UN MUNDO DE FUNAMBULOS
Alain Ehrenberg
Para complacerse en una droga hay que gustar de estar sujetado. Yo me sentía demasiado agobiado.
Henri Michaux
Los productos más o menos tóxicos agrupados bajo el rótulo de "droga" arrastran imaginarios de descomposición social y de decadencia física. Sin embargo, la realidad de las drogas no testimonia únicamente una disfunción social ni un malestar individual, y no se reduce al mero cara a cara entre un individuo y un producto al que dispositivos administrativos y técnicos cuidadosos podrían alguna vez eliminar. Si bien "la" droga, desde hace unos veinte años, es un flagelo social, "las" drogas, los productos psicotrópicos (drogas ilícitas, alcohol, medicamentos psicotrópicos) participan en ciertas relaciones con el mundo y en ciertos climas existenciales propios de nuestras sociedades de individuos cuyo paisaje quedará esbozado en el presente volumen. En consecuencia, la toxicomanía, término vago y suerte de depósito, no es sino una parte de un universo complejo y en movimiento. De allí el hilo conductor de este libro: explorar las dimensiones y las tensiones que trabajan los usos heterogéneos de productos múltiples.
Las drogas en la sensibilidad contemporánea
La tóxico dependencia, escribe aquí mismo Joâo Fatela, es "una de las figuras más enigmáticas de la condición moderna".[1] Este enigma se debe a que la cuestión de la droga se sitúa en el lugar geométrico donde convergen las tensiones de esta condición: el individuo soberano, libre e igual a todos los otros, que modifica su estado de conciencia usando su libertad. En este sentido, lo que se denomina drogas está en el corazón mismo de la sensibilidad contemporánea y tiene que ver con una interrogación acerca del funcionamiento de las sociedades democráticas. En las sociedades no modernas, las drogas pertenecen a las medicinas y a los ritos (ligados a un tiempo cíclico y a mitos), que permiten establecer relaciones con los dioses, con los muertos o revelar un destino. En las sociedades modernas, constituyen experiencias que producen y revelan simultáneamente los estilos de relaciones que el individuo mantiene consigo mismo y con el prójimo. Más precisamente, las sustancias que alteran los estados de conciencia y las percepciones mentales son prácticas de multiplicación artificial de la individualidad,[2] ya sea que inicien al conocimiento de otro mundo, aumenten las performances de cada uno, anestesien la angustia, favorezcan el intercambio social desinhibiendo o, a la inversa, desprendan del mundo común permitiendo encerrarse en sí mismo, en su refugio o infierno privado.
Este núcleo antropológico de los usos de drogas está atravesado por dos dimensiones que caracterizan la vida moderna. En primer lugar son respuestas técnicas, incluso industriales ‑a base de plantas, de extractos naturales y de alcaloides aislados, sintetizados químicamente‑ a las que Claude Lefort llama la indeterminación democrática, a saber el proceso que impulsa a cualquiera a inventar permanentemente su propia historia, a encontrar para sí mismo su lugar en la sociedad y su identidad de hombre en lugar de hacérselos dictar por los dioses, la naturaleza o el estatuto jerárquico. La democracia es una "forma de sociedad" que no descansa en otra cosa que en esta soberanía del individuo, en este enigma que consiste en fundarse libremente a sí mismo en el lazo igualitario con el prójimo; en construirse, como escribe Michaux, "en torno de una columna ausente".[3]
En segundo término, son un medio de manejar ciertos problemas planteados por el hecho de que seamos, en el sentido propio, civilizados, es decir que debemos controlarnos por nuestros propios medios para vivir en relaciones sociales pacificadas: ya no podemos arreglar nuestras cuentas nosotros mismos (por medio de la vendetta, el duelo, la venganza, etc.). Delegamos pues esta cuestión en aparatos jurídicos y administrativos; la protección de los débiles ya no depende de la buena voluntad de los príncipes sino de la ley, etcétera. Esta dinámica de pacificación pasa por la difusión de toda una serie de procedimientos que civilizan a unos y otros y mejoran las costumbres, suavizando las relaciones. Abre ampliamente el espacio de las civilidades y hace cada vez menos tolerables las violencias físicas. De allí el desplazamiento de las violencias externas al interior de la subjetividad. "En cierto sentido, escribe N. Elías, el campo de batalla se trasladó al fuero interno del hombre. Es allí donde tiene que agarrárselas con una parte de las tensiones y pasiones que hasta hace poco se exteriorizaban en el cuerpo a cuerpo en el que los hombres se afrontaban directamente. Las obligaciones pacíficas que sus relaciones con los otros ejercen sobre él [...] van acompañadas de molestias más o menos importantes, de rebeldías de una parte del hombre contra otra."[4] En este "proceso de civilización", las drogas son un artificio que permite a una subjetividad en guerra consigo misma poder vivir pacíficamente con el prójimo: una manera de aliviar el peso en el que nos transformamos para nosotros mismos en relaciones sociales que exigen, hoy cada vez más, que cada cual se funde y se controle a sí mismo. Por otro lado este control no hace desaparecer la violencia; la hace menos visible y renueva sus formas, como lo muestra Olivier Mongin, quien agrega algunos matices a la aproximación de Elías. La cuestión de las drogas hoy va acompañada de la aceleración de estas exigencias y de su extensión a todos los miembros de la sociedad, sea cual fuere su lugar en la jerarquía social.
Por consiguiente, los hombres de las sociedades modernas deben vivir como funámbulos sobre un hilo tejido de contradicciones, en equilibrio inestable, sobre el filo de la navaja. Las drogas les proporcionan los medios de dominar tensiones interiores que no son capaces de superar por sí mismos para poder vivir en sociedad.
¿Qué es entonces la droga? Un artificio para fabricar individuos, una química de la promoción de sí mismo. Radicaliza la primacía de la libertad individual que, en su vertiente puramente privada, comienza a caracterizar a las sociedades occidentales a partir del siglo XVIII. Dicho de otro modo, expresa las tensiones de la libertad moderna que se distribuye entre dos jalones: la independencia –la libertad ilimitada‑ y la autonomía ‑la capacidad para darse leyes de las que Alain Renaut examina las consecuencias políticas que se pueden extraer. La cuestión de la droga se ha construido como una interrogación acerca de los límites de la libertad y de la esfera privadas en la civilización democrática. Hay que insistir en este punto: este límite no es una cuestión de moral ‑en la actualidad la prédica es por demás invasora. Condiciona la posibilidad de vivir su propia vida consigo mismo, es decir con el prójimo. La esfera privada se torna un problema a partir del mismo momento en que encierra al sujeto en tal pasión por sí mismo que por ello mismo se vuelve invivible. Un mundo privado ilimitado, esto es lo que se llama el sufrimiento del toxicómano, ya se entregue a la heroína, al alcohol o a lo que fuere.
Si las sociedades occidentales han tratado este límite en términos de umbral para el alcohol, "la" droga se ha tornado progresivamente un problema de sociedad construyéndose históricamente como negatividad pura, como la parte maldita de las técnicas de multiplicación de la individualidad.
Alcohol, droga: el gran reparto
Si debe haber límites a la libre disposición de sí, límites sin los cuales sólo habría sociedad privada, es decir igualmente privada de espacio público, de espacio vivible, ¿por qué el alcohol y las drogas se negocian de modo diferente? ¿Por qué el uso de drogas plantea en sí dificultades mientras que, para el alcohol, sólo el abuso es un problema? ¿Por qué el consumo de drogas está asimilado a una toxicomanía mientras que la alcoholmanía no existe?
La droga se ha vuelto una realidad autónoma alrededor de la segunda mitad del siglo XIX a partir de una .doble ruptura. En primer lugar, se desprende del medicamento, conservando los lazos ambivalentes con él: ya no es más solamente un instrumento médico y comienza a percibirse y a describirse por sus atributos no terapéuticos. Es el nacimiento de esta enésima, manía que es la toxicomanía, con sus peligros de dependencia.[5] Luego, se distingue del modelo del alcohol, de la embriaguez alcohólica, haciendo así emerger ese gran reparto entre las sustancias psicoactivas socializadas y las que no lo son. Es en De Quincey (1822), como lo demuestra Georges Vigarello, donde se produce esta ruptura: sus descripciones de la influencia del opio ya no guardan relación con la experiencia y las sensaciones alcohólicas. Si bien las drogas son antropológicamente un medio de multiplicación de la individualidad, la droga deviene históricamente un conjunto de sensaciones específicas definido por una manía singular por productos tóxicos (o supuestamente tales). La definición de esta manía varía a tal punto que aún hoy los profesionales no están de acuerdo sobre su definición y a veces reconocen no saber verdaderamente en qué consiste. Lo que la caracteriza es que se la presenta globalmente como una negatividad pura, aun cuando sus peligros son menos importantes que los del alcohol.
El vino y el alcohol están profundamente inscriptos en el intercambio social en Occidente; siempre son medios de comunicación, de exteriorización, de un salir de sí, al contrario de la droga, siempre exhibida bajo el modo del repliegue sobre sí, de la huida a la irrealidad o del rechazo de la sociedad: el alcohol es un factor de sociabilidad mientras que ninguna droga puede serlo. Este reparto, que Véronique Nahoum‑Grappe examina aquí a través de los estereotipos opuestos del tomador alcohólico y del toxicómano, se instaura a partir de la primera mitad del siglo XIX Ya está presente en las primeras grandes reflexiones sobre las drogas. Así, por ejemplo, en Baudelaire, para quien el hachís es antisocial, mientras que el vino, escribe, es "profundamente humano, y casi me atrevo a decir hombre de acción".[6] Para Octavio Paz, "el alcohol nos transporta hacia el afuera, los alucinógenos nos vuelven a nosotros".[7] "El alcoholismo, agrega, es una infracción a las reglas sociales [..] que las confirma"[8], mientras que el consumo de drogas es una disidencia ‑Paz escribe este texto en los años sesenta. En su libro sobre Cassavetes, Thierry Jousse describe cómo funciona este juego cruzado de imágenes en el cine. Señala el carácter terrestre del alcohol por oposición al "mundo flotante y planeante" del LSD[9] En los cafés, las discotecas, los bares, "es en esos lugares donde el ser bascula, elige, se revela a sí mismo, [...] Beber, salir, de sí, exteriorizarse". Para Cassavetes, Chandler o Hammet, el alcohol es un camino hacia la "lucidez esencial".[10] El saber (siempre trágico por otro lado) que procura el alcohol no es el "conocimiento por los abismos" de las drogas, ese desposeimiento al que se enfrenta aquel que experimenta el acceso al infinito del adentro. El reparto culturalmente establecido diseña una frontera entre la entrada en sí y la salida de sí, entre un mundo puramente privado y un mundo privado abierto a lo público.
Designa asimismo otra linde, más social, entre sociabilidades convencionales y otras que no lo son, como las de la bohemia que describe Patrick Mignon en su travesía por la historia del jazz y de la música pop. Al respecto, la contracultura versión años sesenta no es sino el episodio más célebre de una historia que consagra "la democratización de la bohemia". Y es quizás un error atribuir a las drogas imaginarios que les serían propios pues toman rasgos culturales que preexisten fuera de ellas, así como lo sugiere Pierre‑Yves Pétillon a propósito de Timothy Leary y de William Burroughs: el ácido de Leary reactualiza una cartografía norteamericana perfectamente trivial‑es más ese "patriota norteamericano" próximo de un Billy Graham que el visionario cuya imagen se atribuye mientras que la heroína de Burroughs aúna "todos los ciclos infernales propios a la condición humana" explorados separadamente por numerosos autores clásicos norteamericanos.
Por lo tanto, la existencia de especificidades sociales, psicológicas o imaginarias de las drogas no es evidente. No obstante, consumir droga, cualquier droga, está considerado como un mal en sí mientras que la imagen del alcohol está hecha de umbrales y de distinciones entre el bien beber y el mal beber. ¿Acaso para los cargadores de Le Havre ‑la población más alcoholizada de Francia‑ tomar en el café, emborracharse en el espacio público, no es, hasta comienzos de los años sesenta, "el soporte de pertenencia a la comunidad de los hombres de trabajo, de su cohesión"?[11]. La noción de enfermedad alcohólica en el sentido médico no tiene sentido alguno en esta comunidad pues el alcohol es "un modo de intercambio, de comunicación y de conocimientos propios a aquellos que no tienen acceso ni a la educación ni a la palabra".[12] El borracho no es aquel que consume demasiado, abusa de la bebida, sino aquel que se alcoholiza solo, no se pliega a los ritos ni a las normas colectivos y termina por excluirse del grupo antes de conocer la decadencia física. No es la desmesura lo que cuenta, sino la situación de consumo; no es el producto lo que importa, sino la relación social en la cual se inscribe. En suma, el borracho es aquel que, buscando la embriaguez en el lazo social, se droga con alcohol. El mal beber es la toxicomanía de los alcohólicos. Así como el gran fumador solitario de cannabis que también busca cotidianamente la embriaguez sin los otros, es un alcohólico del hachís.
Si el alcohólico hace sociales consigo mismo, tal como escribe V. Nahoum‑Grappe, el drogado haría fusión consigo mismo. Este reparto distingue dos modos de encarar la articulación entre lo público y lo privado. El alcohol es una patología cuando, en razón de su consumo excesivo, constituye un peligro para el prójimo o para sí, mientras que las drogas ilícitas se presentan como un peligro sin que se las jerarquice desde el punto de vista de la dependencia y de la tolerancia. El exceso supone definir lo conveniente; el ilícito, en cambio, excluye toda distinción: la primera toma ya es el primer paso en el engranaje toxicomaníaco. Esta representación explica por qué la ley del 31 de diciembre de 1970 reprime el uso de drogas incluso en privado o lo combina con un tratamiento médico‑psicológico, sea cual fuere la intensidad del consumo.
Esta diferencia de tratamiento es menos asunto de producto que de institución, de toxicología que de cultura: el alcohol tiene su lugar en el espacio público, mientras que las drogas no lo tienen. El alcohol es, por esta razón, una práctica de alteración de la conciencia que, lejos de eliminar a priori al otro, empuja hacia el intercambio con él, mientras que la droga no haría sino extender la esfera privada del mundo hacia sí. ¿Hay que recordar en qué medida los momentos y los lugares donde se puede, incluso donde se debe beber, son múltiples, están entremezclados con los hilos de la sociabilidad? Cafés, bares o discotecas, comidas o aperitivos tomados en común, vino de honor, brindis por los cumpleaños y aniversarios o las despedidas de los colegios. El alcohol está tan bien anclado en numerosos ritos que muchas veces estos lugares sociales están marcados por un alcoholismo invisible y muy a menudo denegado.
A la espera de que alguna historia cruzada de las drogas y el alcohol precise las condiciones de este reparto entre las sustancias que corresponden a una negatividad y las otras, es forzoso comprobar que las sociedades occidentales solamente han elegido sus conductas de adicción privilegiadas. Aquellas que tienen que ver con la zona oscura han sido designadas bajo la denominación de toxicomanía. [13] Asimismo, los estragos del alcohol, que funciona como una droga entre los indígenas de América del Norte o en las poblaciones africanas por ejemplo, están gobernados por otras posturas antropológicas.
El confort, la disciplina y la doble experiencia de lo ilimitado
Cuando se abandona el terreno de las representaciones para interesarse aunque más no sea un poco en las prácticas, las drogas ya no se reducen solamente a esta negatividad. Si bien la toxicomanía en el sentido propio es la experiencia de la superación ilimitada de sí en un mundo para sí, sin el prójimo, la figura del toxicómano no resume el uso de las drogas.
Así, la droga forma parte de las técnicas para obtener un confort interior y expresa la preocupación propiamente moderna de tomarse a cargo. Pierre Pachet analiza aquí mismo, a través de tres grandes experimentadores, Coleridge, De Quincey y Baudelaire, el nacimiento del cuidado de sí. La droga, escribe, es un "paraíso portátil", y, porque es portátil, está ligada a los fenómenos de consumo individual[14] y de automedicación cuya importancia no se puede destacar demasiado en las prácticas contemporáneas de salud y bienestar.
Esta preocupación debe relacionarse con el tema de la ausencia de esfuerzo que está socialmente asimilada a una patología de la voluntad y a una huida frente a la realidad ‑ese formidable lugar común del discurso sobre la droga, como de todo aquello que se le asimila, la televisión, la cultura de masas, etcétera. Al describir la composición de uno de sus poemas, Coleridge dice que las imágenes se agolpaban "without any sensation or consciousness of effort".[15] La droga aporta la gracia sin el mérito, afirma justamente O. Paz. ¿Es por ello que se la considera como un infierno merecido?
Inversamente, las drogas también son una disciplina. Cocteau lo notaba a propósito del opio[16] y numerosas investigaciones sociológicas y etnológicas norteamericanas sobre la heroína lo confirman. Robert Castel y Anne Coppel demuestran que las situaciones más dramáticas, las que corresponden al estereotipo del toxicómano totalmente desocializado, caracterizan a una población restringida. Pues la toxicomanía es frecuentemente un pasaje y los drogadictos autocontrolan a menudo sus consumos, o navegan entre fases de dependencia completa y de corte. Por otra parte una buena parte de ellos sale sola ‑el caso de los GI's norteamericanos, que abandonan la heroína cambiando de modo de vida a su regreso de la guerra de Vietnam, es, desde este punto de vista, ejemplar. Por consiguiente, la etiqueta "toxicómano" designa a aquellos que no se controlan más no controlando más su consumo, a aquellos que han llegado a esa situación en que la necesidad se torna monstruo, como dice W. Burroughs en el Festín desnudo.
Como en el caso de los medicamentos y del alcohol, existe en consecuencia una serie de usos y de consumos moderados de drogas ilícitas, inclusive de drogas duras. El uso excesivo nos remite a la cuestión de lo ilimitado, es decir a la salida de lo social, a esa pasión extrema que describen Jacques Hassoun y Olivier Mongin. Pero esta salida es doble y ambivalente. Para algunos, la droga es conocimiento, experiencia positiva; se sostiene en un ejercicio del saber, cuya proximidad con la mística y las prácticas de ascesis ha sido descripta muchas veces. "Michaux puede decir, escribe O. Paz al respecto, he franqueado los límites de mi vida para entrever la vida." [17]Tanto la droga como la mística inician al conocimiento de otro mundo, mundo infinito que es el espacio en el adentro. Como el arte, que hace ver otras realidades, como el cine, que, al contrario de la publicidad y de los videoclips musicales, filma, ‑a veces lo invisible (véanse los textos de Vincent Amiel y Thierry Jousse), las drogas son medios de conocer y de pensar. Observemos que sobre todo son los alucinógenos (la mezcalina para Michaux, el hachís para Baudelaire) los que componen los soportes de este conocimiento. Para toda una tradición literaria, desde De Quincey a Michaux pasando por Paz, las drogas consisten en una experiencia y un conocimiento de los límites por medio de la confrontación con el infinito. Se observará, por otra parte, que los promotores de los movimientos místicos y esotéricos contemporáneos en Francia a menudo han pasado por la contracultura y la experiencia psicodélica de las drogas.[18]
El punto de insistencia de la interrogación sobre las drogas no es la confrontación con el infinito como experiencia de saber, sino la superación sin límite y permanente de sí, la tentativa ilusoria de ser más que sí mismo en el proyecto irrealizable de evadirse totalmente de sí. Baudelaire evocaba al respecto un "espantoso matrimonio del hombre consigo mismo". En este sentido, la droga, ya sea medicamento, alcohol o "droga", lleva al extremo el ideal o, más bien, el fantasma individualista de la libertad sin límites: la toxicomanía es su realización en su imposibilidad misma. Es la forma que tomaría una sociedad puramente privada compuesta de individuos totalmente independientes, una sociedad invivible para los individuos. La droga, para nosotros los occidentales, es la expresión simbólica de esta forma. Pero esta sociedad de pesadilla sobre todo es imaginaria pues el riesgo de desestructuración social y psíquica completa está limitado por numerosos mecanismos de autorregulación. El fracaso repetido de la represión penal, que no ha impedido la difusión de las drogas, debería, paradójicamente, tranquilizar, tanto más cuanto que la libertad controlada de beber no ha transformado a los occidentales en alcohólicos.
1980‑19... : estallido de la noción de drogas
Hasta fines de los años cincuenta, la droga es un fenómeno relativamente bien controlado, sobre todo porque concierne a poblaciones limitadas (médicos, colonos o ex colonos, medios literarios o artísticos). Luego conoce un auge cuantitativo impresionante y es objeto de una atención tan sostenida. que se torna un flagelo social, así como el alcoholismo en el siglo XIX. "La toxicomanía, escribía en
Se sabe que la irrupción de la droga de masas en Occidente en los años sesenta es ante todo la expresión de un cambio en la sensibilidad colectiva: sus ideólogos tratan de explorar las conciencias y de luchar contra la sociedad burocrática, capitalista, uniformante y convencional. La droga es una rebelión y una búsqueda de otras maneras de vivir (es la era del viaje) que rompen con las de la sociedad "normal". Su soporte técnico es el LSD y el cannabis, y el soporte social es la juventud. Es asunto de disidencia, de clase, de edad y de utopía en sociedades asentadas en la abundancia. Un poco más tarde, la heroína hace su aparición y se difunde, sobre todo entre los jóvenes de las clases populares, de la mano del decrecimiento del izquierdismo y de los movimientos sociales. Es el momento del flagelo social y de la huida ante la realidad que simboliza la imagen del gran toxicómano, a la vez figura de la decadencia y de la desocialización. Poco a poco, la droga se difunde en los medios sociales diversificados. Hoy, el cannabis se ha banalizado, la heroína se ha estabilizado, mientras que el uso de la cocaína ‑droga de los "que están en onda" y de los ricos‑ ya no es objeto de una verdadera represión como tampoco de una descalificación patológica‑los centros especializados acogen esencialmente a los consumidores de heroína. La referencia de las prácticas represivas y médicas, ¿es menos el producto y su peligrosidad para la salud del individuo que la seguridad? La línea divisoria (¿la discriminación?), ¿no tiende a distinguir entre las poblaciones de riesgo (las "nuevas" clases peligrosas de las ciudades) y las capas sociales bien integradas, que pueden, en cambio, hundirse sin riesgo, si no para ellas mismas, al menos para el orden público?
Más allá de estas comprobaciones, el fenómeno principal, iniciado a partir de mediados de los años ochenta, es la extensión y la disolución simultánea de la noción de droga. A las fronteras claras entre drogas, medicamentos y alcoholes (y poco importa si fueran falsas) las sustituye una nebulosa que invita a repensar las drogas.
Si se exceptúa la irrupción del sida (la seropositividad alcanzaría el 25% de los heroinómanos), que empuja la toxicomanía a la heroína hacia un fondo recóndito inimaginable hace diez años, varios hechos van en este sentido: el desarrollo de las politoxicomanías, que borra de hecho las fronteras entre productos, la nueva legislación sobre el alcohol y el tabaco reconocidos como flagelos sociales para la salud pública, votada en función del criterio de protección de la juventud, a la que hay que disuadir de adoptar comportamientos contrarios a la salud. Si bien es cierto que los expertos reconocen que el consumo de alcohol no equivale al alcoholismo, el problema se plantea de un modo muy diferente para el tabaco que accede ‑o retrocede‑ al estatuto de droga lícita. Las campañas antitabaco y los argumentos presentados, ¿tratan de transformar a los no fumadores en militantes y preconizan "la inculcación sistemática del desprecio ("pobre diablo") y de la reprobación sobre poblaciones de fumadores"?[21] La política del tabaco se distingue de la de las drogas ilícitas en el sentido de que no apela a la prohibición sino que se acercaría a ésta al estigmatizar a los fumadores con los riesgos de discriminación que esto puede entrañar. En fin, si bien el fumador no se vuelve un delincuente, la tonalidad de la política de prevención corre el riesgo de hacer de él un enfermo, con el mismo rango que el "drogadicto". En el momento de los debates sobre la ley del 10 de enero de 1991, concerniente a la publicidad sobre el alcohol y el tabaco, numerosos comentadores temían ver un "nuevo orden moral" instalarse en Francia.
La entrada de los medicamentos psicotrópicos en la epidemiología de la droga, sobre la cual querría insistir, acentúala interferencia de las categorizaciones. El informe de M. Pelletier ya se preocupaba por ello en 1978.[22] El de C. Trautmann comprueba hoy que cuestionan la distinción entre drogas lícitas e ilícitas. La prensa y numerosos expertos hablan de toxicomanía a los medicamentos, pero ésta no se caracteriza, a diferencia de la heroinomanía, por la desocialización y la decadencia. Por lo contrario, son drogas de performance y de socialización que ayudan al individuo a sobrevivir en una sociedad que ha visto desmoronarse en algunos años las instituciones colectivas sobre las cuales se apoyaba la regulación de las relaciones sociales. Sirven para que los individuos se autoasistan a fin de sostener relaciones sociales que exigen cada vez más responsabilidad y visibilidad personales.[23] Los debates sobre medicamentos psicotrópicos son reveladores de la presión psíquica, de lo que se ha llamado más arriba las exigencias de autocontrol, que se ejercen a lo largo de la escala social sobre cualquiera de nosotros, aun sobre el más excluido, en el momento en que los lugares institucionales que se hacían cargo del malestar social están en crisis. Si bien los medicamentos psicotrópicos son una droga, ya no sólo se encuentran en la periferia de lo social: Esto significa que la droga se extiende por todas partes, pero sin arrastrar los miedos de las drogas ilícitas. Droga más socializada y menos peligrosa que la heroína, en absoluto acompañada de los fenómenos de violencia, de delincuencia y de inseguridad que la caracterizan. Prolongan de alguna manera en la vida normal, a través del tema del bienestar psicológico, el movimiento de socialización de las drogas inducidas por la contracultura que había tratado de legitimarlas en la ilegalidad. Si el cannabis y el LSD estaban asociados al rechazo del trabajo y a la disidencia política, los medicamentos psicotrópicos son medios artificiales de aceptar las obligaciones sociales para trabajar y administrar mejor las relaciones con el prójimo. Claude Le Pen recuerda, por otra parte, que los tranquilizantes se utilizan ampliamente en los asilos y prisiones. Este uso se acerca al de la heroína, respecto de la cual Jean‑François Solal subraya que hoy está más próxima de una automedicación para anestesiar la angustia que de la búsqueda del "flash". Si esta tendencia fuera confirmada por las investigaciones, ¿habría que ver en este uso una suerte de socialización de la heroína, cuyo empleo relativamente controlado permitiría trabajar y dar la imagen de una vida normal?
Las transformaciones recientes y rápidas de la sociedad francesa acentúan esta preocupación de multiplicar el individualismo en su vertiente socializada: declinación de las solidaridades instituidas como el sentimiento de pertenencia de clase, retroceso de las pasiones ideológicas, promoción del actor individual a través del tema del éxito social y de la valorización de la empresa, progresión de la conciencia corporal, con las técnicas de mantenimiento o adelgazamiento que permiten obtener belleza, salud y prolongación de la juventud, etcétera.[24] Esta preocupación es tanto más pregnante cuanto que la vida política no promete muchas mediaciones para salir de su refugio privado y habitar el mundo común; para evitar que cada cual se remita a sí mismo y a su campo de batalla interior. Optimizar su autonomía individual, desarrollar su potencial propio, mejorar su apariencia física: todas estas normas empujan a acentuar los controles que el individuo debe ejercer sobre él mismo para tener una (¿verdadera?) vida social, profesional y afectiva. Controles en cuya ausencia corre el riesgo de ser estigmatizado o excluido por su peso, su envejecimiento precoz o sus insuficientes capacidades de adaptación a la empresa. Cuantas más presiones ejercen estos autocontroles, más favorecen la extensión de técnicas de modificación, artificiales o no, de los cuerpos como de los estados de conciencia: cuerpos modificados por el deporte, regímenes, cirugía estética o anorexígenos; percepciones mentales alteradas por productos euforizantes, tranquilizantes, estimulantes, por una oferta cada vez más diversificada de sustancias de todo tipo que prometen, según la publicidad, encontrar muy rápidamente la voluntad de emprender ("Survector", un antidepresor) o la serenidad ("Tiapridal", un neuroléptico). ¿Habríamos alcanzado por fin verdaderamente la sociedad de consumo cuando ya la creíamos detrás de nosotros?
Estas transformaciones enturbian la significación tradicional de las drogas ilícitas: el tema de la fuga hacia la irrealidad daría menos cuenta de la situación actual de las drogas que el del dopamiento por medio del deporte, es decir el uso de sustancias que permiten resistir mejor, física y psicológicamente, a los requerimientos sociales pesados. Los consumos de drogas aparecen cada vez más como una nebulosa multifuncional que se distribuye entre los dos polos del confort o del bienestar psicológico y de la estimulación de las performances individuales.
Si las significaciones del uso de las drogas se multiplican y las fronteras entre productos tienden a esfumarse, ¿la noción de la droga no se torna inasequible? Si no se limita a los productos
verdaderamente peligrosos, ¿cuáles son los fundamentos de una política de las drogas? El estallido de la noción de droga es sin duda menos el índice de un estrechamiento generalizado de las diferencias entre las sustancias psicoactivas que el signo de una reorganización de los criterios de clasificación y de juicio social. Es en referencia a estos criterios, fundándolos en función de objetivos precisos, que debería llevarse adelante un debate político sobre las drogas. En ausencia de tal reflexión, el enturbiamiento de las conductas de adicción no puede más que acentuarse.[25]
Elementos para un debate político
En el momento en que la noción de droga tiende a disolverse y el discurso tradicional sobre las drogas ilícitas se extiende al alcohol, y sobre todo al tabaco y a los medicamentos psicotrópicos, acrecentando así la confusión reinante, la referencia a la toxicomanía y al prohibicionismo para estos productos debe utilizarse a ciencia cierta: al estallido de la noción de drogas debe corresponder una voluntad de diferenciar los problemas y de aquilatar las consecuencias de las elecciones operadas. Para el alcohol y el tabaco, que son sustancias psicoactivas socializadas, el peligro es el de un higienismo servil; tienen que ver exclusivamente con una política de salud pública cuyo objetivo es la limitación de los abusos. Para los medicamentos, cualesquiera sean los abusos y malos usos, la política debe sacar las consecuencias del peligro mayor que la prohibición es capaz de entrañar: el desplazamiento de los consumos hacia productos más peligrosos, como el alcohol.[26]
Para las drogas ilícitas, cuyas dificultades son otras (problemas de seguridad, opinión pública muy sensibilizada, marco prohibicionista fijado por las convenciones internacionales, etc.), ¿cómo plantear los fundamentos de una reflexión política que verdaderamente tome en cuenta la vida cotidiana?
De los análisis reunidos en el presente volumen no pretendemos extraer una política que aleccionaría (¿en nombre de quién?) a todo el mundo[27], sino reflexionar sobre las condiciones y las posturas de un debate acerca de las drogas. La ausencia de debate en torno de este tema en Francia sin duda forma parte de la erosión de la vida política, pero tiene razones propias: la droga es el tema pasional por excelencia, en el cual se hunden los grandes arrebatos por la seguridad social. Por consiguiente, resulta muy dificultoso debatir acerca de ello contradictoriamente, condición necesaria de un discurso racional. Del universo complejo de las drogas, sólo se retiene su imagen común, su figura extrema y vaporosa: "el" toxicómano, figura tanto más dramática cuanto que es el terreno privilegiado de la difusión del sida. El discurso obligado sobre la droga está enterrado en el tema del flagelo (la droga es la encarnación de la desagregación de lo social). Es coherente con las expectativas del sentido común que se refuerce en un círculo vicioso. De allí la pregnancia del discurso moral (aquí como en otros sujetos políticos) que es solidario de aquél. La dupla flagelo‑moral tranquiliza a buen precio a los franceses que viven lejos de la droga, liberándolos de todo llamado a cualquier responsabilidad individual, mientras que aquellos que residen en su entorno (en o cerca de zonas de exclusión social) comprueban la impotencia de los poderes públicos. Esta situación tiene por efecto reforzar el sentimiento de inseguridad y las tendencias populistas de la sociedad francesa, cuyo Frente Nacional es la expresión en el sistema político y el Patriarca en el de las drogas. En cuanto a los consumidores de drogas, son tratados desde la patología mental o la culpabilidad penal. No es seguro que esta estigmatización sea provechosa para ellos, pues contribuye a su no‑integración a la sociedad y refuerza la fascinación por la droga. Así se acumulan todos los inconvenientes.
Por lo tanto la dificultad de un debate se debe al miedo ‑justificado‑ de chocar con la opinión pública y de entrar en la jaula de las fieras del reflejo de la seguridad social, pero simultáneamente, esta ausencia es un caldo de cultivo. En cambio, sus ventajas políticas son nítidas: obliga a interesarse en los hechos y a producir argumentos fundados. Podría permitir clarificar los fundamentos de una política de la droga, precisar sus objetivos y evaluar las consecuencias de las elecciones operadas. El objetivo político es fácil de enunciar: tratar a los toxicómanos como ciudadanos normales y a la opinión pública como adulta responsable. Es posible que algunos encuentren ingenua tal proposición. Sin embargo, haría posible la salida del confusionismo ambiente pues tiene el beneficio de una superioridad: producir consenso en lugar de suponer su existencia. Por otra parte, las condiciones de tal debate pueden reunirse conjuntamente pese a las apariencias contrarias.
Dos ejemplos pueden servir para definir las condiciones de un debate sobre las drogas: primero, el derecho, porque concierne a la cuestión de la norma y la de la justicia, y porque la institución judicial es objeto de una sobreinvestidura en el dominio de la droga; luego, el mal conocimiento de las realidades de la droga, que no permite fundar las elecciones y explicarlas a la opinión.
El debate sobre el derecho no es el que opone liberalización y represión, prohibición y abolición por tres razones. Primero, la limitación del debate a esta oposición necesariamente tiene por efecto alentar el reflejo de la seguridad social que no necesita demasiados nuevos... estimulantes. Luego, los argumentos que desarrollan las partes en presencia son "indecidibles" (la liberalización favorece la disminución de los consumos / la liberalización favorece el aumento de los consumos). Finalmente, porque la hipótesis represiva en materia de uso no es ilegítima, es limitada, tal como lo demuestran R. Castel y A. Coppel, e injusta, pues afecta sobre todo a las clases populares.
En cambio, es necesaria una clarificación del rol de la ley y del lugar de la justicia. Si, como lo señala Dominique Charvet, la ley "pone límites a la autonomía de la voluntad que no puede consentir a su propia destrucción", la tarea de los jueces, que es hacer derecho y aplicar la ley, se vuelve particularmente delicada en razón del estatuto jurídico de los consumidores de drogas: delincuentes que son su propia víctima y que la justicia debe enviar a curarse para no encarcelarlos. La legitimidad de un modelo predominantemente penal se apoya ante todo en la posibilidad de depurarse sobre el modelo médico. De allí la tendencia de los jueces a salir de su rol para comportarse como "trabajadores sociales" (D. Charvet). La despenalización de hecho del uso, oficializada por una circular del Ministerio de Justicia en 1984 sobre el usuario traficante, es un progreso, pero no cambia en nada el estatuto del enfermo.
Además, comparada con la situación jurídica del alcohólico, la del toxicómano es perfectamente estigmatizante: es un delincuente, cuando sólo es peligroso para él mismo, mientras que el alcohólico está más alcanzado por una lógica médica o de defensa social solamente cuando es peligroso para el prójimo. Fuera de estas situaciones, queda libre para disponer de él mismo. Es como si en el alcohólico se presupusiera un mínimo de autonomía, por ejemplo una capacidad de pedir cuidados de los que el toxicómano estaría despojado, lo cual no está de ninguna manera fundamentado por las investigaciones clínicas o sociológicas. La pluralidad de las lógicas del derecho, descripta por Mireille Delmas‑Marty, hace difícil precisar, tanto para los jueces como para los ciudadanos, las razones, los límites y el rol del derecho.
Numerosos juristas y comentadores están de acuerdo con la necesidad de desembarazarse de los deslizamientos sistemáticos de la enfermedad a la delincuencia y con la función referencial que debe jugar la ley para favorecer la responsabilidad más que la culpabilidad. Pero las dificultades comienzan en este estadio. Antoine Garapon demuestra que lo judicial tiene por representación implícita de la toxicomanía el mito de Fausto, es decir el pacto con el diablo. Y le cuesta mucho desembarazarse de él. Para salir de la alternativa represión ineficaz/descalificación patológica, el derecho no está no obstante desguarnecido, como lo señala también A. Garapon. En primer lugar, los jueces pueden considerar a la persona de un modo dinámico, en su situación concreta, y pensar la droga como una crisis pasajera: el sujeto de derecho no es entonces un postulado de partida (que tiene la desventaja de encerrar al toxicómano en su imposibilidad de ser sujeto), sino un objetivo que consiste en buscar la justa distancia. Luego, los modos de intervención judicial están diversificados: a la justicia impuesta se le puede añadir una justicia negociada que proponga sistemáticamente medidas no coercitivas. Al tratar al toxicómano como a una persona, los jueces pueden aplicar la ley sin imponer una pena. D. Charvet, M. Delmas‑Marty y A. Garapon concuerdan para decir que no se puede pedirle todo a la institución judicial. Debe limitarse a su función de hacer derecho comprometiendo lo menos posible la reinserción de los justiciables: es bajo esta condición como puede cumplir su rol. Por ende, los debates sobre la justicia se sitúan más en el nivel del tratamiento del justiciable que en el de la regulación de los problemas de drogas. Esta tiene que ver con las elecciones políticas y, para ser eficaz, debe partir de las realidades de la droga.
Las drogas constituyen un universo mal conocido que no se reduce, nunca lo repetiremos lo suficiente, a la mera toxicomanía. Un mejor conocimiento de los fenómenos heterogéneos que se denomina droga contribuiría a aclarar los criterios de la elección política y a fundarlos mejor. C. Trautmann le dice muy claramente: "Una parte del problema radica en ello: la ausencia de retroceso y de teorización seria frente a la cuestión de la toxicomanía a menudo nos hace prisioneros del discurso de los políticos, de las corporaciones, de los medios o del hombre común."[28]
En la actualidad, lo esencial de nuestro saber se basa en la observación de los sujetos encarcelados o en terapia. Disponemos de muy pocas observaciones sobre los usos y los modos de vida de los consumidores de drogas ilícitas porque la mayoría de ellos no encontró una institución de cuidado ni ha sido encomendada a las autoridades judiciales. Un número desconocido de toxicómanos se las arregla sin pasar por las asociaciones que intervienen en el tratamiento o los servicios especializados de los hospitales. Nada sabemos sobre las condiciones de estas curas "espontáneas" que no han sido estudiadas, al menos en Francia.[29] Sin embargo, permitirían proveer pistas para la investigación y medios de acción para la prevención rompiendo la imagen demasiado unilineal del desecho social que pesa sobre los consumidores de drogas. Los datos proporcionados por las encuestas epidemiológicas suministran indicaciones sobre los consumos de todos los productos psicotrópicos, pero se reducen a las correlaciones estadísticas, no están interpretados sociológicamente y no indican nada sobre las diversas relaciones que la gente mantiene con sus productos, sobre la significación que revisten para ella y para su modo de vida.[30] Políticas de prevención apoyadas en un conocimiento empírico sin duda tendrían una eficacia acrecentada. Numerosas encuestas etnológicas norteamericanas demuestran que a menudo los consumidores de drogas controlan su consumo y llevan una existencia relativamente socializada. ¿Cómo no recordar que son, como los consumidores abusivos de medicamentos o de bebidas, miembros de la sociedad y ciudadanos como los otros? A los magistrados que pueden tratar a los toxicómanos como personas, a los actores políticos que deben considerarlos como ciudadanos que sufren, las ciencias sociales pueden aportar argumentos, hechos y análisis.
Una aprehensión ampliada de las drogas ilícitas, particularmente a partir de encuestas sociológicas, históricas o etnológicas, debería poder modificar las representaciones de los actores políticos y judiciales, y, en consecuencia, concurrir a escapar de los callejones sin salida que el círculo patológico, la delincuencia y la inseguridad mantienen no sólo a expensas de los intereses de los consumidores abusivos de drogas sino también del interés general. A. Lazarus lo demuestra bien a propósito de los lazos entre el sida y la toxicomanía: "Si la prohibición que recae sobre ciertas drogas es un factor de riesgo para la seropositividad y el sida en los toxicómanos, entonces es más necesario e insoslayable aún saber si la prohibición de ciertas drogas es o no un factor que aumenta las posibilidades de toxicomanía en la población general."[31]
Desde este punto de vista es interesante la experiencia holandesa: sugiere que la estigmatización de los toxicómanos por la patología de la penalización, lejos de disuadir, refuerza la atracción hacia las drogas ilícitas y los modos de vida marginales. "Cuanto menos `sentido' otorguen las autoridades al fenómeno de las drogas ‑escribe un observador holandés menos `sentido' tendrá para los toxicómanos”.[32] La actitud previa a cualquier política que permita reintegrar a los toxicómanos, social y psicológicamente, consiste en superar las imágenes del desecho social o del dragón al asalto de la sociedad para considerarlos "como ciudadanos `normales' a quienes se imponen exigencias `normales' y a quienes se ofrecen oportunidades `normales'." [33]En los Países Bajos, "el toxicómano se parece más a un ciudadano sin trabajo que a un monstruo amenazador para la sociedad".[34] Si bien es cierto que esta política ha sido globalmente aceptada por la sociedad holandesa, y si produjo resultados (estabilización del consumo de heroína, elevación de la edad de entrada en la toxicomanía, etc.), no se puede poner entre paréntesis todas las diferencias que la distinguen de la sociedad francesa. No es cuestión de endiosar una política ni de llorar con lágrimas de sangre sobre otra, sino de abogar por investigaciones comparadas a fin de favorecer un mejor conocimiento de las políticas llevadas adelante en los otros países europeos para ampliar nuestro campo de visión. Ventaja nada despreciable, la difusión de estas investigaciones por los medios sería útil para sensibilizar la opinión a una pluralidad en materia de drogas.
El problema político se plantea entonces en los términos siguientes: ¿a través de qué mediaciones hacer pasar un mensaje en el cual la decisión de la integración de los toxicómanos (en lugar de su estigmatización en una categoría particular) no se perciba como un laxismo que alentaría la toxicomanía, sino como una política de lucha más eficaz?
Para hacer aceptar a la opinión pública que se debe tratar a los toxicómanos como a ciudadanos y no como una categoría aparte, no cabe otra solución que tratar esta opinión como ciudadana, es decir haciendo jugar la responsabilidad individual más que el miedo a ser víctima.[35]
Los principios que, en Francia, han fundado la política de lucha contra el sida, ¿no han seguido esta orientación, cuando plantean problemas de salud pública y de libertad individual similares? Estos principios, ¿no pueden servir de referencia, pese a los descontroles comprobados hoy por varias asociaciones de enfermos, a fin de tratar lo más eficazmente posible un flagelo social centrando la acción en la responsabilidad de todos, sin atentar contra las libertades individuales, sin perturbar el orden público y sin que la opinión pública rechace a las personas contaminadas por el virus?[36] Es ahondando en estas pistas como podría clarificarse el debate sobre las drogas y como se podrán poner en movimiento todas las oportunidades de llevar a cabo una "política de lucha contra la toxicomanía como la búsqueda de un punto de equilibrio entre tres imperativos que son: el respeto por las libertades individuales; la preocupación de la salud pública y el necesario mantenimiento del orden público".[37]
[1] Las indicaciones de nombre sin nota al pie hacen referencia a los autores de este libro.
[2] Es a los Paraísos artificiales, a Baudelaire, que pido prestada esta definición que trata acerca "del vino y del hachís como medios de multiplicación de la individualidad".
[3] Citado por Claude Lefort en En torno de una columna ausente. Escritos sobre Merleau‑Ponty, París, Gallimard, 1978, pág. 176.
[4] N. Elias, La dynamique de l'Occident, París, Calmann‑Lévy, coll. "Presse Pocket", 1975, pág. 197.
[5] Véase la tesis de J.‑J. Yvorel, Drogues et drogués en France de 1800 à 1920, París, VII, 1990, así como J. Dugarin et P. Nominé, "Toxicomanie: historique et classification", Histoire, économie et société, 4° trimestre, 1968.
[6] Ch. Baudelaire, op. cit., pág. 81.
[7] O. Paz, Courant alternatif, París, 1972, pág. 122.
[8] Ibid., pág. 122.
[9] Th. Jousse, John Cassavetes, Ed. de I'Etoile/Cahiers du cinéma, 1989, pág. 93.
[10] Th. Jousse, John Cassavetes, op. cit., pág. 93.
[11] J. P. Castelain, Maniéres de vivre, maniéres de boire. Alcool et sociabilité sur le port, Imago, 1989, pág. 8.
[12] 1bid., pág. 93.
[13] Por otra parte abandonada desde hace mucho tiempo por la clasificación médica en beneficio de la toxicodependencia o de la farmacodependencia.
[14] Véase también sobre el período actual y a propósito de los medicamentos psicotrópicos, A. Ehrenberg, Le culte de la performance, París, Calmann‑Lévy, el capítulo titulado "L'individu sous perfusion". Hay aquí, sin duda, un campo de investigación que permite ver de otro modo la historia de las drogas y los problemas que plantean sus usos.
[15] 0. Paz, op. cit., pág. 100.
[16] "Se habla siempre de la esclavitud del opio. No sólo la regularidad horaria que impone es una disciplina, sino también una liberación." Citado por J. Hassoun en Les passions intraitables, París, Aubier, pág. 98.
[17] O. Paz, ¡bid., pág. 104.
[18] Véase Fr. Champion, "La nebulosa místico‑esotérica", en Fr. Champion y D. Hervieu‑Léger (dir.), De lᄡémotion en religion. Renouveaux et traditions, París, Centurion, 1990.
[19] M. Pelletier, Problémes de la drogue, París, Documentación francesa, 1978, pág. 75.
[20] Misión Interministerial de Lucha contra
[21] Ph. Raynaud, "No smoking", Le Débat, nov.‑dic. de 1990, pág. 185.
[22] "La panoplia de las drogas se extiende [...] sobre todo a los medicamentos utilizados, ya sea en dosis masivas, ya sea en "sopas", mezclados al azar y a menudo asociados al alcohol, y cuyo uso acrecentado parece uno de los elementos más destacados de la evolución reciente", M. Pelletier, op. cit., pág. 78.
[23] Véase "
[24] Véase Ph. Perrot, Le Travail des apparences, París, Seuil, 1984 y Cl. Fischler. L Homnivore, París, Odile Jacob, 1990.
[25] Lo que observa asimismo Ph. Raynaud en su análisis sobre el tabaco, art. citado.
[26] Le rapport du groupe de réflexion sur l'utilisation des hypnotiques et tranquillisants en France, noviembre de 1990, estima, por ejemplo, que las informaciones sobre el impacto de una disminución del consumo de medicamentos psicotrópicos no permite evaluar sus riesgos. Impacto sobre "los suicidios, el consumo de alcohol o las drogas y sustancias más duras que los medicamentos, los comportamientos alimenticios ... especialmente en las poblaciones específicas de los jóvenes y las personas mayores. El único caso del estado de Nueva York muestra una notable transferencia de prescripciones de benzodiazepinas a productos más antiguos y que entrañan un riesgo elevado de toxicidad y de dependencia", pág. 116.
[27] Los trabajos verdaderamente políticos en materia de drogas son menos frecuentes. El trabajo de O. Ralet y de Stengers, Politiques de la drogue. Des postulats français au récits néerlandais, que está por publicarse, es una excepción. Para un trabajo sintético sobre la política de la droga en Francia, véase P. Mignon, "Drogues et politiques de la drogue en France", Rand Corporation, mayo de 1991.
[28] C. Trautmann, Lutte contre la toxicomanie et le trafic des stupéfiants, París, Documentation française,1990, pág. 12. J. Cros, que es toxicólogo y farmacólogo, señala por otra parte el carácter complejo de los fenómenos de dependencia y de tolerancia cuyos mecanismos son aún mal conocidos por los biólogos. Véase "Aspects biologiques: la pharmacodépendance", en Toxicomanies: apprendre la liberté, entrevistas del CNPERT, noviembre de 1968.
[29] Una investigación sociológica dirigida por R. Castel sobre las salidas de la toxicomanía debería aportar rápidamente algunos elementos. Para un análisis evaluativo de los tratamientos, véase Fr. Lert y E. Fombonne,
[30] Las encuestas llevadas a cabo en Francia por F.‑R. Ingold y sus intentos de completar los enfoques epidemiológicos por medio de los enfoques cualitativos constituyen una excepción notable. Véase en particular el número de Retrovirus de diciembre de 1990 dedicado a "Sida y toxicomanía", que él dirigió.
[31] A. Lazarus, "Tous prévenus", %'esprit des drogues. La dépendance hors la lo¡?", Autrement, abril de
[32] E, Engelsman,
[33] Ibid., pág. 9
[34] Ibid., pág 11.
[35] Acerca de la víctima y el ciudadano y los lazos con la erosión de la vida política, véase O. Mongin,
[36] Para esta comparación entre el sida y las drogas me inspiré en el texto de O. Ralet y de 1. Stengers. Véase igualmente A. Lazarus, art. citado. La investigación de J.‑P. Moatti y col., "Les attitudes et comportement des Frangais face au sida" (
[37] C. Trautmann, op. cit., pág. 5.