viernes, 15 de agosto de 2008

Lewkowicz. Pensar sin estado. Cap 8. Instituciones perplejas

8. Instituciones perplejas[1]

I


Hacia fines del siglo XII, en uno de tantos períodos oscu­ros, el ya muy reputado doctor Moshé ben Maimón -deveni­do Maimónides por su extrema sabiduría y su intimidad con la cultura griega-, sin dudar en apoyarse en Aristóteles para ha­llar racionalidad en los principios, exigencias y preceptos del judaísmo, escribió el portentoso Moré Nevujim. Escrito origi­nalmente en árabe, vertido luego al hebreo, no dejó de tradu­cirse. En castellano, constituye una implacable Guía para perplejos. La oscuridad cedió luego un tanto, quizá por efecto de la Guía.

A comienzos del siglo XXI nuestra perplejidad no busca fundamentos racionales para los principios, exigencias y pre­ceptos de una doctrina. Con una desazón más acendrada, no nos es dable esperar portentos semejantes a la Guía. Corren los tiempos posmodernos. Leemos, por ejemplo, un Evange­lio apócrifo. Semejante cosa, ya apócrifa de por sí, existe además sólo en fragmentos. Buscamos orientarnos por ejem­plo en el fragmento 41: Nada se edifica sobre la piedra, todo so­bre la arena, pero nuestro deber es edificar como si fuera piedra la arena. Cobramos un cierto entusiasmo. Sin embargo, ni si­quiera apócrifo y fragmentario -al gusto de nuestro tiempo-, el evangelio nos guía en nuestra perplejidad. Después de ha­bernos encantado, nos inquieta el como si fuera piedra. ¿Com­porta una ética del tesón o una estética del patetismo? Acaso sólo una impotencia: no podemos edificar como si fuera are­na la arena. El evangelio, como todo, se nos disuelve.

Nos preguntamos, entonces, si no podemos construir co­mo si la arena fuera arena, si la arena es inhabitable de por sí, ¿necesitamos fingir que es piedra para poder construir? En este punto se nos plantea el problema de la incertidumbre: hemos de ver si nos constituimos como especie capaz de construir sobre la arena sin fingir que es piedra, es decir, si nuestra subjetividad es capaz de habitar un mundo de arena o estamos condenados al anhelo de la piedra.

II

El título inicial de este trabajo era Incertidumbre y perpleji­dad en el hombre contemporáneo. Cuanto menos unificado esté el mundo simbólico, más heterogéneos resultan los lugares desde los que se piensa. Ya es un requisito de nuestra circuns­tancia declarar la perspectiva desde la que se organiza el pen­samiento. Por método, por vocación historiadora, es preciso preguntar si incertidumbre y perplejidad existen para otro hom­bre que el hombre contemporáneo, o si son figuras subjetivas exclusivas de nuestra contemporaneidad. Por supuesto, des­de un punto de vista, incertidumbre y perplejidad atraviesan las distintas situaciones históricas: son palabras establecidas, largamente acuñadas. Pero desde otro punto de vista, perple­jidad e incertidumbre son insumos específicos de la constitu­ción subjetiva contemporánea. En plan de historización, me interesa tomar esta segunda vía. Así, imagino que incertidumbre y perplejidad resultan términos inevitables de la si­tuación actual.

Sin embargo, en tanto términos presentes, pueden diferir su estatuto según varíe el estatuto del presente: presente de tránsito, presente a secas. La incertidumbre y la perplejidad actuales, ¿sobrevienen porque venimos de una época y pasa­mos a otra, o sobrevienen a causa del modo propio de ser de esta última? Insisto en este punto no sólo porque forma par­te del oficio de historiador aclarar lo obvio hasta que deven­ga problemático, sino también -o sobre todo- porque en esta diferencia se manifiesta la condición más sorprendente de nuestra perplejidad: acaso no sea sólo momentánea. La per­plejidad ¿sobreviene por el hecho de haber abandonado un terreno habitual, o por el hecho de estar aquí independiente­mente de la procedencia? Si sobreviene por haber abandona­do un terreno habitual, la perplejidad nos abandonará cuando nos habituemos al nuevo horizonte. Pero si la perplejidad es un dato de la dinámica inmanente de lo que estamos vivien­do, entonces vino para quedarse. Y en este sentido, una per­plejidad estable sí es una novedad: una perplejidad que no se destina como transición sino como un hábito, incluso como un hábito saludable. Quisiera forzar los argumentos para lle­gar a comprender esta postulación que, por ahora, pido que me sea concedida.

III

Oficialmente vivimos en una entidad temporal derivada del sistema métrico decimal: siglo XXI. Para circunscribir nuestra contemporaneidad nos preguntamos si además de una casualidad numérica hay algo que nos permita delimitar alguna especificidad del siglo XXI. Es cierto que ha transcu­rrido poco tiempo; pero también es cierto que es nuestro tiempo.

Parece que a Eric Hobsbawm el siglo XX le resultó corto. No es cuestión de gusto. No resultó corto porque -como en un buen film- uno quisiera que continuara. Resultó corto porque el conflicto que lo estructuraba se agotó antes de la fecha de vencimiento: 1999. El siglo XX de Hobsbawm -es decir, el siglo XX históricamente pensado- comienza en 1914 y termina en 1991. Ahora bien, la cifra de fin de siglo XX no tiene por qué coincidir históricamente con la de co­mienzo del siglo XXI. Fuera de las convenciones decimales, no sabemos cuándo empieza el siglo XXI. Hobsbawm ca­racterizaba el siglo XX como el siglo de la confrontación entre el capital y el trabajo. En buena historia marxista, cualquier fenómeno del siglo XX se puede reducir, a través de buenas dosis de mediaciones, a la contradicción funda­mental entre capital y trabajo. Ahora bien, nuestra circuns­tancia, ¿es inteligible desde ese par? Si no es inteligible desde ese par, entonces, aunque oscuramente, ha comenza­do nuestro siglo XXI.

Si perseveramos en el camino historiador para compren­der el siglo -o cuando menos el ciclo- que llamamos XXI, tendremos que hallar la línea de conflictividad que tensa nuestra experiencia. Ahora bien, ¿de qué eje de conflictividad disponemos para pensar algo así como una autonomía con­ceptual del siglo XXI? Se suele hablar de un mundo unipolar. La imagen unipolar hace vacilar nuestra comprensión de la polaridad. Intentemos configurar lo que nombra esa imagen. Tenemos un centro dinámico, un centro aglutinante, que es el flujo del capital financiero. Del otro lado no hay otro polo que organice: lo otro respecto del núcleo activo no es un po­lo; es una dispersión. Nuestra conflictividad actual no se da entre dos términos opuestos en un mismo plano sino entre un plano y su residuo, entre un plano y su resto. O mejor, en­tre algo que no es un plano sino flujo y la materia disemina­da que va dejando dispersa en su fluir.

Si quisiéramos organizar nuestra experiencia según algún conflicto esencial, podríamos pensar el siglo XXI, ciertamen­te de modo prematuro, como el siglo de la conflictividad en­tre el capital financiero y los conjuntos sociales; o, si se quiere, entre el andamiaje virtual tecnológico, por un lado, y los arraigos reales prácticos, por otro; o entre la dinámica econó­mica de fluidos y nuestra intuición social de lógica sólida.

Vivimos en circunstancias en las que se ha desintegrado la instancia aglutinante que era el Estado. Para no incurrir en nostalgia falsa, recordemos que el Estado era esa cosa totali­zante, alienante, opresiva, serializadora. El Estado desapare­ció como instancia meta, como instancia de otro nivel, articuladora de la totalidad social. Esto no implica emitir nin­gún juicio de valor. Ni se ha perdido ni nos hemos liberado del Estado meta-articulador: meramente ya no hay Estado meta­articulador.

El Estado era esa instancia meta que integraba, como me­ta-institución o como supra-institución, las demás entidades, sobre todo, las integraba como instituciones. Era el principal productor mundial de solidez. Las prácticas de globalización -las prácticas tecnológicas de comunicaciones, virtualidad fi­nanciera y flujo informático- disuelven esa instancia supra. La fluidez globalizadora nos sitúa en un terreno de pura fac­ticidad en tanto no dispone una trascendencia estatal integra­dora, capaz de proveer sentido (recordar: sentido alienante, sentido totalitario, para no andar extrañando de modo indebi­do). Así, lo inédito de nuestra experiencia es transcurrir en un plano de pura facticidad -sin trascendencia ni inmanencia-. La antigua solidez estatal, atravesada por los flujos de capital, se fragmenta en islotes. Esa fluidez del capital deshace efec­tivamente la antigua consistencia totalitaria proporcionando fragmentos inorgánicos en vez de partes de un todo. ¿Es po­sible transformar en situaciones habitables lo que en princi­pio no son más que fragmentos? ¿Estamos condenados a anhelar el Estado que totalice para después poder lidiar con él? ¿Puede prescindir nuestro pensamiento de la instancia de destitución del Estado para convertir esos fragmentos inor­gánicos en situaciones con sentido? ¿Necesitamos fingir que es piedra la arena?

IV

Paso ahora al otro extremo del planteo. ¿Qué sucede en las- instituciones? ¿De qué se sufre en las instituciones? Me gustaría postular que el modo de sufrir en las instituciones se agrava porque nuestras teorías del sufrimiento en las institu­ciones suponen unas condiciones que son las que precisa­mente se están desvaneciendo. No sólo se sufre de lo que se sufre sino también de no sufrir aquello para lo cual teníamos remedio. Brevemente, en las instituciones no padecemos por fijación sino por volatilidad de los agrupamientos. No nos apena tanto la expulsión como la superfluidad, en un indefi­nido adentro/afuera: no padecemos el encierro del adentro ni la exclusión del afuera, sino por no estar ni adentro ni afue­ra. No nos abruma el enclaustramiento, sino que nos des­mentaliza la dispersión. No padecemos una topología esquemática, sino otra cosa que topología. No lidiamos con­tra la imposición de un sentido fijo, sino contra -la preposi­ción es abusiva- una insensatez inlocalizable. En definitiva, no lidiamos con nuestro venerable fascismo -que obligaba a pensar de una manera-, sino con la estupidez -que nos impi­de pensar de cualquier manera-.

A beneficio de la hipótesis recién enunciada, admitamos que esta descripción toca alguna hebra de nuestras realidades. Vamos a necesitar algún esquema para pensar el tipo de alte­ración que están transitando las instituciones y la alteración de las condiciones en las que pensar la institución. Aunque no entendamos muy precisamente qué significa, podemos admi­tir que esta alteración se enuncie como pasaje del paradigma Estado al paradigma mercado. Estado y mercado se intuyen bastante bien. Paradigma, en el uso abusivo que solemos ejer­citar, es prácticamente un énfasis; viene a decir o a querer de­cir que no se trata del mero cambio de una cosa sino de un cambio simultáneo y complejo de una cosa, de la modalidad de una cosa, de los modos de pensar la cosa, del contexto de la cosa, de las condiciones de la cosa, de las condiciones del observador y de las relaciones del observador y la cosa que hacen que no sean ya posibles los observadores ni las cosas: el paradigma mercado afecta esencialmente el proceso mismo de pensamiento.

Así como el Estado constituía la condición básica del pen­samiento en diversas esferas y escalas -conservador o revolu­cionario, a izquierda o a derecha, en pequeñas organizaciones y a nivel planetario, en pensamiento dogmático y en pensa­miento crítico-, así también, el paradigma mercado opera tanto para el directorio de una megacorporación como para los modos de ocupación de una fábrica recuperada. No se tra­ta de una condición de clase, sino de una condición de época.

Vemos que, por un lado, cambian las formas de sufrimien­to. Vemos que, por otro, se altera el paradigma de la expe­riencia social. Nos queda ingresar en el mecanismo de conexión entre ambas alteraciones. Caso contrario, sólo ten­dremos una seca correlación cronológica.

V

Pensemos, entonces, la relación entre estos modos específicos de sufrimiento en las instituciones actuales y la altera­ción esencial del paradigma. Quizás así podamos pensarlas, habitarlas, incluso hacerlas. Las instituciones transitan la rui­na del Estado como modo de ser, de hacer y de pensar: un modo basado en la territorialidad, el encierro, la soberanía, la representación, la reproducción. La lista de rasgos no es ex­haustiva y tampoco homogénea, pero intenta indicar la serie de servicios -para hablar en el lenguaje del mercado- que el Estado prestaba en la constitución misma de lo institucional. Porque en esta línea -si admitimos que el Estado presuponía estos predicados-, el Estado era la institución de las institu­ciones, constituía una metainstitución exhaustiva que asegu­raba las condiciones de cualquier institución. Porque -como intentaré defender enseguida- no es concebible la institución sino en un marco institucional. Es inconcebible la institución sin metainstitución que disponga las condiciones. Y el Estado proveía no sólo el esquema mismo del ser institución; tam­bién aseguraba las condiciones efectivas para el existir de las instituciones. Porque la institución en su concepto formal mismo incluye una función decisiva: la reproducción. Tan es así que el sufrimiento institucional en tiempos institucionales es­taba causado por la imponente inercia de esta función repro­ductiva, una inercia capaz de arrasar cualquier subjetividad, pensamiento u operación que emergiera disonando con la homogeneidad estable de la estructura.

Ahora bien, la reproducción de un término sólo es posible si se reproduce su entorno operativo, sus condiciones de po­sibilidad. Se tienen que reproducir también las condiciones de reproducción de ese término. Las condiciones de repro­ducción de un término son, a su vez, otros tantos términos que tienen que hallar sus propias condiciones de reproduc­ción. Es aburrido, pero sin eso no tenemos institución posi­ble. Un término se reproduce si también se reproducen los demás términos que le proveen las condiciones. La función del Estado obliga y garantiza la reproducción de unos térmi­nos de modo tal que se reproduzcan también los otros. En la cadena institucional estatal, el desfasaje de uno de los térmi­nos desbarata la serie. Por ese motivo, el reconocimiento es­tatal de las personerías gremiales, empresariales, jurídicas, etcétera, impone el requisito de identidad a las organizacio­nes. Los estatutos proveen identidad; la identidad interioriza la exigencia de reproducción para sí y para otros términos. El contralor estatal, el paradigma institución impuesto sobre las organizaciones, tendía a garantizar un suelo estable en el que fuera posible la reproducción, pero en que a la vez sólo fuera posible la reproducción. Los estatutos, los reglamentos, las memorias aprobados por el Estado, constituyen los núcleos de identidad y de perseverancia de las instituciones.

Esta condición hoy se desbarata. La alteración de la que hablamos es el desfondamiento del Estado, la descoordina­ción de las organizaciones, la destitución de la metainstitu­ción que proveía las condiciones de reproducción y el requisito de reproducción, es decir, simultáneamente la exigencia y la posibilidad de que los términos que la pueblan se reproduzcan. Entonces, no estamos en la ruina de las institu­ciones, en la crisis de las instituciones, sino en el agotamien­to de lo institucional mismo por desfondamiento de su condición estatal metainstitucional. En una imagen: el des­fondamiento no remite a la caída de lo edificado sobre un suelo sino a la licuación de ese suelo mismo. No es el de­rrumbe de lo que sobresalía de una superficie, sino la altera­ción esencial de esa superficie. No es fatiga de materiales; más bien fatiga de suelos. Si algo se edifica, se edifica sobre la arena.

VI

Para alejarnos un poco de los términos Estado y mercado -con sus falsas transparencias-, este pasaje se puede describir también en términos de otro par -acaso también engañoso, pero de distinto modo-. La multiplicación de imágenes en­gañosas al menos nos precave de sustancializar una metáfora. Transitamos entonces el pasaje de la solidez a la fluidez. La condición fluida nos induce a preguntarnos si somos capaces de habitarla, si el pensamiento es capaz de pensarla y, corre­lativamente, diseñar estrategias que la habiten.

No es sencillo, pues ese esquema lógico que llamamos ins­titución no resulta apto para la fluidez. Supone algunas con­diciones de reproducción que la fluidez se resiste tenazmente a proveer. Más grave aún; cualquier reproducción en suelo no reproductivo tiende al desquicio, a una especie desquiciada de reproductividad sin reproducción. En condiciones altera­das, en condiciones de fluidez, la forma y la función, tan ajus­tadamente calibradas para las sólidas condiciones estatales, se alteran. No digo que no existan instituciones, sino que lo que se llama institución no puede sostenerse ya en su esquema ontológico de reproducción; conserva el nombre y acaso al­go más. Y esto, insisto, tanto para el pensamiento de la eman­cipación como para el Estado y los holdings, tanto para los pequeños agrupamientos, como para las estrategias piquete­ras y las tácticas partidarias.

Vemos en una oscura fulguración que una ontología supo­ne condiciones; y a la vez vemos que las condiciones supues­tas por la ontología estatal se han derretido. Una imagen puede colaborar. El Estado -el Estado nacional, soberano­ era el tablero dentro del cual transcurría la existencia de un conjunto de entidades que llamamos instituciones. Los diver­sos modos de agrupamiento tenían una dimensión institucio­nal. Una de esas instituciones, una pieza de ese tablero, era el mercado liberal. Ese mercado era una laguna en medio de un continente sólido. Literalmente, el sólido continente institu­cional contenía la laguna. Pero esa laguna crece, se desborda, se descontiene, se vuelve incontenible. Lo llaman neolibera­lismo, o tercera ola, o globalización, o algo. Se ha revertido la trama; esa laguna devino océano. Esa laguna que era una pie­za del tablero estatal se convierte ahora en el tablero de otra lógica. Ahora todas las demás piezas transcurren en el ámbi­to propio de lo que era sólo una pieza. Esa pieza devino he­gemónica, devino condición de todo el juego y alteró el juego de modo tal que las antiguas piezas no conocen las reglas de este nuevo juego. Quizás las reglas no sean desconocidas sino meramente inexistentes. A la vez, el Estado que era el tablero, en esta reversión, se convierte en una pieza entre otras.

Ese océano es un medio fluido en el que las conexiones re­sultan esencialmente aleatorias. En principio no son más que fragmentos inconexos. Sin embargo, se conectan por las con­secuencias que los movimientos de cada uno imponen sobre otro. Pero esa conexión por la vía de las consecuencias no produce una articulación lógica, pues no devienen por eso partes de un todo; y sin embargo, tampoco son entidades au­tónomas. Los términos se conectan, producen consecuencias unos sobre otros y otros sobre unos; no se componen en una lógica; se mueven en una dinámica. Los fragmentos se conec­tan ocasionalmente sin perder su carácter fragmentario. La dinámica del fluido se puebla de choques contingentes.

VII

Esa conexión entre términos heterogéneos en un medio fluido es la fuente de la incertidumbre contemporánea. Nuestra incertidumbre es propia de nuestra época. Por poner un ejemplo, nuestra incertidumbre actual no se angustia an­te los problemas de la predestinación -cuestión central de la subjetividad calvinista; fuente específica de incertidumbre es­pecífica-. Nuestra incertidumbre no es la de Maimónides. El lugar que ocupa cada uno en el plan divino resulta más secun­dario que, por ejemplo, el lugar que el fluido dispone para re­cibir o despedir la nueva ola o el nuevo reflujo de capital. Los planes divinos eran menos contingentes que los del capital.

En un medio sólido, las conexiones entre dos puntos per­manecen estructuralmente. En un medio fluido, las conexio­nes entre dos puntos son siempre contingentes. En un medio sólido, dos puntos cercanos permanecen cercanos si no se produce un corte que los separe. En un medio fluido, dos puntos cercanos permanecen cercanos sólo si hacemos lo pertinente para que permanezcan cercanos. Si no, su destino es derivar, desperdigarse, dispersarse. La incertidumbre con­temporánea no es un fenómeno de orden epistemológico -hay algo que no sé, sobre eso no tengo conocimiento- sino de or­den ontológico sé perfectamente que eso está en sí indeterminado y a la deriva-. Como sujetos de conocimiento no ignoramos las determinaciones de lo real; nuestra incertidumbre es el correlato verídico de la indeterminación de lo real. No pade­cemos de incertidumbre respecto de unas determinaciones, sino un acuerdo perfecto entre la indeterminación de lo real social, la indeterminación de lo real económico, la indetermi­nación de la interfase entre lo económico y lo social y nues­tra incertidumbre. Nuestra incertidumbre no encuentra bálsamo: es demasiado certera.

Hoy no podríamos escribir la Guía para perplejos. El per­plejo en nuestros días está bien ajustado; está en lo cierto, tra­duce el modo de ser de lo histórico social, no desconoce nada. Pero entonces necesitamos ser otros. Así, incertidumbre y perplejidad no son ya nombres de lo que accidentalmente nos sobreviene por desgracia, sino más bien términos habi­tuales que nos sobrevienen porque no pueden más que sobre­venir crónicamente.

Corremos el riesgo de banalizar la incertidumbre y la per­plejidad porque han devenido términos habituales. Pero ba­nal y habitual no tienen por qué ser fatalmente sinónimos. Que los términos incertidumbre y perplejidad se hayan genera­lizado como términos significa que tergiversados, atravesa­dos, banalizados, como sea, se han instalado como términos de una subjetividad que ya puede traficar con esas palabras de manera un poco más relajada.

VIII

Recapitulemos. Nuestra perplejidad es actual, bien actual. No procede de nuestro desconocimiento sino de la indetermi­nación intrínseca de la realidad social. O mejor, de nuestros modos de producción. Pues los modos de producción de rea­lidad actuales imponen irreductiblemente la heterogeneidad y la contingencia. Esta heterogeneidad en los modos de produc­ción de realidad a su vez deriva de la multiplicidad de agentes autónomos y la heterogeneidad de las lógicas que estos agen­tes ponen en juego para producir sus realidades -realidades ha­bitables para tales agentes-. Si llamamos heterogéneos a los términos que difieren en su génesis y llamamos heterólogos a los que -independientemente de su génesis- operan en lógicas incompatibles o inconmensurables, veremos que los modos ac­tuales de producción de realidad no sólo son heterogéneos si­no también heterólogos. Tanto como decir que no hay manera de concebir, fuera de una configuración situacional contingen­te, una articulación de los modos de producción en una reali­dad. No es posible síntesis alguna, ni global ni local. Pues los términos heterólogos están permanentemente afectando, soli­citando, atacando, anexando los términos de nuestra configu­ración local actual sin por eso volverla homóloga.

Veamos ahora un detalle de la condición fragmentaria. Sin Estado, dos individuos de la especie homo sapiens no tienen posibilitada su relación. Si dos homo sapiens no pueden hu­manizarse mediante una tercera instancia trascendente que los disponga como semejantes, no tienen modo de instituirse como semejantes. En condiciones de Estado, cualquier cuer­po humano es el de un semejante -un cuerpo representa un sujeto para otro cuerpo-. Pero en condiciones de mercado no es un semejante, es mucho más y mucho menos que eso. En principio, es un cuerpo; tan sólo un cuerpo. Con arte y ma­ña, luego, es un otro, solamente un otro. Sin instancia que nos presente mutuamente como semejantes, el otro es otro que yo, o mejor, nada que ver conmigo. Y en la medida en que es otro, se me torna cada vez más imprevisible. Porque según la construcción histórica de la semejanza puedo imagi­nar que el otro está organizado por una estructura semejante a la que me instituyó: para mí es calculable. Pero en función de la pura diferencia en que el otro es otro, mis acciones res­pecto de él van a estar siempre marcadas por un margen esencial de incertidumbre. Cada punto, individuo, familia, grupo, institución, partido, empresa, organización, se conec­ta con otros que no son semejantes porque no se subordinan a una instancia totalizadora que los distribuya en una estruc­tura. Así, cada uno está conectado con otro, con otro, con otro, de manera que el efecto de esos otros sobre uno no ope­ra según el régimen de la causa. Nos conectamos por la con­secuencia, pero no por la consecuencia discernible lógicamente, derivada de una causa, sino por lo que sobrevie­ne como pura consecuencia. Pues el otro es efectivamente otro y no un semejante tramado conmigo en una estructura. Lo sé por la consecuencia.

IX

Francis Fukuyama hizo carrera predicando el fin de la his­toria. Pero su historia no terminó ahí. En busca de un poco de consistencia para su definitivo capitalismo parlamentario, encontró otra piedra filosofal. Hace poco publicó un tremen­do volumen que se llama Trust, traducido como Confianza. Ahí plantea que las relaciones sociales en condiciones neoli­berales se sostienen exclusivamente en la confianza. En me­dio de la incertidumbre, la confianza. Es raro, ¿no? Pero esa extrañeza resulta interesante. Para aproximarnos a la idea, para no confundirla con imágenes amistosas de la confianza, la llamamos confianza desesperada. La confianza desesperada, tal como la entendemos en Fukuyama, predica que lo único que sostiene es la confianza. Desesperada, no se trata de la confianza en la solidez de alguna instancia confiable sino de la confianza en que si no lo sostenemos mediante la confian­za, el mundo-mercado se desintegra.

El mundo de la incertidumbre, desde la ideología propia del polo de poder de ese mundo, impone la necesidad de con­fiar, pero no porque constituya una entidad confiable sino porque, si no se confía, se derrumba. Ésa es la confianza de­sesperada. Confianza en los poderes cohesivos de la confian­za. Confianza en que la confianza es lo único que nos queda. Confianza en una apuesta -a ciegas, pero forzada- en la con­fianza. Confianza en que la afirmación de la confianza nos aleja de la subjetividad desdichada.

¿Cómo confiar en otros que son otros? No basta con la confianza para habitar la fluidez. Pues no estamos ante un se­mejante posible sino ante un otro en tanto que totalmente otro, instituido como otro y para nada ocultado como otro. La confianza se nos complica, sobre todo si no contamos con dispositivos confiables con los que tratar la diferencia con ese otro. La confianza no basta para pasar del fragmento a la si­tuación; es preciso pensar de otro modo, hacer de otro mo­do, hacerse de otro modo, constituirse de otro modo, hacerse cada vez, hacerse en cada situación: confiar de otro modo.

X

Martin Buber comprende que el mundo genera en nosotros el lugar donde recibirlo; no somos nosotros los que recibimos el mundo; no es el mundo el que se instala en nosotros; sino que genera en nosotros un lugar en el que albergarlo. Si el mundo es estable, ese lugar en nosotros para acogerlo será estable; pero si el mundo es inestable, irá instalando sucesivamente en nosotros condiciones diversas para recibirlo. Porque hay si­tuaciones en las que uno no responde frente a un estímulo sino que se constituye desde el estímulo. Ahí uno está descolocado: cuando no tiene con qué responder y tiene que hacerse, cons­tituirse, a partir de eso que se presenta. En el momento de perplejidad, no tenemos en nosotros el sitio en que albergar ese estímulo a través del cual se nos presenta el mundo. No se puede responder sino que se trata de configurarse. Se res­ponde con institución; se configura con organización.

Las organizaciones -nombre de resonancia empresarial por un lado, militante por otro, pero a fin de cuentas un nombre razonablemente genérico- designan en este caso los modos de agrupamiento en condiciones de fluidez. Bajo el nombre de organizaciones, los agrupamientos ejercen en la incerti­dumbre, del mismo modo que bajo el nombre de institucio­nes ejercían en un mundo mayormente calculable. Para estas organizaciones, en tiempos de alteración, ninguna figura a priori, ninguna estructura interna resulta eficaz en su opera­toria. El índice de eficacia de la organización es la velocidad para configurarse frente a estímulos, provocaciones, causas, dislocaciones que sobrevienen de modo contingente. Al igual que en las instituciones, puede haber nombres y cargos, pero no hay, no puede haber, lugares en el sentido estructural del término. En las organizaciones, los nombres y cargos no re­miten a sitios regulares del organigrama. Pueden regir una planilla de remuneraciones o una placa de honores, pero no indican una operatoria estandarizada. Sin lugares sólo hay operaciones de existencia en la fluidez. Las operaciones re­quieren una buena dosis de confianza desesperada. Desesperación abunda; lo que suele escasear es el ingrediente con­fianza. Como las condiciones en las que tienen que operar las organizaciones son inanticipables, ninguna configuración previa resulta adecuada a sus objetivos o a sus funciones. No pueden confiar ya en el buen orden del mundo real; no pue­den confiar ya en su propia buena estructura. Sólo pueden -y por ende tienen que- confiar en su capacidad de configurar­se en la ocasión a partir de su perplejidad.

La organización, la institución actual, trabajará activa­mente para configurarse en cada circunstancia; el resto es dis­persión. Así lo dispone la condición fluida en la que opera, pues la relación entre dos puntos ligados no se garantiza por estructura sino que se posibilita, cada vez, por una operación actual. Permanecen conectados sólo si una operación activa y eficaz los mantiene actualmente ligados. La tendencia inma­nente del fluido se orienta a la dispersión. Lo que no se está cohesionando se está dispersando. El medio fluido no ejerce una inercia de conservación sino de disolución.

La fuerza principal de cohesión en las organizaciones es el pensamiento. Si las instituciones estatales sabían, las institu­ciones fluidas se definen por su capacidad de pensar. En las instituciones estatales el pensamiento tendía a ser un lujo, e incluso un lujo peligroso, capaz de disolver la sabia estructu­ra reproductiva, cerrada pero consistente. En condiciones de fluidez, el pensamiento es la condición de posibilidad de una organización-institución, caso contrario, se vuelve pura dis­persión o patología de excrecencia. Llamamos aquí excrecen­cia, según el dialecto ontológico de Badiou, a los términos que están representados pero no presentados: paradigma del anacronismo, espuma ontológica del agotamiento. Más claro, la excrecencia es una exhaustiva reproducción de funciones que no cumplen función alguna, reproducción perfecta de lo ineficaz, por lo tanto, ruina de esa misma reproducción per­fecta -pues la eficacia era una de las condiciones de su repro­ducción-.

El pensamiento que realiza las operaciones capaces de li­gar algo en las organizaciones es un ars, una tekhné de renovar condiciones o de desautomatizar respuestas. No es doxa ni episteme. Pues la irregularidad de los estímulos, el aluvión de provocaciones, solicitaciones y destituciones obliga a ope­rar permanentemente sobre términos, sobre condiciones, so­bre circunstancias para las que la institución no está preparada. Destaquemos, de paso, una condición actual: an­tes de la circunstancia, nadie ni nada está preparado para tra­tarla; estrictamente, nada está a la altura de las circunstancias. Para tratar sus problemas la organización ha de configurarse ad hoc. Las organizaciones que llamamos instituciones, pri­vadas de su esquema ontológico, pueden ganar otro. Eso su­cede si se determinan instante a instante por el pensamiento, por el pensar y hacer pensar. Ganan si van donde el pensa­miento y no los estatutos las llevan. Caso contrario, insisto, devienen inoperantes por suponerse un ser.

XI

Distingamos esquemáticamente dos comportamientos ma­teriales de la flexibilidad. Una superficie puede dejarse mol­dear elásticamente por la actividad configurante del pensamiento y adoptar una forma. Una superficie puede de­jarse moldear plásticamente por la actividad configurante y adoptar una forma. La diferencia no es sólo una letra -e por p-. La superficie plástica adopta sin resistencia la configura­ción reciente, mientras que la forma elástica resiente la defor­mación. Anhela la cesación de la nueva forma, que es percibida como deformación. Su propia forma es buena for­ma. Apenas pasada la presión actual, volverá aristotélicamen­te a su forma natural. Tomemos en su literalidad la imagen de la globalización.

Pongámosla en diálogo con la dinámica previa: el progre­so. Imaginemos que el conocimiento es un globo; progresa conforme se infla. Cuanto más crece, mayor es la superficie de contacto con el desconocimiento. De pronto, en su paro­xismo, la superficie ya no soporta la presión: el globo explota. Entonces, queda todo mezclado, el conocimiento con el desconocimiento. Adentro-afuera han explotado. La globaliza­ción así entendida suprime la frontera adentro-afuera. Lo cual, naturalmente, no significa que estemos todos adentro. Defini­da una organización por su capacidad para configurarse al pen­sar en cada circunstancia, cambian esencialmente los modos de pertenencia. La subjetividad institucional transita por otros carriles -o ni siquiera carriles-. No es posible pertenecer a las instituciones en términos topológicos o binarios -aden­tro/afuera-; ya no ocurre que se pertenezca si se satisface una propiedad y que no se pertenezca si no se la satisface. No se pertenece por afiliación ideológica ni por verificación de una regla. En medio de la destitución, de la desolación, de la flui­dez, uno pertenece a los sitios en los que puede pensar, en los que puede constituirse, en los que puede constituirse pensan­do. Uno pertenece a los sitios que, a su vez, se constituyen to­mándolo a uno en su operatoria de pensamiento. El pensar no opera ya en los síntomas de una estructura, no opera ya en el borde interior-exterior de una topología. Opera entre térmi­nos desligados, configurando, uniendo con el trazo los puntos -como en los primeros juegos infantiles, sólo que esta vez los puntos no están numerados y, a la vez, se están moviendo-. El pensamiento opera en la plasticidad de la organización.

Una organización en la fluidez es una superficie plástica dispuesta a configurarse en cada operación frente a estímulos aleatorios. Esta superficie plástica es la virtualidad de distin­tas conexiones entre los términos que la componen, que se configuran, se ligan entre sí y se vuelven a configurar de otro modo según las circunstancias. Es la virtualidad de conexio­nes que sólo se realizan por pensamiento en una situación. Si, como dicen que dice Deleuze, la historia es una especie de toallón que, según cómo se pliegue, determina la cercanía y la lejanía de distintos puntos, las instituciones adoptarán ese modelo toallón, es decir, la posibilidad de producir inteligen­cia por conexión entre distintos puntos que no están ligados por el organigrama sino por el pensamiento en la circunstan­cia. Dos puntos se conectan por un pliegue porque esa conexión es eminentemente ad hoc y no estructural, para esa con­figuración y no para todo servicio.

XII

En condiciones de fluidez, naturalmente permanece el es­quema ontológico de la institución reproductiva. Más que inútil resulta dañino. Pues no permanece como pura repre­sentación instituyente; colabora a ciegas con la destitución. La institución que se cree tal puede conservar su nombre, los papeles de sus estatutos y reglamentos, sus títulos, cargos y honores; puede conservar su estructura interna; puede fingir solidez. Pero la solidez interna es incompatible con la abis­mal fluidez exterior. La reproducción interna de las ligaduras estructurales impide cualquier conexión con un exterior en mutación crónica.

Nuevamente, aquí puede colaborar una imagen. Cada tanto, en Discovery Channel exhiben el impresionante fenó­meno cordillerano de los ríos de piedras. Es una buena imagen para esta supuesta solidez en medio de la fluidez. Mirados desde lejos son ríos; se ve una fluidez homogénea como la del agua. Cuando la cámara se aproxima, vemos con asombro y repulsión que esos ríos están compuestos de piedras de unos dos metros de diámetro. En su interior esos bloques son es­tricta, confiada, estructuralmente sólidos. Sólidos en su inte­rior inoperante, porque no pueden conectar con un exterior si no es bajo la forma del choque aleatorio, improductivo, destructivo, corrosivo, lisa y llanamente estúpido. El recinto en que la materia choca así no puede ya llamarse institución. El nombre galpón se ajusta mejor.

XIII

La perplejidad es la experiencia de que lo configurado se está desligando. Lo configurado no es lo instituido que provee una forma al devenir, sino lo que se está descomponien­do en esta deriva actual; si no se lo configura aquí y ahora, si no se lo organiza, de por sí no determina organización sino dispersión. La perplejidad así planteada es la antesala del pensamiento, es lo que permite deshabituarse de las costum­bres adquiridas para poder entrar en una situación de otra ca­racterística. Y si nuestro mundo es indeterminado, entonces estas perplejidades no se sucederán como crisis accidentales sino como antesala inevitable de cualquier situación. En este sentido decía al principio que la perplejidad ha venido para quedarse.

En un mundo coordinado por el Estado, la subjetividad generada por la familia permite pasar a la escuela, de la escue­la pasar a la fábrica, a la oficina, al hospital, al cuartel; uno puede ir pasando a través de distintas situaciones porque es­tán regidas por la misma lógica. Pero sin una instancia que coordine, los recursos subjetivos pertinentes para habitar una situación no son pertinentes para otra; la entrada en cada si­tuación tendrá que atravesar su momento de perplejidad -o uno, para ingresar en cualquier situación, tendrá que atrave­sar el momento de perplejidad para poder constituirse según la situación lo condicione-. Si es un insumo habitual, quizás la perplejidad no tenga -pero esto es especulación pura- el correlato de sufrimiento que nuestra subjetividad estatal le atribuye al término. No digo que sea una fiesta; sólo que no es ya un desgarro de lo instituido. En todo caso, hemos de ver si somos bichos capaces de crear en nosotros otros bichos do­tados con el insumo de la serena perplejidad que no desgarra; si podemos crear las prácticas capaces de instaurar una subje­tividad que pueda moverse en ese medio sin desmentir la in­determinación esencial y, a la vez, sin desgarrarse por eso. No sé si es posible; sólo sé que es necesario.



[1] Este trabajo se basa en dos intervenciones: "Las instituciones en la destitución" (panel "Las instituciones en tiempos de alteración", Sociedad Argentina de Psicodrama, 28 de marzo de 2003) e "Incertidumbre y per­plejidad" (Asociación Latinoamericana para Operar y Pensar [ALPOYP], Montevideo, 9 de septiembre de 2001).