica, abre el juego del Tratado y nos hace comparecer ante nosotros mismos. Ninguna acción funciona en el vacío. Nuestro modo del actuar está decidido de antemano. Actuamos como pensamos. La metafísica occidental ese gran imaginario que pende sobre nuestras cabezas, esa eterna inmutabilidad de ideas trascendentes siempre más allá de nosotros mismos- digita nuestro actuar como un hilo invisible tensado desde lo alto. Sea en la teoría o en la praxis -dicotomía no justificada- una gran maquinaria de modelos es la que nos rige. Luego, ¿cómo no forzar a la realidad a que responda cuando son los modelos los que la preceden? ¿Cómo escapar al voluntarismo cuando aquello que dirige nuestro actuar es siempre más grande que nosotros y que la acción misma? Todo nuestro campo está minado de ideales; sin embargo, rara vez llegamos a pisarlo. Preferimos, por el contrario, alzar los ojos hacia el cielo y preguntar "¿por qué?".
Pero, ¿y si miráramos hacia lo bajo y preguntáramos cómo? No ¿a dónde va la acción? sino ¿de dónde viene? Los gestos mínimos horadan. Las construcciones sólidas son débiles. Basta mover la piedra fundamental para desmoronar la totalidad de
¿Cómo se ejecuta la acción (si se ejecuta)? ¿Con "Los ojos fijos en el modelo" al estilo occidental "O apoyados en la propensión" tal como lo sugiere Oriente? De aquí en más no hay retorno. El Tratado se abre y ya no sabemos si lo que espiamos a su través es la irreductible otredad del otro o el reverso de nosotros mismos; o ambos a
"Como prueba de la dificultad para plantear el comportamiento de la acción está el intento de pensar la guerra" -nos advierte Jullien-. La guerra, como expresión exacerbada de la acción más directa, extrema la lógica del modelo a la vez que manifiesta el sentido más comprimido de la eficacia: buscar el camino más corto para realizar el fin más alto. En el siglo XIX, el estratega Clausewitz no dejó de repetir el gesto inaugural platónico. Toda una planificación de medios para alcanzar los fines más excelsos. "Si la guerra es el medio, la política es el fin" y cualquier acción está justificada. Cuando una política determinada se postula como fin, la guerra se precipita como el camino más corto. Toda una retórica de negociación precede a
El desafío continúa. "Acción o Transformación" "Destrucción o Desestructuración" -interroga Jullien-. En Occidente, la hazaña de guerra, el sujeto heroico, siempre ha encarnado la figura de una acción directa: la destrucción, la invasión, el exterminio (de ser necesario). ¿Qué es la Historia sino acción hecha palabra? Llevados a este punto, comenzamos a comprender que la vocación de acción no es un rasgo entre tantos otros sino aquel que nos ha constituido de manera estrictamente esencial. A través de un ejercicio de rememoración narrativa, Jullien nos muestra el relato de nosostros mismos: "Se trate de la tradición judeocristiana, o del Timeo, Dios hizo el mundo con un acto creador; y también lo propio del héroe es imprimir su acción en el mundo enfrentándose con él: con la epopeya, la literatura comenzó relatando actos memorables, magnificados a título de hazañas, luego la tragedia los puso en escena....". Del Génesis a la epopeya, de la Historia a la Literatura, el gran mito de la acción nos envuelve desde siempre. Si Occidente tiene una historia es porque su sentido de la acción se ha montado sobre la narrativa egocéntrica de un sujeto heroico, teatral y voluntarioso a contrapelo del mundo. Sea el Dios Creador o el sujeto de la Historia, lo cierto es que el relato constitutivo de Occidente es guerra y palabra, es hazaña y retórica. Una historia de resistencias y enfrentamientos, de batallas actualizadas y enemigos diezmados, de acciones premeditadas y estrategias planificadas. Una guerra de palabras, una imposición de modelos. Convengamos que jamás hemos salido de
Mas, toda historia tiene su reverso. Es inevitable. ¿Y si la supremacía del modelo en vez de viabilizar el proceso de los acontecimientos no hiciera más que obstaculizarlo?
La pregunta no es en vano. Despierta, al menos, una curiosidad y vaticina un ejercicio. Algo así como mirar por debajo de nuestros propios zapatos. Apenas un sutil cambio de dirección -de arriba hacia abajo-, apenas un viraje -del más allá al más acá- es suficiente para abrirle otra escena al pensar y al actuar mismo. Platón lo supo en su momento y nos condujo fuera de la caverna. ¿Y si el afuera no fuese más que un pliegue del más puro adentro? ¿Y si no hubiese otro mundo a dónde ir?
Al pensamiento chino "todo lo real se le presenta como un proceso, regular y continuo, que surge de la pura interacción de los factores en juego (a la vez opuestos y complementarios: los famosos ying y yang). En consecuencia, en él, el orden no proviene de un modelo, en el cual se pueda fijar la mirada y que se aplique a las cosas, sino que está contenido por completo en el curso de lo real". Dirigidos hacia el mundo todo vuelve sobre sí. Ninguna exterioridad, ni para nosotros ni para la acción misma. Entonces, "lo que se produce cada vez, no puede no ocurrir". "El efecto se manifiesta cuando sucede." A nosotros, entrenados como estamos en el orden de las causas, se nos vuelve casi imposible pensar desde una lógica del puro efecto. Todo nos suena a una terrible tautología. Nos falta el sujeto de la acción, el lugar de origen: creador, productor o demiurgo. Mas, si al menos como prueba, abandonáramos por un instante la posición de control, la cúspide de la pirámide, lo que se nos manifestaba como mera tautología muy pronto se nos revelará como la más pura eficacia. Toda nuestra lógica de producción se tornaría una lógica de advenimiento: ya no un hacer sino un dejar venir, un dejar ser-hacer. Ninguna pasividad, ni para el sabio, ni para el estratega. "El no-actuar es dejar que suceda." "La rosa florece porque florece" decía Novalis. No ha de crecer más rápido porque tiremos de ella, aconseja Jullien.
Otra vez la guerra, pero no sólo
Mirando atentamente, todo es una cuestión de estrategia. Pero la estrategia no es sólo cuestión de estrategas. "La inteligencia china -y no sólo sus tratados de guerra y diplomacia- predispone a la estrategia", concluye Jullien. El saber (no) actuar, el saber callar, consiste en con-formarse. Mas, con-formarse no es la figura de una resignación, sino tomar la forma de aquello que acontece. Hacerse como el agua -recomienda
Demasiado hemos escrito, más aún hemos hablado y en plena era mediática todo está para ser visto. También la guerra, sobre todo
Mas, tarde o temprano, el tercero excluido irrumpe y las figuraciones vuelven a nosotros con el ímpetu de una revancha. Fulguran. "Hacer nada." "Ser curso de agua y cuerpo de dragón." "Ser gozne." "Ser la puerta." "Abrir y cerrar." "Adaptarse como hembra." Subrepticiamente, el texto de Jullien va imprimiéndose en imágenes y la instantánea de la figura se trepa a
María Alejandra Tortorelli*
Buenos Aires, 1999
* periodista. Licenciada en Filosofía en la Facultad de Filosofía y Letras de la Universidad de Buenos Aires. Becada por