5. La experiencia
«No quiero que se me ubique en el séquito de Heidegger (...) Lo poco que conozco de Sein und Zeit me parece a la vez atinado y detestable. Es posible que mi pensamiento en ciertos puntos proceda del suyo. Por otra parte también se podría, imagino, determinar un paralelismo entre ambos. He elegido, no obstante, un camino muy diferente, y lo que finalmente llego a decir está representado en Heidegger sólo por un silencio (no pudo, al parecer, dar una continuación a Sein und Zeit en un segundo tomo, sin el cual queda en suspenso). Dicho esto, ese Heidegger no está más en su lugar en mi casa de lo que lo estaría el pintor con su escalera, aunque hubiera pintado las paredes anteriormente». [6]
La palabra de Bataille coincide, pues, con lo no-dicho de la filosofía de Heidegger. Se inscribe en el vacío de su figura como el blanco que deja un cuadro arrancado de su marco. Hemos visto que ese marco, común a ambos autores, es la cuestión del fin de
Fin como realización (Vollendung) significa esta concentración». [7] Y sabemos también que de esa realización-concentración él extrae la nueva tarea de un pensamiento que es, para la filosofía, su horizonte impensado. ¿Pero qué quiere decir si no que este se inscribe en la órbita de esa filosofía? ¿Que la «finaliza»regenerándola en su nuevo inicio? Es cierto que ese inicio interrumpe la tradición que deja a sus espaldas. Pero lo hace justamente para volverla a su origen auténtico que, como sabemos, coincide con el lenguaje conceptual de los griegos. Por cierto, Heidegger es consciente de que ese lenguaje está envuelto en un silencio impenetrable para nosotros, que ya no somos capaces de hablarlo sin traicionarlo al mismo tiempo. Incluso llega a decir que la mirada que abre el fin de la filosofía «no es ni podrá nunca ser griega», agregando, además, no sólo que ella es aún «griega a su modo», sino también que «comprometerse a pensar ese impensado (...) significa perseguir el pensamiento griego en su modo más originario, descubrirlo en el origen de su auténtico ser». [8]
Bataille quiebra definitivamente esta dialéctica de origen y realización, de pérdida y reencuentro, de desviación y regreso, de la cual el pensamiento de Heidegger nunca supo desvincularse. No lo hace solo, sino inspirándose ampliamente en ese mismo Nietzsche que Heidegger había encerrado dentro de los límites de la metafísica occidental. Es como si Bataille invirtiera el reparto fijo de papeles en el gran diseño heggeriano: el propio Heidegger es prisionero de la gran tradición filosófica, y no Nietzsche, quien de esa tradición encarna una irreductible eminencia. Es el modo aún «filosófico» de entender Heidegger el «fin de la filosofía» lo que lo mantiene dentro de esa historia que él cree superar, pero en realidad continúa y potencia con un segmento último. Ese segmento es verdaderamente «final», pero desde dentro de la línea a la que pone fin. No es casual que permanezca dialécticamente comprometido con el inicio griego, al que a la vez trasciende y reactiva. Es su más allá antes que su otro. Bataille se propone poner fin verdaderamente a esta «ulterioridad» del «fin» heideggeriano, dándole término, y a la vez dando término al origen del que se genera y al que responde como un eco fiel, y por lo tanto a todo nuevo comienzo, repetición, o mímesis formulada o conjugada del modo que sea. El fin de la filosofía no es la realización epocal que abre un espacio virgen al nuevo saber, sino precisamente un «no-saber» (non savoir) que desde el inicio destina el pensamiento a una incurable «inconclusión» (inachevement): dado que «la inconclusión no se limita a las lagunas del pensamiento, la imposibilidad del orden definitivo se extiende a todos los puntos, a cada punto».[9] Por otra parte, si no fuera así, si el no-saber fuera simplemente el límite, o el territorio aún salvaje que se extiende más allá del saber, esa zona de lo real que el saber aún no ha hecho suya; si el no-saber se limitara, en suma, a ser lo no conocido, entonces no se hubiera dado ni un paso fuera de esa filosofía que, por lo menos tras su formulación hegeliana, siempre se ha autorrepresentado como limitada por una alteridad externa a ella, y por eso mismo reconocible como tal. ¿Qué es el saber absoluto si no el que reconoce lo que todavía le falta, y por esto ya retrocede ante su inevitable obtención? El non-savoir de Bataille elude este movimiento de conquista progresiva: no como un provisorio desconocido, sino como un absoluto incognoscible. Como aquello que nunca podrá aferrar el saber porque constituye su propia sombra. El no-saber no es una forma de pensamiento sucesiva, ulterior, superior a la filosofía, sino su «no» desnudo. El agujero oscuro en que se desvanece el saber, cualquier saber, sin dejar más rastro que el de la pérdida del propio objeto. Por eso todo intento de conceptualizarlo está destinado necesariamente a «fracasar, dado que el no-saber -es decir, la nada- asumido como objeto supremo del pensamiento que sale de sí mismo, se pierde y se torna disolución de todo objeto». [10] Precisamente esta dimensión autodisolutiva es lo que falta a la filosofía de Heidegger, todavía «pegada a los resultados», [11] cerrada en una posición defensiva, autoconservadora, resarcitiva con respecto a un saber que sabe todo menos lo único que cuenta: salir de sí mismo. «Despegarse». Resbalar en la «mancha ciega» que se abre en su interior [12] y desvanecerse.
En este punto hay que cuidarse de un posible equívoco. El no-saber, para Bataille, no constituye una dimensión separada y autónoma de la del saber: de otro modo aún estaríamos dentro de la dialéctica antes caracterizada entre conocido y cognoscible. Por el contrario, coincide con el saber, aunque en su modalidad negativa: no saber, justamente, o saber de nada, nada-de-saber. Pero -demos un paso adelante-, si quisiéramos darle un nombre en positivo, ¿qué nombre deberíamos darle? ¿Es posible hablar del no-saber de una manera afirmativa? O bien ¿qué es cuando se lo considera en sí mismo, y no en relación con el saber que pone del revés? Para expresar «la afirmación de esta negación radical que no tiene nada más para negar», [13] Bataille usa el término «experiencia interior». N o por caso sobre ella -sobre su falta: sobre el hecho de que falte esa falta- se concentra la polémica con Heidegger. El pensamiento heideggeriano está marcado por la subordinación de la experiencia al conocimiento: [14] se tratará ahora de «pasar de las aproximaciones vacilantes de los filósofos de la existencia a la determinación que objetivamente brinda la experiencia» [15] Sin discutir ahora la legitimidad -por cierto bastante dudosa- de adscribir a Heidegger a la corriente del existencialismo filosófico, detengámonos en el punto que aquí nos interesa: Heidegger malogra el concepto de experiencia. Y lo malogra porque lo llena con ese saber que ella niega en la forma de una afirmación tan absoluta que no afirma nada, afirma la nada.
Ya a partir de esta primera formulación resulta evidente que Bataille entiende por «experiencia» algo extraño a toda posible definición filosófica de este término. [16] La experiencia en la que piensa, o a través de la que piensa, es algo distinto -lo opuesto- de la expérience recogida en sí misma de Rousseau, en tanto íntegramente volcada a su exterior. Pero distinta también de la Erlebnis de tipo fenomenológico: distinta de cualquier «vivencia» emotiva, participativa, fusional. Por el contrario, remite a algo inasimilable a las posibilidades habituales de la vida: tanto como para que se la deba buscar -según Michel Foucaulten ese «punto de la vida lo más cercano posible a lo invivible». [17] Precisamente en el punto en que la vida se retrae, o se interrumpe, como por una síncopa que la atraviesa y descentra en un «máximo de intensidad ya la vez de imposibilidad». [18] Como si la experiencia, pese a su declarada «interioridad», empujara la vida hacia su «afuera», hacia el borde del abismo en el que la vida misma se asoma a su propia negación, vinculándose con lo que la quiebra y aniquila. Por esto la experiencia interior tiene también poco que ver con la Erfahrung hegeliana, de la que a lo sumo constituye el revés vacío: no la captación del dato sensible, sino el repliegue del intelecto sobre su borde ininteligible. Por cierto le es connatural la idea de travesía, de «viaje» (Fahrt, fahren): pero viaje sin meta y sin regreso, como sólo Holderlin, y más aún Nietzsche, habían presentido. A tal «caída» conduce el acaecer, o el accidente, de la experiencia, el periculum de un experiri siempre a punto de resbalar en un perire ilimitado, desprovisto de todo peras. La única que acaso puede acercarse a la «experiencia» de Bataille es aquella de la que habla Benjamin, cada vez más «pobre», incluso ausente en cuanto tal, dado que no hay «privación» de la experiencia, sino sólo experiencia de la privación y como privación. [19] «Experiencia de la no experiencia», [20] o de la imposibilidad de la experiencia. ¿Por qué la experiencia es imposible? ¿Por qué sólo se puede experimentar su imposibilidad? ¿Por qué la experiencia falta siempre, no es algo distinto de esa falta?
La respuesta de Bataille no se hace esperar: porque la experiencia es lo que lleva al sujeto fuera de sí. Por eso no puede haber un sujeto de experiencia. La experiencia es el único sujeto, pero de la destitución de toda subjetividad. Ya para Heidegger «tener experiencia de algo -trátese de una cosa, un hombre, un Dios - significa que ese algo para nosotros sucede, nos viene al encuentro, nos alcanza, nos altera y transforma». [21] Pero Bataille lleva aún más a fondo este experimento de desobjetivación: «volver a cuestionar al sujeto - explica nuevamente Foucault significaba experimentar algo que desemboca en su destrucción real, en su disociación, en su explosión, en su transformación en otra cosa muy distinta». [22] ¿En qué? ¿En qué se transforma el sujeto en la experiencia? ¿Qué busca Bataille en la disolución del sujeto? Es el punto en que se juega la naturaleza misma del acuerdo y el desacuerdo con Heidegger. El punto que Bataille sigue fijando como el epicentro del no-saber. Lo que escapa al saber porque coincide con su exteriorización. Se trata de la comunidad:
«Una frase de Was ist Metaphysik? me ha impresionado. Dice Heidegger: "Nuestra realidad-humana (unseres Dasein) -en nuestra comunidad de investigadores, profesores y estudiantes- está determinada por el conocimiento". Indudablemente de este modo se obstaculiza una filosofía cuyo sentido debería vincularse con una realidad-humana determinada por la experiencia interior... Y esto menos para indicar el límite de mi interés por Heidegger que para introducir un principio: no puede haber conocimiento sin una comunidad de investigadores, ni experiencia interior sin comunidad de quienes la viven (...) la comunicación es algo que no se agrega a la realidad-humana, sino que la constituye». [23]
2. Más que en ningún otro, en este texto se revela toda la tensión contradictoria del vínculo entre Bataille y Heidegger, hecha a la vez de fascinación y desafío, identificación y rechazo. Pero hecha también de paradójicos equívocos y evidentes distorsiones a partir de la fatal transposición -derivada de la primera traducción de Corbin y luego legitimada sobre todo por la interesada caución de Sartre- que convierte al Dasein en «réalité humaine», [24] hasta la reivindicación polémica del carácter originariamente constitutivo de
Aquí se produce otro desvío respecto del recorrido heideggeriano. Vimos cómo la experiencia, para Bataille, coincide con la comunidad en cuanto impresentabilidad del sujeto a sí mismo. El sujeto no puede presentarse. Falta para sí mismo. Pero ello significa que permanece de algún modo sujeto, si bien de una falta. La falta, en suma, se declina subjetivamente, aunque sin asumir los rasgos del subiectum metafísico. Las cosas son distintas en Heidegger, para quien es el ser del ente lo que falta, y no el sujeto. De aquí la distancia de la existencia heideggeriana con respecto al déchirement de Bataille. En Heidegger no hay ninguna herida, sencillamente porque no hay ningún sujeto individual por herir. Es cierto que en algunos textos también Bataille parece referir la blessure al fondo mismo de las cosas, de una manera que hace pensar en la apertura heideggeriana del ser. Pero luego, insensiblemente o de improviso, vuelve a hacer sujeto de la blessure al existente. Aun cuando se trata de un existente que sólo a trechos, y nunca por completo, coincide con el hombre, de conformidad con el carácter constitutivamente desgarrado (déchiré) de su antropología: «en este sentido la existencia humana en nosotros es sólo embrionaria, no somos del todo hombres».[29] Volveremos sobre la cuestión del antihumanismo batailleano. Por el momento detengámonos en la falta que nos separa de nosotros mismos. Es la misma que nos pone en comunicación con lo que no somos: con nuestro otro y con lo otro respecto de nosotros. ¿Qué es esto otro? ¿Con qué entramos en comunicación? La respuesta de Bataille es doble. O desdoblada, con arreglo a un diverso grado, o cualidad, de comunicación: nuestro otro está constituido ante todo por los objetos. Por el objeto del que la subjetividad se desliga para asumir su propia identidad, pero en el que -al mismo tiempo- tiende a perderse, en un movimiento que termina por arrastrar también al objeto a la misma pérdida: «La experiencia, que alcanza por último la fusión entre el objeto y el sujeto, es, en cuanto sujeto, no-saber; en cuanto objeto, lo ignoto).[30] Es como si Bataille, quien parte -a diferencia de Heidegger, ¿hace falta decirlo?- de una concepción «idealista» del vínculo entre sujeto y objeto entendidos como dos entidades separadas y contrapuestas, tuviera que anular ambas para evitar el presupuesto que él mismo inicialmente asumió. Dicho de otra manera, la «supresión del sujeto y del objeto es el único modo de no desembocar en la posesión del objeto por el sujeto, es decir, evitar la absurda embestida del ipse que quiere convertirse en el todo». [31]
Pero a la alteridad del objeto se añade -compenetrándose con creciente pasión comunial- la del otro sujeto. No hay sujeto sin otro, dado que «si deja de comunicarse, un ser aislado languidece, se consume y siente (oscuramente) que a solas no existe». [32] Este pasaje perfila con suficiente fidelidad la concepción batailleana de
«Yo me comunico sólo fuera de mí, dejándome llevar o arrojándome fuera. Pero fuera de mí no existo más. Tengo esta certeza: abandonando el ser en mí, buscándolo por fuera, corro el riesgo de arruinar -o destruir- aquello que es condición de la aparición misma de mi existencia externa, ese yo sin el cual nada de «aquello que es para mí» existiría. El ser en la tentación se halla, por así decir, triturado por la doble tenaza de
Ahora estamos en condiciones de comparar con más precisión la comunidad de Bataille con
Esta apertura es el lugar -ausente- de la comunidad: nuestro no-ser-nosotros. Nuestro ser algo distinto de nosotros. Pero, atención, distinto también del otro. Es el punto en que todo el discurso se desliza hacia su más antinómica conclusión, o absoluta inconclusividad: para que haya comunidad, no es suficiente que el yo se pierda en el otro. Si bastara esta única «alteración», el resultado sería un desdoblamiento del otro producido por la absorción del yo.
Hace falta, en cambio, que el desbordamiento del yo se determine al mismo tiempo también en el otro mediante un contagio metonímico que se comunica a todos los miembros de la comunidad y a la comunidad en su conjunto.
He aquí por qué, según Bataille, «la presencia del otro (...) se revela plenamente sólo si el otro, por su parte, se asoma también él al borde de su nada, o si cae en ella (si muere). La comunicación sólo se establece entre dos seres puestos en juego: desgarrados, suspendidos, inclinados ambos hacia su nada». [37] Es la última ruptura con Heidegger: si la comunidad no es reconocible en la experiencia de mi vida, no lo será tampoco en la de mi muerte, que, aunque inevitable, me es «inaccesible» [38] como la más imposible de mis posibilidades. Lo que me pone fuera de mí -en común- es más bien la muerte del otro. No porque se puede tener experiencia de esa más que de la propia, sino exactamente por el motivo contrario: porque no es posible. Es esa imposibilidad lo que compartimos como nuestra experiencia extrema. La experiencia de lo no experimentable:
«La muerte no enseña nada, porque muriendo perdemos el beneficio de la enseñanza que ofrece. Por cierto podemos reflexionar sobre la muerte de otros. Referir a nosotros mismos la impresión que nos provoca la muerte de los demás. Nos imaginamos a menudo en la situación de aquellos que vemos morir, pero justamente para poder hacerlo es condición que vivamos. La reflexión sobre la muerte es tanto más irrisoria por el hecho de que vivir siempre significa dispersar su atención, y podemos esforzamos cuanto queramos: si la muerte está en juego, es la mistificación más profunda». [39]
Es verdad, entonces, que la muerte del otro nos remite a nuestra muerte, pero no en el sentido de una identificación. Y menos aún de una reapropiación. La muerte del otro nos remite más bien al carácter inapropiable de toda muerte: de la mía como de la suya, dado que la muerte no es ni «mía» ni «suya» porque es la expropiación misma. Esto es lo que el hombre ve en los ojos abiertos del otro que muere: la soledad que no es posible atenuar, sólo compartir. El secreto impenetrable que nos acomuna como nuestro «por último»: «Quien me ha seguido ve que existe una oposición fundamental entre la comunicación débil, base de la sociedad profana (...) y la comunicación fuerte, que abandona a las conciencias que se reflejan la una en la otra, o las unas en las otras, a ese hecho impenetrable que es su «por último» (...) no podemos evitar la reaparición (aunque sea dolorosa, desgarradora) del instante en que se revela a las conciencias no obstante que se unen y se compenetran de una manera ilimitada, su mutua impenetrabilidad». [40]
3. Esta caracterización de la comunidad nos da la oportunidad para una recapitulación de conjunto del razonamiento que hemos desarrollado hasta aquí, con vistas a una posible -aunque provisoria- conclusión. ¿Cuál? Y ¿por qué justamente a través de Bataille? Porque nunca como en él se pone al desnudo esa oposición fundadora entre communitas e immunitas que ha constituido el carril hermenéutico del presente trabajo, a partir de la definición del paradigma hobbesiano. La alternativa categorial resultante podría llevarse hasta el punto de considerar justamente a Bataille el más radical anti-Hobbes. [41] Si desde el principio se ha señalado a Hobbes como el más consecuente sostenedor de una inmunización tendiente a garantizar la supervivencia individual; si con este fin -en nombre del miedo a la muerte- él no vaciló en teorizar la destrucción de toda comunidad existente que no coincida con el Estado, e incluso de la idea misma de comunidad humana; pues bien, Bataille constituye su más drástico opositor: contra la obsesión de una conservatio vitae llevada al extremo de sacrificar a ella todo otro bien, Bataille identifica la culminación de la vida en un exceso que constantemente la acerca al borde de la línea de
Por supuesto, en la base de esta contraposición paradigmática hay dos «metafísicas» igualmente divergentes: por una parte, para Hobbes, una concepción del hombre como ser naturalmente carencial y tendiente, por lo tanto, a compensar esta debilidad inicial con una prótesis, o protección, artificial: por otra parte, en Bataille, una teoría de la sobreabundancia energética, universal y específicamente humana, destinada al consumo improductivo y a la dilapidación ilimitada. Y también: por una parte, un orden gobernado por la ley de la necesidad y por el principio del miedo; por la otra, un desorden confiado al impulso del deseo y al vértigo del riesgo. Pero lo que más cuenta a los fines de nuestra reflexión es el resultado perfectamente divergente que este contraste de una y otra perspectiva determina en la esfera de las relaciones humanas. Las inspiradas en el modelo hobbesiano se limitan rígidamente a la «economía restringida»del contrato, mientras que Bataille se refiere a una «munificencia» depurada de cualquier residuo mercantil. Por esta razón el don por excelencia -sin motivación ni retribución- de la comunidad batailleana es el de
Para captar el sentido de esta superposición que acompañó a Bataille a lo largo de toda su obra, hay que remontarse a su particular lectura «antiheideggeriana» de Nietzsche: no como el filósofo de la voluntad de poder, sino como el del eterno retorno coincidente con una chance constantemente expuesta al riesgo de tornarse malchance. Para Bataille, Nietzsche, en contra de la entera tradición hobbesiana, fue el primer pensador que enseñó a no «quererse todo» y a no «quererse siempre». A «decidirse», principalmente respecto de uno mismo. A hacerse no-entero, sino parte, partición, partage con el otro que nos rodea y atraviesa. A damos sin reservas, ya que «una virtud que da es la virtud más noble». [46] Sobre todo si se hace el don de uno mismo. Si nos donamos «de por vida», de por muerte: «Esta es vuestra sed, convertiros vosotros mismos en víctimas y regalos». [47] Nietzsche se dirige aquí a «aquel que marcha hacia el ocaso (...) y celebra su encaminarse hacia la noche como su más elevada esperanza». [48] A aquel que empuja el meridiano del nihilismo más allá de sí mismo, al abismo en que, junto a todo fundamento, se hunde también la ausencia de fundamento. Al hombre que no retiene nada, con una «voluntad de pérdida» coincidente por completo con el no-saber de Bataille: «Hablo del discurso en el que el pensamiento llevado al límite del pensamiento exige el sacrificio, o la muerte, del pensamiento. Este es, en mi opinión, el sentido de la obra y de la vida de Nietzsche». [49]
No obstante, justamente en estas expresiones parece asomar una aporía que no se aviene del todo con el carácter productivamente antinómico de la escritura batailleana; una aporía que es incluso potencialmente capaz de arrastrarla a una solución inadecuada respecto de su constitutiva insolubilidad. Me refiero al tema del sacrificio, y en general de lo sagrado, [50] obsesivamente presente en toda la obra de Bataille como su irrenunciable doble fondo. Doble porque expresa a la vez su vector más innovador y su resultado más discutible. ¿No estaba acaso justamente el sacrificio en el centro de ese paradigma inmunitario de cuño hobbesiano, contra el cual siempre trabajó el «topo» de Bataille? ¿No arribaba ya ese paradigma a una destrucción sacrificial de la comunidad mediante el sacrificio forzado de cada uno de sus miembros? ¿Por qué entonces lo vuelve a presentar el «anti-Hobbes» como «la cuestión última» y «la clave de la existencia humana»? [51] Bataille responde que justamente esta nueva presentación constituye el único medio de derribar la lógica del sacrificio hobbesiano: no negándolo en una espiritualización que reproduciría, invariada, su dinámica [52] -como hicieron primero el cristianismo y luego el idealismo- sino volcándolo en su exterioridad desnuda. Asumiéndolo, así, no ya como el doloroso medio para la realización de una finalidad última -la de la supervivencia- sino como la finalidad misma despojada de toda instrumentalidad, y reducida por ende a un final. Final del sacrificio dialéctico -o de la dialéctica del sacrificio- [53] en un sacrificio «a pérdida» que pierde y se pierde sin ganar nada. He aquí por qué, en contra del sacrificio ascético «de una parte de sí que se pierde con vistas a la salvación de la otra», [54] Bataille afirma que «el acto mismo, en el sacrificio, concentra en sí el valor». [55] Esta configuración explícitamente antidialéctica - y no tanto el hecho de que «el sacrificador mismo recibe el golpe que asesta» - [56] hace que el sacrificio de Bataille se aparte de la intención reapropiativa que en la «renuncia a una finitud inmediata» [57] busca la garantía de una supervivencia infinita. Pero se aparta también del ritual compensatorio que, para salvar a la comunidad de la violencia originaria o mimética, [58] la traslada a un chivo expiatorio. El sacrificio, para Bataille, es lo contrario de todo ello: no es el puente necesario que conduce a un incremento material o espiritual, a una redención cualquiera, sino la «jubilosa» condición de estar en contacto directo con
Pero justamente aquí reside la dificultad a
Y ¿qué es una comunidad dispuesta para el sacrificio de sus miembros, como Numancia ante el ejército romano? [63] ¿Qué significa, en definitiva, considerar a «la muerte como objeto fundamental de la actividad común de los hombres»? [64] Bataille excluyó siempre de expresiones como estas el significado transitivo de una obra de muerte hacia el otro. Incluso escribió expresamente que «sacrificar no es matar, sino abandonar y dar». [65] Pero también escribió que «el sacrificio es el calor, donde se reencuentra la intimidad de quienes componen el sistema de las obras comunes»: [66] como testimonio de una contradicción de la que no supo salir a no ser mediante una opción demasiado proclive a aquello de lo que quería alejarse. Como si, una vez invertido el paradigma sacrificial hobbesiano, terminase de algún modo aferrado, tomado por él. O como si la circunferencia de su «comunidad de la muerte» resultase a su vez circunscripta por un círculo más amplio y más antiguo, como lo es el del sacrificio, en una superposición ambigua en la que no es fácil distinguir los distintos contornos. Los motivos de esta innegable tangencia se han analizado de vez en vez: un residuo de interioridad que quedó encastrado en la exteriorización de la «experiencia interior»; o -pero es lo mismo- un resto de subjetividad presupuesto en el compartir común; un escape de la trascendencia que cae en un exceso de inmanencia. O una inmanencia del vacío -¿qué otra cosa son la muerte común, la sangre y el polvo?- sustituida por la inmanencia de lo pleno, dado que también perderse puede reconstituir una totalidad: precisamente, aquella de
Excursus sobre Bataille
Ya hemos nombrado a Sartre a propósito de la errónea traducción francesa del Dasein heideggeriano como «realidad humana». Pero en la «comedia de las equivocaciones» a la que dio pie la primera difusión de la obra de Heidegger en Francia, [68] el humanismo sartreano desempeñó un papel incluso mayor, que se hace especialmente evidente en la «partida de tres» jugada con el mismo Bataille. Lo confirma el papel fundamental que tiene la referencia a Heidegger en el acidísimo compte rendu que Sartre dedica a la Experiencia interior. [69] Esa referencia está en el centro de la contienda más de lo que pudiera parecer a primera vista, a tal punto que causa la sensación de que no sólo Sartre no quiere conceder a Bataille una relación con el filósofo alemán, que reivindica para sí, [70] sino que justamente sobre la base de esa pretensión él construye su juicio crítico sobre Bataille. El error de Bataille -observa en primer término Sartre- «reside en creer que la filosofía contemporánea permanece contemplativa; evidentemente no ha entendido a Heidegger, del que habla con tanta frecuencia y siempre con tan poco tino». [71] ¿Pero cuál es la tergiversación de Heidegger que llevaría a Bataille al camino de la perdición filosófica? Sartre señala inmediatamente una suerte de exteriorización de la subjetividad que haría que Bataille entrase en contradicción con su intento de relatar su propia experiencia interior. Esa experiencia, en suma, no sería verdaderamente, o suficientemente, interior. Insuficiencia que Sartre atribuye a una actitud vanamente cientificista que conduciría a Bataille «a las antípodas de una Erlebnis del sujeto», [72] es decir, de una acabada reapropiación de su experiencia interior. Nuevamente está en juego la relación con Heidegger. Este -siempre según la interpretación, veremos cuán personal, de Sartre- entendía por Selbstheit un «retorno existencial hacia uno mismo, a partir del proyecto», [73] es decir, una intensificación de la conciencia sobre sí, mientras que Bataille vuelca al ipse a su exterior y lo entrega así a una alteridad que no puede asimilarse al sujeto. Es verdad -admite Sartre- que Bataille se remonta en cierto modo a
Pero donde verdaderamente arrecia el equívoco de Bataille sobre el filósofo alemán es, para Sartre, en su concepción de la comunidad. ¿Qué relación existe -se pregunta- entre la comunidad y la existencia de los hombres individuales? ¿Es la comunidad resultado del encuentro y la interrelación de varios sujetos individuales antes aislados, o es lo que los constituye originariamente en su realidad «común»? ¿Es el producto posterior o la deconstrucción anticipada de la subjetividad? Sartre, inscribiendo justamente a Bataille en la segunda de estas opciones, no puede esta vez evitar aproximar la idea batailleana de comunicación al Mitsein de Heidegger. Pero inmediatamente se apresura a interponer entre ambos una diferencia esencial, que consiste, una vez más, en el contraste entre interioridad y exterioridad, inmanencia y trascendencia, identidad y alteridad: Bataille, siempre bajo la influencia del presupuesto cientificista, mira a la comunidad desde el exterior de sí -lugar que para Sartre podría corresponder sólo a Dios- y por consiguiente la concibe como un conjunto de cosas, en vez de entidades subjetivas; Heidegger en cambio permanecería fiel a una mirada desde el interior de acuerdo con los parámetros del humanismo existencialista que Sartre sigue atribuyéndole. Y sólo desde este punto de vista, evidentemente, Sartre puede sentenciar que la comunidad batailleana, más que al Mitsein heideggeriano, está próxima a los «agregados» de los que habla la sociología francesa contemporánea que Bataille frecuentaba en ese «extraño y famoso College de Sociologie», [75] como se expresa Sartre con irónico distanciamiento.
El Mitsein -siempre según la reconstrucción o, por mejor decir, apropiación, sartreana- es de todos modos una comunidad de hombres autónomos justamente en tanto finitos, libres de decidir acerca de su destino sobre la base de sus proyectos específicos, mientras que Bataille se sitúa en el límite, sobre el límite, entre dentro y fuera, inmanencia y trascendencia, humanidad y no-humanidad. Su sujeto es a la vez autónomo y dependiente, uno y múltiple, él mismo y lo otro. Por ende, ya no es un verdadero sujeto en cuanto sujetado a fuerzas, instintos, pasiones que lo atraviesan y exceden. Queriendo ser todo, cae a merced de una nada que él no produce, se limita a padecer; un no-saber que desplaza y ridiculiza a su saber; un éxtasis «panteísta» que para Sartre es lo contrario de la auténtica experiencia interior: «La verdadera experiencia interior -concluye el crítico- está efectivamente en el extremo opuesto del panteísmo. Tras haberse reencontrado a través del cogito, el hombre ya no puede perderse: nada pueden ya el abismo o la noche, él está dondequiera consigo mismo (...) El hombre es inmanente a lo humano». [76] Así, el resultado del análisis -habría que decir: de la pericia- de Sartre está perfectamente en conformidad con el presupuesto del que partió. Lo que se debía demostrar está perfectamente demostrado: el fracaso de Bataille coincide con (y deriva de) la mala interpretación del filósofo -justamente Heidegger- del que el propio Sartre se considera el mejor intérprete todavía.
Habría bastado con esperar la Carta sobre el «humanismo» de Heidegger, en la cual este rechaza tajantemente todo parentesco con el existencialismo sartreano -y con anterioridad el tempestivo retroceso de Beaufret, [77] que incluso había caído inicialmente en el error de interpretar al sartrismo como la versión francesa de la analítica del Dasein- para darse cuenta de que las cosas no eran como Sartre suponía. Por lo demás, el propio Heidegger no había sido del todo ajeno al surgimiento del equívoco, dado que, probablemente para salir del aislamiento en que se encontraba en la inmediata posguerra, había escrito a Sartre que L'etre et le néant constituía «una comprensión inmediata» de su filosofía, «que nunca antes había encontrado», llegando incluso a admitir que concordaba con su crítica del «ser-con» y con su énfasis en el «ser-para-el-otro». [78] En realidad, justamente la crítica al Mitsein, al «ser-con», a favor de una concepción de la intersubjetividad centrada por completo en el «ser-para-el-otro», contenida en L'etre et le néant constituye una clara línea de demarcación entre ambos filósofos, a pesar, y desde el interior, del equívoco sartreano sobre el existencialismo de Heidegger. No sólo eso. Lo que más cuenta en este contexto es que, en contradicción con lo que afirma en Un nouveau mystique, esa línea de demarcación respecto de la ontología heideggeriana coincide en buena parte con la distancia sartreana respecto de Bataille, aunque este no merezca ni una explícita referencia. En suma: en Un nouveau mystique Sartre ataca a Bataille en nombre de Heidegger, y en L'etre et le néant dirige a Heidegger una serie de cuestionamientos no distintos de los dirigidos a Bataille.
Pero adentrémonos más en el núcleo de
Esta dimensión es justamente la de la comunidad, el Mitsein, el ser-con. N o es casual que sobre ella se concentre la polémica de Sartre en la tercera sección de L'etre et le néant. El ataque sartreano se desarrolla como un verdadero asedio lógico. Parte del reconocimiento de la originalidad del enfoque heideggeriano, para inmediatamente negar su legitimidad formal y sustancial. Heidegger supera a la vez el modelo psicologista de Husserl y el modelo historicista de Hegel, por cuanto el Mitsein no es producto del acercamiento de dos o más individuos, sino el presupuesto originario dentro del cual la noción de individualidad se altera de manera irreversible. Es exactamente esta alteración de la subjetividad lo que Sartre rechaza. Las motivaciones de ese rechazo son estrictamente lógicas. El error de Heidegger -afirma Sartre- consiste sustancialmente en un cambio de nivel, ilegítimo desde el punto de vista lógico, entre el plano óntico y el ontológico. Entre la esfera de la facticidad y la de la ley universal. Por una parte, Heidegger transforma algunos elementos empíricos de nuestra existencia en la estructura ontológica del ser-en-común. Por otra, confunde lo abstracto con lo concreto, el otro en general con el otro en particular. [81] Para Sartre, en suma, el «nosotros» es inalcanzable. Inalcanzable, por lo menos, partiendo de ese sujeto individual al que no puede renunciar, dados los presupuestos conciencialistas de su posición. El otro sólo es cognoscible como «no-yo», aquello que el yo esencialmente niega; el yo a su vez sólo es negación del otro, aquello que la subjetividad del otro debe negar a su vez para permanecer, para no hacerse objetivar por el yo y desaparecer así como otro. La relación sólo puede consistir en la negación recíproca. Sólo se puede concebir una experiencia del nosotros -del nosotros-sujeto y del nosotros-objeto- respecto de una exclusión: somos «nosotros» porque no somos los otros, así como los otros son «otros» porque no son nosotros. [82] Esto es lo que Sartre quiere decir cuando contrapone al Mitsein el cogito, a la comunidad la intersubjetividad, al «consigo» el «para-sí». En ningún punto se entrelazan, superponen o incluyen las experiencias individuales. Por el contrario: se enfrentan en una batalla recíproca. Por eso Sartre puede decir que «yo comprendo al otro (...) en un miedo que vive todas mis posibilidades como ambivalentes», [83] y que «el otro es la muerte escondida de mis posibilidades». [84] La realidad humana, en tanto enteramente inmanente a sí misma, está condenada a la trágica alternativa: o trascender al otro, o dejarse trascender por él. La conclusión de Sartre no se hace esperar: «La esencia de las relaciones entre las conciencias no es el Mitsein sino el conflicto». [85] En estas palabras -como también en todo el teatro sartreano- [86] resuena la imposibilidad de la comunidad que ni siquiera el «comunismo» de los años siguientes logrará desmentir, sino que incluso confirmará a contrario.
Como no nos es posible entrar en la valoración del gran fracaso comunitario de la Crítica de la razón dialéctica, ciñámonos al punto que nos interesa: lo que Sartre rechaza de Heidegger es precisamente lo que este tiene en común con Bataille. El mismo rechazo de Sartre los une. No es difícil reconocer el objeto de este rechazo en el proclamado antihumanismo de Heidegger y Bataille. Los textos de ambos que lo evidencian son demasiado conocidos como para tener que citarlos. Lo que más bien conviene destacar es que no se trata del mismo antihumanismo: como prueba adicional de esa convergencia paralela, de esa armonía discordante, que separa a Bataille y Heidegger con la misma línea que por otro lado los une. Tampoco en este caso es posible hacer una detallada reconstrucción de toda la línea de discordancia entre las dos críticas al humanismo. No obstante, se la podría resumir en la fórmula siguiente: en tanto el antihumanismo de Heidegger -como el propio filósofo lo expresó en el Brief- [87] supera a la antropología humanista «desde arriba», Bataille la voltea desde su borde inferior. La cuestión se evidencia en la relación que cada uno de ellos establece con respecto al animal, verdadero banco de pruebas de todos los antihumanismos. Desde la perspectiva rigurosamente antibiologista de Heidegger, el animal es lo más extraño al hombre, [88] más que la misma esencia divina, mientras que para Bataille el animal forma parte de nosotros como lo reprimido más íntimo: «El animal abre ante mí una profundidad que me atrae y me resulta familiar. Esta profundidad, en un sentido, la conozco: es la mía». [89]
Pero la correspondencia por contraste no termina aquí. Es sabido que para Heidegger la insuperable barrera de discontinuidad entre el hombre y este otro ser vivo «pobre de mundo» reside en nuestra capacidad de elaboración semántica: la mano que da, muestra y reza como nunca podrá la pata animal. La mano, por tanto, como vehículo privilegiado del munus que nos «acomuna». [90] Una vez más Bataille le da vuelta el argumento: lo que -contra todo logos originario- revelan las grutas de Lascaux es el entramado indisoluble de humanidad y animalidad producido precisamente por la mano civilizadora del hombre: en el dibujo en que se define nuestra superioridad de especie humana «el hombre dejó de ser animal dando una imagen poética del animal, no de sí mismo»; [91] incluso retratándose con una máscara animal. Lo que se ilumina en este texto es, ciertamente, un ulterior y extremo modo de romper la identidad del sujeto a través de su violento enraizamiento en ese animal que a un tiempo los hombres «amaban y mataban». [92] Pero también algo que, en esa contigüidad de amistad y muerte, remite a la communitas misma que nos constituye sin pertenecemos.
* Acerca de este término, véase el apartado 5 de Nada en común. (N.del T.)
[1] Por ejemplo, J.-P. Faye, «Bataille et Heidegger. Rapport au temps crueh>, en AA.VV., Georges Bataille et la pensée allemande, París, sin fecha, págs. 47-54.
[2] Sobre el Bataille «político» - «impolítico» cf. sobre todo F. Marmande, Georges Bataille politique, Lyon, 1985; R. Esposito, Categorie dell'impolitico,op. cit., págs. 245-312; J.-M. Besnier, La politique de l'impossible, París, 1988; M. Galletti, introducción y notas a G. Bataille, Contre-attaques, Roma, 1995.
[3] M. Blanchot, La comunita inconfessabile, op. cit., pág. 25.
[4] Véase el importante artículo de R. Comay, «Gift without presents: Economies of "experience" in Bataille and Heidegger.., Yale French Studies, n° 78, 1990, págs. 66-89.
[5] G. Bataille, Oeuvres Completes, op. cit., t. IV, 1971, pág. 365.
[6] Id., t. V, pág. 474.
[7] M. Heidegger, Zur Sache des Denkens, Tubinga, 1969 (tradición italiana Tempo ed essere, a cargo y con una amplia introducción de E. Mazzarella, Nápoles, 1980, pág. 165).
[8] M. Heidegger, In cammino verso illinguaggio, op. cit., págs. 112-3.
[9] G. Bataille, Théorie de la religion, en Oeuvres Complètes, op. cit., t. VII, 1973 (traducción italiana Teoría della religione, a cargo de P. Alberti, Bolonia, 1978, pág. 41).
[10] G. Bataille, La souveraineté, en Oeuvres Completes, op. cit., t. VIII, 1976 (traducción italiana La sovranità, a cargo de R. Esposito, Bolonia, 1990, pág. 41).
[11] G. Bataille, L'esperienza interiore, op. cit., pág. 287.
[12] Id., pág. 176.
[13] M. Blanchot, L'entretien infini, París, 1969 (traducción italiana L'infinito intrattenimento, Thrín, 1977, pág. 277). Sobre este Blanchot «batailleano» véase la monografía de F. Garritano, Sul neutro. Saggiosu Maurice Blanclwt, Florencia, 1992.
[14] G. Bataille, L'esperienza interiore, op. cit., pág. 34.
[15] G. Bataille, Oeuvres Completes, op. cit., t. XI, 1988, pág. 304.
[16] Cf. al respecto M. Jay, «Limites de l'expérience-limite: Bataille et Foucault», en AA.VV., Georges Bataille après tout, a cargo de D. Hollier, París, 1995, págs. 35-59
[17] M. Foucault, «Entretien (avec E. Trombadori)», en Dits et écrits 1954-1988, París, 1994, t. IV, pág. 43.
[18] Id.
[19] Cf. W. Benjamin, Erfahrung und Armut, en Gesammelte Schriften, Band. 11/1, Francfort del Meno, 1977 (traducción italiana en Methaphorein, n° 3,1977, págs. 12-6).
[20] M. Blanchot, L'infinito intrattenimento, op. cit., pág. 283.
[21] M. Heidegger, In cammino verso illinguaggio, op. cit., pág.
[22] M. Foucault, «Entretien (avec E. Trombadori)», op. cit., pág. 48.
[23] G. Bataille, L'esperienza interwre, op. cit., pág. 58.
[24] Cf. lo que refiere F. de Towarnicki en A la rencontre de Heidegger,París, 1993, pág. 71: Heidegger le había escrito que la traducción francesa de «Dasein» no podía ser ni «réalité humaine», ni «etre la», sino, en todo caso, «etre-le-la» (de l'existence).
[25] Cf. G. Bataille, Oeuvres Completes, op. cit., t. IV, pág. 365.
[26] G. Bataille, L'erotisme, en Oeuvres Completes, op. cit., t. X, 1987 (traducción italiana L'erotismo, Milán, 1972, pág. 272).
[27] G. Bataille, L'esperienza interiore, op. cit., pág. 108.
[28] cf. también B. Moroncini, «La comunitA impossibile», en VV.AA., I:ineguale umanità, Nápoles, 1991, págs. 56 y sigs.
[29] G. Bataille, L'esperienza interiore, op. cit., pág. 150.
[30] Id., pág. 37.
[31] Id., pág. 96.
[32] G. Bataille, Sur Nietzsche, en Oeuvres Completes, op. cit., t. VI, 1973 (traducción italiana Su Nietzsche, Milán, 1970, pág. 53).
[33] G. Bataille, Le coupable, en Oeuvres Completes, op. cit., t. V (traducción italiana Il colpevole, Bari, 1989, pág. 62).
[34] Cf. también R. Sasso, Le système du non-savoir, París, 1978"págs. 158 y sigs., y C. Grassi, Bataille sociologo della conoscenza, Roma, 1998.
[35] G. Bataille, Su Nietzsche, op. cit., págs. 53-4.
[36] Id., pág. 156.
[37] Id., pág. 51.
[38] G. Bataille, L'esperienza interiore, op. cit., pág. 122.
[39] G. Bataille, L'enseignement de la mort, en Oeuvres Completes, op. cit., t. VIII, pág. 199.
[40] G. Bataille, La littérature et le mal, en Oeuvres Completes, op. cit., t. IX, 1979 (traducción italiana La letteratura e il male, Milán, 1987, págs. 182-3).
[41] E. Pulcini contrapone también a Bataille al paradigma hobbesiano, en su introducción a la traducción de Notion de dépense (en Oeuvres Completes, op. cit., t. 1, 1970): Il dispendio, Roma, 1997, pág. 25.
[42] G. Bataille, «Le Collège de Sociologie», en Le College de Sociologie (1937-1939), a cargo de D. Hollier, París, 1979 (traducción italiana Il Collegio di Sociologia 1937-
[43] G. Bataille, Il colpevole, op. cit., pág. 88.
[44] G. Bataille, Su Nietzsche, op. cit., pág. 42.
[45] Id., pág. 41.
[46] F. Nietzsche, Cosí parló Zarathustra, op. cit., pág. 88.
[47] Id.
[48] Id., pág. 93.
[49] G. Bataille, La souranità, op. cit., págs. 207-8.
[50] Sobre lo «sagrado» en Bataille cf.
[51] G. Bataille, La limite de l'utile, en Oeuvres Completes, op. cit.,t. VII, págs. 263 y sigs.
[52] Es decisiva al respecto la deconstrucción de la dialéctica del sacrificio realizada por J.-L. Nancy en Un pensiero finito, op. cit., págs. 213-63.
[53] Cf. R. Money-Kyrle, The Meaning of Sacrifice, Londres, 1930 (traducción italiana Il significato del sacrificio, Turín, 1994, sobre todo págs. 155 y sigs.) también G. Gusdorf, L'expérience humaine du sacrifice, París, 1948, págs. 74-6.
[54] G. Bataille, L'esperienza interiore, op. cit., pág. 122.
[55] Id., pág. 212.
[56] Id., pág. 236.
[57] G. W. F. Hegel, Philosophie der Religion, en Werke, Berlín, vols. XI-XII, 1940 (traducción italiana Lezioni sulla filosofia della religione, Bolonia, 1973, vol. 1, pág. 299).
[58] Según las conocidas tesis de Girard, elaboradas a partir de La violenza e il sacro, op. cit.
[59] Cf. G. Bataille, La pratique de la joie devant la mort, en Oeuvres Completes, op. cit., t. I (traducción italiana La pratica della gioia dinanzi la morte, en La congiura sacra, op. cit., págs. 117-9).
[60] G. Bataille, Hegel, la mort et le sacrifice, en Oeuvres Completes, op. cit., t. XII, 1988 (traducción italiana Hegel, la morte e il sacrificio, en VV.AA., Bulla fine della storia, a cargo de M. Ciampa y F. Di Stefano, Nápoles, 1985, págs. 85-6).
[61] G. Bataille, Il colpevole, op. cit., pág. 64.
[62] G. Bataille, Hegel, la morte e il sacrificio, op. cit., pág. 83.
[63] G. Bataille, La congiura sacra, op. cit., págs. 84-5.
[64] Id., pág. 86.
[65] G. Bataille, Teoria della religione, op. cit., pág. 71.
[66] G. Bataille, La part maudite, en Oeuvres Completes, op. cit., t. VII, 1988 (traducción italiana La parte maledetta, a cargo de F. Rella, Turín, 1992, págs. 69).
[67] J.-L. Nancy, Un pensiero finito, op. cit., pág. 257.
[68] Véase la reconstrucción de F. Fédier en «Heidegger vu de France», en Regarder voir, París, 1995, dedicado casi por completo a J. Beaufret; también, en general, J. Wahl, Existence et transcendance, Neuchatel, 1944.
[69] J.-P. Sartre, «Un nouveau mystique», en Situations I, París, 1947 (traducción italiana «Un nuovo mistico», en Che cos'è la letteratura?, Milán, 1966).
[70] Véase el papel que Sartre se adjudica con respecto a la difusión de la obra de Heidegger en Francia en los Carnets de la drôle de guerre,París, 1995 (Carnet XI, págs. 403-9).
[71] J.-P. Sartre, «Un nuovo mistico», op. cit., pág. 253.
[72] Id., pág. 254.
[73] Id., pág. 255.
[74] Como Bataille le hará notar a Sartre en su respuesta en apéndice a Su Nietzsche, op. cit., págs. 183-9, y también en el debate que los enfrentó junto a J. Hyppolite, P. KIossowski y otros sobre el tema del pecado, publicado en Le Dieu Vivant, n° 4, 1945 (traducción italiana Dibattito sul peccato, a cargo de A. Covi, Milán, 1980, pág. 50).
[75] J.-P. Sartre, «Un nuovo mistico», op. cit., pág. 260.
[76] Id., págs. 275-6.
[77] La carta de noviembre de
[78] Cito de la carta que Heidegger escribió a Sartre en octubre de 1945, publicada por F. de Towarnicki en A la rencontre de Heidegger, op. cit., ahora traducida en la edición italiana de la Lettera sull'«umanisnw»,op. cit., págs. 109 y sigs. Véanse al respecto las precisiones de F. Volpi en su introducción al libro.
[79] J.-P. Sartre, L'etre et le néant, París, 1943 (traducción italiana L'essere e il nulla, Milán, 1975, págs. 117 y sigs.).
[80] Id., págs. 312 y sigs.
[81] Id., págs. 316-7.
[82] Un conciso análisis de la dialéctica sartreana de la «nada» en S. Givone, Storia del nulla, Roma-Bari, 1995, págs. 170-9.
[83] J.-P. Sartre, L'essere e il nulla, op. cit., pág. 335.
[84] Id.
[85] Id., pág. 521.
[86] Es también la tesis de Masullo en La comunita come fondamento,op. cit., págs. 345-466.
[87] M. Heidegger, Lettera sull'«umanismo», op. cit., págs. 55-6.
[88] Id., pág. 49.
[89] G. Bataille, Teoria della religione, op. cit., pág. 51.
[90] CC. J. Derrida, Geschlecht Il, París, 1987 (traducción italiana La mano di Heidegger, a cargo de M. Ferraris, Roma-Bari, 1991, págs. 31-79).
[91] G. Bataille, Le passage de l'animal a l'homme et la naissance de l'art, en Oeuvres Completes, op. cit., t. XII, pág. 262.
[92] Id., pág. 272.