viernes, 26 de junio de 2009

Hassoun, Jacques. LOS CONTRABANDISTAS DE LA MEMORIA

Introducción

La transmisión de una cultura, una creencia, una filiación, una historia, durante mucho tiempo pareció funcionar por sí misma.

Los padres, los abuelos, la familia extendida, el ritmo de la vida semirrural o provincial, el sedentarismo, permitían en última instancia que no hubiera necesidad de plantearse la cuestión con la agudeza que hoy exige. En resumidas cuentas parecía algo natural... Una generación reproducía las creencias, el modo de vida, el dialecto o la lengua de las que la habían precedido... integrando lentamente las nuevas adquisiciones de la técnica. Ahora bien, esta visión –idílica- está sin embargo contradicha por los hechos.

En un breve artículo ‑"Resistencias al psicoanálisis"‑ Freud recuerda que lo "nuevo" al destronar lo "antiguo" parece estar constantemente poniendo en peligro una valiosa estabilidad.

"El niño pequeño, en los brazos de su nodriza, que comienza a gritar al ver un rostro extraño; el creyente que inaugura cada nuevo día con una oración y recibe con una bendición las primicias del año; el campesino que rechaza adquirir una guadaña que sus padres no habían utilizado; otras tantas situaciones cuya variedad salta a los ojos y a las cuales parece legítimo asociar diferentes motivaciones. Sin embargo, sería injusto desconocer su común denominador. En estos tres casos se trata de un mismo malestar: el niño lo expresa de una manera elemental, el creyente lo apacigua ingeniosamente, el campesino lo asume como una decisión propia. Pero el origen de este malestar es el desgaste psíquico que lo nuevo exige siempre a la vida psíquica y la incertidumbre llevada hasta el extremo de la expectativa ansiosa, que lo acompaña."[1]

Por lo tanto, la transmisión de lo nuevo tropieza siempre con los logros que cada uno de nosotros privilegia por sobre todo lo demás.

Esto quiere decir también que en cada uno de nosotros palpita la necesidad de transmitir íntegramente a nuestros descendientes aquello que hemos recibido.

Ya en el Deuteronomio podemos leer: "Pregunta a tu padre y él te revelará (tu historia) y pregunta a tus Ancianos y ellos te dirán (lo que fue tu pasado)".[2]

Este mandamiento indica que desde hace milenios la necesidad de transmitir está inscripta en la Historia.

En el mundo árabe‑islámico encontramos cotidianamente con la misma insistencia este imperativo de reconocerse en una historia, una genealogía, una pertenencia: cuando se encuentran dos desconocidos, luego de los saludos de rutina, siempre se plantea una pregunta: "¿Cuál es tu asl?", término que a la vez quiere decir vinculación (tribal o religiosa), adhesión y pertenencia a tal modo de pensar o a tal etnia.

Cuando dos tribus de beduinos se cruzan en un oasis la pregunta que se impone es: "¿De dónde vienes, a dónde vas, quién eres?". Esta interrogación no concierne obviamente a un recorrido geográfico determinado sino a un itinerario personal, interior, que permite que cada uno sitúe su recorrido individual en función de aquello que le ha sido transmitido.

Pero si lo miramos de cerca, percibimos que la cuestión de la transmisión se presenta cuando un grupo o una civilización ha estado sometida a conmociones más o menos profundas.

Si retomamos las situaciones a las que hemos hecho referencia, percibimos que esta preocupación que parece ser puramente formal no surge en cualquier momento de la Historia.

En el caso del texto bíblico, es evidente que la redacción del capítulo que incluye este mandamiento de transmitir y de recibir una transmisión, data del siglo IV antes de la era cristiana,[3]la Historia, este imperativo de la transmisión, denota en última instancia un estado de profunda perturbación interior. De vuelta al país ancestral luego de una larga ausencia, esta cuarta generación de "judaicos" nacidos en el exilio, en un medio intelectual, social y económicamente superior al que reinaba en sus países de origen, debía encontrar razones para reanudar sus lazos con el pasado. Era necesario clarificar el presente a través de una historia vuelta casi mítica a fin de proporcionar nuevas raíces al porvenir. es decir, luego del retorno del Primer Exilio de Babilonia, en el momento en que ese pueblo en vías de reunificación debía reafirmar sus lazos, distendidos por la deportación consecutiva a la destrucción del reino de Judea. Esta referencia a

De allí la apelación a los más ancianos, de los que se requería la descripción de un pasado heroico, o al menos lleno de prestigio, con el fin de inscribir ese destierro en una saga con la que se habían nutrido y que los había sumergido ‑si se escucha al Salmista que no cesaba de implorar: "Si te olvido, Jerusalén, que mi derecha se reseque"­- en una nostalgia lacerante.

En el segundo ejemplo, la referencia al asl, a la pertenencia, aparece en el momento en que la sociedad tradicional se había derrumbado, en el momento en que aquellos países durante largo tiempo cerrados al mundo exterior, se encontraron proyectados en la modernidad. Es entonces cuando surge la necesidad de saber a quién se dirigían, a quién hablaban, no necesariamente en nombre de un deseo más o menos confesable de exclusión, sino en todo caso para poder situarse con relación al otro: "¿En qué transmisión te ubicas?", tal es la cuestión crucial que las sociedades en crisis o que las sociedades pluriculturales se plantean frente a las mutaciones que las atraviesan.

Pero estrechamente asociada a esta primera serie de reflexiones que evoca los problemas de pertenencia cultural, es necesario también recordar esta evidencia: todos estamos inscriptos ‑uno por uno- en una genealogía de sujetos que no ignoran que son mortales.

Es eso mismo lo que diferencia lo humano de lo animal: un saber sobre la muerte y la genealogía que dicta la necesidad de que un mínimo de continuidad sea asegurada.

Somos todos portadores de un nombre, de una historia singular (biográfica) ubicada en la Historia de un país, de una región, de una civilización.

Somos sus depositarios y sus transmisores.

Somos su pasadores.

Que seamos rebeldes o escépti­ cos frente a lo que nos ha sido lega­do y en lo que estamos inscriptos, que adhiramos o no a esos valores, no excluye que nuestra vida sea más o menos deudora de eso, de ese conjunto que se extiende desde los hábitos alimentarios a los ideales más elevados, los más sublimes, y que han constituido el patrimonio de quienes nos han precedido.

Ahora bien, es evidente que, salvo excepción, lo que hemos heredado es constantemente modificado de acuerdo a las vicisitudes de nuestra vida, de nuestros exilios, de nuestros deseos.

Que una generación haya conocido grandes conmociones históricas ‑o no‑, que otra haya padecido o elegido el éxodo rural ‑o no‑..: no es indiferente.

Ser fiel a una tradición familiar aristocrática y verse obligado a cambiar de rumbo, a "traicionar" su medio ‑como d'Estienne d'Orves... o el coronel de la Roque pudieron hacerlo durante la guerra­- no es indiferente. ¿Esto significaría que se produjo en ese momento una ruptura radical con sus convicciones antiguas? De ninguna manera: el mito del comportamiento caballeresco propio a su tradición se reúne con esta nueva orientación que toma su existencia y los vincula a los valores preconizados por su clase social de origen.

¿Esto quiere decir que estamos condenados a reproducir? ¿Que la transmisión recibida y ofrecida como herencia supone el eterno retorno? Probablemente no... Esa tendencia a "fabricar" loros o clones no es intrínseca a la transmisión. Lo que me resulta apasionante en la aventura propia de la transmisión, es precisamente que somos diferentes de quienes nos precedieron y que nuestros descendientes es probable que sigan un camino sensiblemente diferente del nuestro... Y sin embargo... es allí, en esta serie de diferencias, en donde inscribimos aquello que transmitiremos.

Un paso más me permitirá afirmar algo que es más que paradójico: una transmisión lograda ofrece a quien la recibe un espacio de libertad y una base que le permite abandonar (el pasado) para (mejor) reencontrarlo.

Desprenderse de la pesadez de las generaciones precedentes para reencontrar la verdad subjetiva de aquello que verdaderamente contaba para quienes, antes que nosotros, amaron, desearon, sufrieron o gozaron por un ideal, ¿no es lo que podemos llamar una transmisión lograda? ¿Acaso ahorra un sufrimiento ser a la vez diferente y parecido? ¿Por otra parte, podemos concebir la posibilidad de evitar experimentar el sentimiento de culpabilidad frente a quienes nos precedieron? Probablemente no... Siempre existe un desgarro en la tensión existente entre una transmisión, por más lograda que ésta sea, y un deseo que intenta situar al sujeto en el espacio mismo de su verdad, de su vida, de su existencia.

Además, transmitir equivaldría tal vez a tener en cuenta que jamás evitaremos a nuestros descendientes el hecho de que su camino esté sembrado de obstáculos cuando intenten conciliar la historia pasada con lo actual de su deseo subjetivo.

Porque, en fin, lograr una transmisión equivaldría a preparar al niño para afrontar las dificultades de la existencia.

Así, cuando el padre del joven Joffo,[4] antes de dejar a sus hijos en la Francia ocupada ‑situación extrema y en ese sentido ejemplar‑, le asienta una soberana bofetada a su hijo, que, frente a la pregunta "¿Eres judío?", responde afirmativamente, ¿qué hacía sino transmitir a sus hijos un saber sobre la persecución que habían conocido las generaciones precedentes? ¿Qué otra cosa hacía sino ofrecer como herencia a sus hijos una bofetada que les daba una chance de sobrevivir? ¿Esta lección de marranismo no indica que la fidelidad absoluta, la adhesión pura y simple, la confesión proclamada, serían para el caso una manera de precipitarse a la muerte? ¿Transmitir la vida en toda su violencia no exigía este acto en sí mismo terrible: ofrecer como mensaje de despedida una bofetada?

Subsiste una última pregunta susceptible de finalizar con este panorama de interrogaciones que constituye el eje de esta obra.

A menudo el niño es confrontado con un pasado que ignora y que en este sentido puede parecerle enigmático.

Evoquemos el caso de esos niños que, nacidos en Francia de padres emigrados, comparten durante su primera infancia la cotidianeidad de su medio familiar, su modo de vida, su lengua, su cultura, su historia, para encontrarse un día inmersos en una sociedad cuyos valores les resultan diametralmente diferentes.

Es así como, por ejemplo,[5] una niñita hija de padres polacos, obreros mineros en Lorraine, descubrió con estupefacción el día de su entrada a la escuela primaria, que vivía en un país llamado Francia del que ella ignoraba todo. Ignoraba el francés, ignoraba que el país en el que vivía era diferente en más de un sentido de aquello con lo que convivía cotidianamente en el barrio de mineros. Durante años tuvo que confrontarse con las dificultades nacidas del enigma que entonces la había conmocionado. ¿Quién era ella? ¿De dónde venía? ¿A dónde la habían llevado? Otras tantas cuestiones que debían resurgir durante todo un período de su existencia. Ninguna palabra había sido enunciada durante su primera infancia sobre la historia de la emigración de sus padres, ninguna palabra había podido dar cuenta, en el momento de su descubrimiento, que ella había nacido en el exilio de una patria desconocida en un país del que nada sabía. Ningún discurso había podido enunciar lo que le hubiera permitido dialectizar un sentimiento de inquietante extrañeza. Esta experiencia vivida la acompañaría durante muchos años, llevándola a sentirse, en su vida profesional y familiar, como una extranjera que no se autorizaba ni a la felicidad ni al éxito.

No fue sino en el transcurso de un análisis que pudo relacionar este fracaso parcial de su existencia a ese terremoto representado por un descubrimiento de una violencia tanto mayor cuanto que no estuvo acompañado de ninguna palabra: había nacido en el extranjero en el seno mismo del país en el que había venido al mundo.

Ese programa fijo, esa secuencia que llevaría a enmudecerla afectivamente, era el producto de un silencio embarazoso, de una dificultad en transmitir una situación que sus propios padres habrían tenido gran dificultad en simbolizar.

Por eso es que debemos entender la transmisión como aquello que da cuenta del pasado y del presente. En estas condiciones permite que el niño aborde su propia existencia de un modo menos doloroso si escucha a sus padres hablar de su historia y de su cotidianeidad.

Pero que un padre siga viviendo bajo un modelo patriarcal mientras su hijo constata que en la vida diaria es objeto de humillación..., que una madre, (hermanos o primos) intenten imponer en un contexto de permisividad social, modelos ya perimidos a los cuales se intenta someter a las hijas mujeres..., la transmisión no será entonces sino una burla mentirosa adecuada para crear una rebeldía radical, una marginalidad o una desesperación extrema, acompañadas de una tentación a reconstituir, en otro tiempo y en otro espacio, un modelo pasatista del que el fundamentalismo representaría su más trágica expresión: ¿todas estas situaciones no nacen de la nostalgia por un pasado enigmático y de un presente vivido como discordante al que los padres no han podido en verdad enfrentar?

Es evidente que en la actualidad ‑basta con acercarse a los países del Este o a los suburbios de la ex cintura roja para convencerse‑ las viejas tradiciones obreras o militantes parecen estar completamente fuera de lugar.

Huérfana de referencias finales, una generación se encuentra sin poder transmitir nada y otra sin poder recibir nada. Situación dramática que crea exilios en su interior, que con demasiada frecuencia se arrojan en los brazos de la extrema derecha para reconstituir una apariencia de cultura nacional contra el temido peligro cosmopolita.

Paradoja que torna la cuestión de la transmisión tanto más urgente cuanto que a los sedentarios‑autócto­nos les parece que la larga experien­cia que poseen los exiliados sobre es­te problema, los excluye de su propia cultura.

Es cierto, sin embargo, que la cuestión de la transmisión no se plantea de la misma manera para to­das las categorías de una población. El sedentarismo campesino (si bien relativo y actualmente muy amena­zado) autoriza a que esta cuestión se plantee a mínima y con cierto dolor, aun cuando represente una preocu­pación estructural del sujeto.

Es digno de elogio que una socie­dad laica y republicana como lo es la sociedad francesa haya integrado las fiestas religiosas (la Navidad, la Crucifixión, la Resurrección de Cristo, la Ascensión, el Pentecostés, la Asunción de la Virgen). Esto ha per­mitido que el pasaje de una cultura a otra pueda hacerse sin mayores tropiezos, y también ha permitido a laicos furibundos celebrar de un mo­do menos desapercibido las fiestas religiosas de sus antepasados.

Cómo sorprenderse entonces que para los exiliados o para las pobla­ciones autóctonas, pero con creen­cias o culturas diferentes, la necesi­dad de transmitir se presente a par­tir de otros supuestos que en ocasio­nes pueden tender a reconstruir en­claves heterogéneos.

Esta tendencia será tanto más fuerte cuanto más se les niegue a esos grupos o a los sujetos que los conforman, un derecho a la integra­ción bajo su propia emblemática que, por otra parte, lo sabemos por experiencia, tiende al cabo de los años a empalidecer hasta extinguir­se, por poco que la mayoría retroce­da espantada frente a las diferen­cias ostentadas.

Por esa razón, sea cual fuere la situación familiar, la cuestión que plantea el silencio, en el lugar de un pasado sepultado y de un presente en devenir, representará algo que tendrá como efecto en la vida del niño, una imposibilidad de participar de la vida social.

Romper el silencio, ¿no es transmitir?

¿Acaso cuando un niño plantea la cuestión de sus orígenes, no es también para intentar saber en qué deseo está inscripto? ¿No intenta, como lo señalaba Ferenczi, arrancar una verdad a sus padres, a través de la serie de los "porqué" que les formula insistentemente, con el fin de hacerles decir el secreto de su nacimiento, de obligarlos a precisar "cómo" se hace un niño? Frente a estas preguntas sólo podrá obtener respuestas parciales, pero aun así es necesario que sus padres estén dispuestos a proporcionárselas.

Es en relación con estos diferentes elementos que intentaremos responder, a lo largo de las siguientes páginas, a esta triple cuestión:

‑¿Por qué transmitir?

‑¿Qué transmitir?

‑¿Cómo transmitir?, considerando que todos somos exiliados de nosotros mismos y de nuestra historia, sea cual fuere nuestro grado de sedentarismo.

Partiremos no obstante de los casos extremos representados por grupos humanos que han debido desplazarse geográficamente para darse cuenta de la dificultad de transmitir y de recibir otra cultura.

Para toda sociedad transmitir es un imperativo constante. En estas páginas hemos elegido partir de la historia de quienes han sido considerados como extranjeros por sus compatriotas, o que han padecido un exilio efectivo, para entender mejor, a partir de allí, aquello que se impone para cada uno de nosotros a cada momento de la vida y de su transmisión. [6]




[1] S. Freud, "Résistences á la psychanalyse", "La Revue Juive", año 1, N° 2, París, Librairie Gallimard, 5 de marzo, 1925.

[2] Deuteronomio, cap. 32, versículo 7.

[3] El Pentateuco ha sido compilado en forma definitiva en el siglo iv A.C., y no, como lo pretende la tradición, diez siglos antes.

[4] J. Joffo, Un sac de billes, París, J.C. Lattés, 1973.

[5] He realizado ‑por razones de discreción fácilmente imaginables‑ modificaciones no significativas, pero que deben permitir a las personas implicadas conservar un cierto anonimato, en todos los fragmentos biográficos y en aquellos correspondientes a la cura.

[6] Resulta evidente que los fisiólogos no han podido registrar las funciones orgánicas sino a partir de los desórdenes que el cuerpo presentaba, y que Freud, para fundar el psicoanálisis, debió deducir las leyes de funcionamiento del inconsciente a partir del sufrimiento de sus pacientes.