viernes, 15 de agosto de 2008

Lewkowicz. Pensar sin estado. Prólogo

Pensar en tiempos de contingencia.
La subjetividad en la fluidez


Diciembre de 2001 liquida nuestra posmodernidad. Puede parecer una afirmación desmesurada, pues el cambio en las realidades sociales desde 2001, a decir verdad, es ínfimo. Ín-fimo, es cierto; pero no irrelevante: el cambio induce una alteración en los modos de pensar. Una vez alterados los modos de pensar, el cambio de realidad deviene drástico.
En algún momento supimos que la mentada modernidad sólo terminaría cuando concluyera su posmodernidad. Comprendo tardíamente que la polémica modernidad-posmodernidad estaba estructurada por el Estado como figura institucional, social, política que configuraba el pensamiento. La querella modernidad-posmodernidad se agota cuando el Estado ya no provee supuestos para la subjetividad y el pensamiento. Pues en retrospectiva, modernidad-posmo¬dernidad era pensamiento instituido estatal versus pensamiento crítico antiestatal. En algún momento intuimos que Diciembre de 2001 era nuestro Mayo del '68. Comprendo ahora que precisamente nuestro Diciembre cierra el ciclo antiestatal de nuestro Mayo: en Mayo del '68 surgen la subjetividad y el pensamiento antiestatales, luego llamados posmodernidad; en Diciembre surge el pensamiento postestatal. El desfondamiento nos sitúa en los umbrales de una fluidez que liquida nuestra posmodernidad y su modernidad.
Una imagen puede sintetizar Diciembre de 2001: una gi¬gantesca multitud coreando por todos lados que se vayan todos. La frase es sencilla, pero ninguna consigna tan multiplicada se deja leer en un solo sentido. Forzando mucho la cosa -pero cómo no hacerlo- se puede decir que la alteración esencial es la dislocación que le impone al pensamiento haber gritado colectivamente -y seguir haciéndolo- que se vayan todos. No es sólo que se vayan ellos; todos es más amplio que ellos. Ningún término de la pantalla anterior pasa a la siguiente -que se vayan todos, que no quede ni uno solo-. Por eso Diciembre de 2001 es un umbral. La consigna se lleva cada vez más cosas. El vórtice lo arrastra también a uno -que no quede ni uno solo-; ¿por qué no iba a contarse uno entre todos? Es cierto que el agotamiento del Estado-nación viene de antes. Pero la declaración subjetiva de la consigna configura ese desfondamiento de otro modo. Que se vayan todos abre a la posibilidad, y luego a la necesidad, de pensar sin Es-tado.
Pensar sin Estado es una contingencia del pensamiento -y no del Estado-; nombra una con-dición de época como configuración posible de los mecanismos de pensamiento. Pensar sin Es-tado no refiere tanto a la cesación objetiva del Estado como al agotamiento de la subjetividad y el pensamiento estatales. Por eso podemos poner en duda que haya desaparecido el Estado; podemos verificar enormes organizaciones técnicas, militares, administrativas con un vasto poder de influencia. Pero influencia no es soberanía; y la subjetividad estatal no arraigaba en la mera existencia del Estado sino en su soberanía. El Estado ya no es un supuesto -y esto tanto para el pensamiento estatal oficial como para el pensamiento crítico antiestatal-. Incluso para el pensamiento que ahora pien¬sa que el Estado es necesario, suponerlo resulta letal. El Estado no es una condición dada; si se necesitara contar con Estado no bastaría con suponer-lo, más bien habría que inventarlo.
Tras el desfondamiento varía la condición del Estado. Ya no constituye el fondo fundante de las experiencias sino una sucesión contingente de procesos de configuración y dispersión. El Estado configura en la superficie de las situaciones y no predetermina desde el fondo. El Esta-do es un término importante entre otros términos de las situaciones, pero no es la condición fundante del pensamiento. El Estado no desaparece como cosa; se agota la capacidad que esa cosa tenía para instituir subjetividad y organizar pensamiento.
El pensamiento italiano, el pensamiento francés no gozan de los privilegios de los que gozan sólo por disponer de un buen aparato publicitario o un afinado sistema académico o un mercado consolidado o una masa crítica de talento. Diego Sztulwark observó que los intelectuales franceses e italia¬nos ejercen el hábito soberano de considerar sus coyunturas como grandes temas de pensamiento. Cada coyuntura así tomada resulta objeto de múltiples análisis, que le proporcionan densidad y realidad de pensamiento. Constituyen también ocasiones para forjar de nuevo los modos de pensar. Nada limita los temas a tratar o formular -por insignificante que pueda ser la coyuntura-. Las coyunturas así tomadas adquieren valor universal en un sentido muy preciso: forjan el universo según esa coyuntura. Entre nosotros, 2001 abre una posi-bilidad semejante.
Entre nosotros, la cultura de los años del agotamiento estuvo poblada de mesas redondas: fin de siglo, crisis política, ma¬lestar institucional, cambio del paradigma. La correlación no es estricta, pero sugiere que paralelamente al desfondamiento de la clase política y de las disciplinas sociales, las mesas redondas intentaban sin claridad armar espacios de pensamiento. Como cualquier intento de pensar, la probabilidad de que una mesa redonda resulte superflua es muy elevada. Pero cuando acontece, organiza una modalidad de pensamiento y agrupamiento afín con la contingencia. La participación en una mesa redonda equidista de la lectura de una conferencia y la intervención en una asamblea. Dista de la asamblea porque la mesa redonda dispone oradores y receptores; la palabra circula, pero afectada de restricciones. Dista también de la conferencia que pone a consideración del público una idea ya elaborada. La mesa redonda depende esencialmente de la contingencia del encuentro; no trabaja con palabras previamente preparadas: trabaja con las ideas que pasan por ahí. La intervención, des-grabada y corregida, es un texto de la situación. No es una cosa previa, corregida por la consi-deración de otros; es una cosa ulterior, originada a partir del encuentro.
Los artículos o capítulos de este libro proceden de distintas mesas redondas que tuvieron lugar en los últimos diez años, desde el sintomático establecimiento de la nueva Constitución Argentina en 1994. Esta compilación de intervenciones expone el recorrido de pensamiento que va del agotamiento de la condición estatal para el pensamiento estructural al umbral del pensamiento en la fluidez. Los núcleos que aparecen en los distintos textos están tomados como cambios, mutaciones, alteraciones y emergencias que afectan la constitución posible de los procesos de pensamiento.
El recorrido intenta pensar una crisis desde el interior de su proceso. Los artículos o capítu-los no son los distintos momentos de un mismo pensamiento sino puntos de un recorrido que hace entrar en crisis el pensamiento que lo impulsa. Modernidad tardía, agotamiento, destitución, catástrofe, desfondamiento, crisis, fluidez no son solamente categorías que califican una alteración que se agudiza, sino nombres de la alteración de una máquina de pensar que entra progresivamente en ocaso, extenuación, disolución, alteración. La secuencia de artículos testimonia cómo el intento de captar el progresivo agota¬miento de esta lógica social extenuó el modo de pensar que intentaba captarlo.
La secuencia comienza con la pregunta -habitual en la historia de la subjetividad- por la his-toricidad de los modos de pensar. El historiador se pregunta cómo se puede tratar histórica-mente la correlación entre el cambio social y las formas de pensarlo. A poco de andar, el cam-bio somete al historiador a su propia historicidad; su figura se desdibuja -se amplía el campo de que se vayan todos-. La figura que resulta no es muy clara, tal vez porque no resulta nin-guna; según las circunstancias se componen distintas configuraciones.
El recorrido intenta comprender de qué modos nuestros hábitos de pensamiento -esquemas lógicos, intuiciones topológicas, certezas subjetivas, atribuciones de pensamiento y sentido, tipos de sujeto supuestos- resultaban de los modos estatales de producción de realidad. Intenta comprender a la vez cómo nuestra intimidad pensante actualmente se desconfigura de modos inesperados y se configura de modo eminentemente contingente.
La secuencia va del agotamiento del Estado a la alteración de las formas de subjetividad; de ahí a las formas de pensamiento y de ahí a la contingencia del sujeto de pensamiento y a la condición superflua sin pensamiento. Tal vez el comienzo resulte excesivamente simple o banal; tal vez el final resulte excesivamente complicado o sofisticado. No pude evitarlo. Las for-mas de decir forman parte de un recorrido real y no resultan de una elección de estilo.
Al transcribir la experiencia de la mesa redonda intento conservar un modo de trabajo sin escrúpulos bibliográficos. En los encuentros, la remisión de las ideas circulantes a su supuesta procedencia textual opaca las potencias de la situación. Jorge Rulli observó que en las conver-saciones con intelectuales, las discusiones reales actuales se convierten en ecos asor¬dinados de discusiones que acontecieron con valor de verdad en otras circunstancias. Para conservar en lo posible el tono de los encuentros y para no fatigar al lector con llamadas y referencias, hemos preferido desplazar al final del libro una lista de las obras mencionadas, como así tam-bién las notas ex¬plicativas que contextualizan someramente algunos episodios aludidos en el texto. Por su parte, el estilo de las intervenciones intenta imitar los giros de las voces que incitan el pensamiento del que escucha: Borges, Castillo, Dolina.
Hace ya varios años, Diego Zerba vaticinó que nuestra época no padecería carencia sino ex-ceso de saber. Más tarde, Cristina Corea comprendió que el saber era consustancial con la carencia; el exceso lo convierte en información. La carencia ordenaba; el exceso desordena. La información fluye a velocidad real. En la información está todo dicho; todo y lo contrario de todo. No hay nada que agregar: es preciso configurar. La figura de pensamiento intrínseca a la información ya no es de autor; pensar es configurar los pensamientos que pasan por un punto. Sabemos cómo citar una autoría, pero no una configuración.
Nada de lo que yo tengo; nada de lo que soy; ni nada de lo que pienso es mío. Segura-mente nada de lo que aquí se dice es realmente nuevo. Pero en fluidez, sobre el valor mercan-til de lo nuevo prima el hacerse valer de lo actual. Por eso los capítulos de este libro, al modo de la mesa redonda, intentan pensar por composición con los lenguajes de la situación, con los nombres de los encuentros, con los enunciados y las palabras que ya se habían puesto a circu-lar. Esas palabras y enunciados son nombres y categorías de la situación. No son directamente sentido común pero pueden entrar en la producción de sentido en común, si los pensamos conjuntamente. En esta línea, los conceptos y categorías de distintas filoso¬fías o teorías no es-tán tomados como elementos claros y distintos de sistemas de pensamiento sino, según una indicación de José L. Romero, como formas bastardas, fondo oscuro de flujos que pasan por el lugar, magma del pensamiento de la situación. El resto son referencias privadas, sustraídas a lo común, identidades.
Diciembre de 2001 es un nuevo comienzo. Argentina es un hervidero, un pensamiento en ciernes, focos dispersos de actividad configurante. Somos muchos los que estamos trabajando. El movimiento colectivo se realiza en malentendidos, cruces, choques, encuentros. Ningún centro configura todo; todos los centros configuran algo. El pensamiento de cada centro está influido (la palabra es justa) por los oleajes de los otros. No se sabe de dónde vienen, no hay corpus ni plano de la situación. Circulan, fluyen, vienen: nos encontra¬mos con ellos. Cada uno diseña su universo; no es afán des¬pectivo: es la forma que adopta el movimiento colectivo de pensamiento sin centro. Estamos siempre recomenzando. No nos une una corriente de opinión o de teoría sino un apremio en el movimiento de pensamiento actual, una corriente de problemas que podemos llamar, para simplificar, siglo XXI.
Las ideas están en movimiento; se dispersan, se pliegan, se cohesionan, se configuran, se vuelven a dispersar. Las ideas encuentran diversos modos de trabajar. Entre nosotros, encuentran un modo de cohesión que es un modo de producción. Hace tiempo integro y coordino grupos en los que el mismo campo de ideas está en proceso de trabajo. Ese trabajo en proceso constituye el fondo de ideas sobre el que opera este libro. Reconocer las circunstancias precisas de procedencia de cada una no sólo es imposible; ante todo es ridículo: no operan por procedencia.
Los que habitan ese fondo, se reconocerán y lo reconocerán fácilmente. Para tener una imagen genérica y precisa de la composición y la dinámica de ese fondo de ideas del que pasa a formar parte este volumen -así como de las personas que lo nutrimos y nos nutrimos en él- no imagino otra vía que visitar la página en que existe ese fondo: www.estudiolwz.com.ar Se podrá ver que desde hace más de cinco años el grupo Viernes trabaja sobre las orientaciones del pensamiento contemporáneo; hace poco menos, el grupo Doce trabaja sobre las alteraciones de la subjetividad contemporánea; desde hace dos años el grupo Cuatro trabaja sobre las formas de pensamiento en la fluidez. Recuerdo ahora algunas procedencias más precisas. La idea de actividad configurante, que originariamente había desarrollado Ricardo Gaspari, se sometió durante dos años a la actividad configurante del grupo Cuatro. La intuición de la fluidez como relación contingente entre dos puntos, postulada por Ernesto Kreplak en sucesivas reuniones del grupo Sába¬do, fue también procesada en el taller sobre Lacan y la contingencia. La noción de umbral procede de sucesivos diálogos con Diego Sztulwark. El diálogo en el Estudio LWZ con Mariana Cantarelli y Cristina Corea se encarga de configurar permanentemente el fondo de ideas según las contingencias.
En este texto parece que transita sin control una ambigua persona llamada nosotros. Nunca es claro a quién refiere. Pero no sólo no es claro para usted; tampoco para mí -o para nosotros-. Como comprendió Diego Tatián para la idea de comunidad, nosotros no es un lugar al que se pertenece; es un espacio al que se ingresa para construirlo. En ese espacio no se sabe si nosotros somos los occidentales, los contemporáneos, los que hemos sido griegos demasia-dos siglos, los que venimos del marxismo, los que transitamos la larga agonía de la argentina peronista, los rioplatenses, los historiadores, los judíos, los que acabamos de romper el jarrón. Quizá nosotros no sea un conjunto de personas sino una configuración subjetiva de los pensa-mientos en una circunstancia. Imagino que nosotros es la forma de conjugar las acciones de ese fondo de ideas. Pero no es todo, pues nosotros también designa el conjunto de los reuni-dos en el entorno de una mesa redonda y a través de este volumen.

I.L.
Ushuaia, 21 de enero de 2004