Indicios
Raíces de un paradigma de
inferencias indiciales
Dios está en los detalles
A. Warburg
Un objeto que habla de la pérdida, de la destrucción, de la desaparición de objetos. No habla de sí. Habla de otros. ¿Los abarcará también?
J. Johns
En estas páginas trataré de hacer ver cómo, hacia fines del siglo XIX, surgió silenciosamente en el ámbito de las ciencias humanas un modelo epistemológico (si así se prefiere, un paradigma [1]), al que no se le ha prestado aún la suficiente atención. Un análisis de tal paradigma, ampliamente empleado en la práctica, aunque no se haya teorizado explícitamente sobre él, tal vez pueda ayudarnos a sortear el tembladeral de la contraposición entre "racionalismo" e “irracionalismo”.
I
1. Entre 1874 y 1876 aparecieron en
Veamos sucintamente en qué consistía el tal método. Los museos, sostenía Morelli, están colmados de cuadros atribuidos inexactamente. Pero devolver cada cuadro a su autor verdadero es dificultoso: muy a menudo hay que vérselas con obras no firmadas, repintadas a veces, o en mal estado de conservación. En tal situación, se hace indispensable poder distinguir los originales de las copias. Pero para ello, según sostenía Morelli, no hay que basarse, como se hace habitualmente; en las características más evidentes, y por eso mismo más fácilmente imitables, de los cuadros: los ojos alzados al cielo de los personajes del Perugino, la sonrisa de los de Leonardo, y así por el estilo. Por el contrario, se debe examinar los detalles menos trascendentes, y menos influidos por las características de la escuela pictórica a la que el pintor pertenecía: los lóbulos de las orejas, las uñas, la forma de los dedos de manos y pies. De ese modo Morelli descubrió, y catalogó escrupulosamente, la forma de oreja característica de Botticelli, de Cosmé Tura y demás: rasgos que se hallaban presentes en los originales, pero no en las copias. Valiéndose de este método, propuso decenas y decenas de nuevas atribuciones en algunos de los principales museos de Europa. Con frecuencia se trataba de atribuciones sensacionales: en una Venus acostada, conservada en la pinacoteca de Dresde, que pasaba por ser una copia del Sassoferrato de una pintura perdida del Ticiano, Morelli identificó a una de las poquísimas obras seguramente autógrafas de Giorgione.
Pese a estos resultados, el método de Morelli fue muy criticado, aunque tal vez influyera en ello la casi arrogante seguridad con que lo proponía. Al fin, tildado de mecanicista y de burdo positivista, cayó en descrédito. (3) (Por otra parte, puede que muchos de los estudiosos que acostumbraban referirse en forma displicente a su método siguieran haciendo use de él en forma tácita para sus atribuciones.) La renovación del interés por los trabajos de Morelli se la debemos a Wind, quien vio en ellos un ejemplo típico de la moderna actitud hacia la obra de arte ‑una actitud que lleva a gustar de los detalles, antes que del conjunto de la obra‑. Según Wind, en Morelli se encuentra algo así como una exasperación del culto por la inmediatez del genio, que el estudioso italiano habría asimilado en su juventud, en contacto con los círculos románticos berlineses. (4) Es una interpretación poco convincente, puesto que Morelli no se planteaba problemas de orden estético (cosa que le sería reprochada) sino problemas previos, de orden filológico. (5) En realidad, las implicaciones del método que proponía Morelli eran distintas, y mucho más ricas. Ya veremos cómo el propio Wind estuvo a un paso de intuirlas.
2. "Los libros de Morelli ‑escribe Wind‑ presentan un aspecto bastante insólito comparados con los de los demás historiadores del arte. Están moteados de ilustraciones de dedos y orejas, cuidadosos registros de las típicas minuciosidades que acusan la presencia de un artista determinado, de la misma forma en que un criminal es acusado por sus huellas digitales... Cualquier museo de arte, estudiado por Morelli, adquiere de inmediato el aspecto de un museo criminal..." (b) La comparación de marras ha sido brillantemente desarrollada por Castelnuovo, quien alinea el método de los rastros de Morelli al lado del que, casi por los mismos años, era atribuido a Sherlock Holmes por su creador, Arthur Conan Doyle. (7) El conocedor de materias artísticas es comparable con el detective que descubre al autor del delito (el cuadro), por medio de indicios que a la mayoría le resultan imperceptibles. Como se sabe, son innumerables los ejemplos de la sagacidad puesta de manifiesto por Holmes al interpretar huellas en el barro, cenizas de cigarrillo y otros indicios parecidos. Para terminar de persuadirnos de la exactitud del paralelo trazado por Castelnuovo, veamos un cuento como La aventura de la caja de cartón (1892), en el que Sherlock Holmes se nos aparece, lisa y llanamente, como "morellófilo". Justamente, el caso comienza con dos orejas mutiladas, que una inocente señorita recibe por correo. Y aquí vemos cómo el conocedor (Holmes) pone manos a la obra.
...Se interrumpió, y yo [Watson] quedé sorprendido, al mirarlo, de que observara, fijamente, y con singular atención, el perfil de la señorita. Por un momento fue posible leer en su rostro expresivo sorpresa y satisfacción a la vez; aunque, cuando ella se volvió para descubrir el motivo de su repentino silencio, Holmes ya estaba tan impasible como siempre. (8) .
Más adelante Holmes explica a Watson (y a los lectores) el camino seguido por su fulmínea elaboración mental:
No ignorará usted, Watson, en su condición de médico, que no hay parte alguna del cuerpo humano que presente mayores variantes que una oreja. Cada oreja posee características propias, y se diferencia de todas las demás. En la “Reseña antropológica” del año pasado, encontrará usted dos breves monografías sobre este tema, que son obra de mi pluma. De modo que examiné las orejas que venían en la caja con ojos de experto, y registré cuidadosamente sus características anatómicas. Imagínese cuál no sería mi sorpresa cuando, al detener mi mirada en la señorita Cushing, observé que su oreja correspondía en forma exacta a la oreja femenina que acababa de examinar. No era posible pensar en una coincidencia. En ambas existía el mismo acortamiento deI pabellón, la misma amplia curva del lóbulo superior, igual circunvolución del cartílago interno. En todos los puntos esenciales se trataba de la misma oreja. Desde luego, enseguida comprendí la enorme importancia de semejante observación. Era evidente que la víctima debía ser una consanguínea, probablemente muy estrecha de la señorita... (9)
3. Muy pronto veremos las implicaciones de este paralelo. (10) Por ahora conviene tener en cuenta otra preciosa intuición de Wind:
A algunos de los críticos de Morelli les parecía extraña la afirmación de que "a la personalidad hay que buscarla allí donde el esfuerzo personal es menos intenso". Pero en este punto la psicología moderna se pondría sin duda de parte de Morelli: nuestros pequeños gestos inconscientes revelan nuestro carácter en mayor grado que cualquier otra actitud formal, de las que solemos preparar cuidadosamente. (11)
"Nuestros pequeños gestos inconscientes": La expresión genérica de "psicología moderna" podemos, sin más, sustituirla por el nombre de Freud. En efecto, las páginas de Wind sobre Morelli han atraído la atención de los estudiosos (12) hacia un pasaje largo tiempo olvidado del famoso ensayo de Freud El Moisés de Miguel Angel (1914). En él escribía Freud, al comienzo del segundo párrafo:
Mucho antes de que pudiera yo haber oído hablar de psicoanálisis vine a enterarme de que un experto en arte, el ruso Iván Lermolieff, cuyos primeros ensayos se publicaron en alemán entre 1874 y 1876, había provocado una revolución en las pinacotecas de Europa, volviendo a poner en discusión la atribución de muchos cuadros a los diferentes pintores, enseñando a distinguir con seguridad entre imitaciones y originales, y edificando nuevas individualidades artísticas a partir de las obras que habían sido libradas de anteriores atribuciones. Había alcanzado ese resultado prescindiendo de la impresión general y de 1ós rasgos fundamentales de la obra, subrayando en cambio la característica importancia de los detalles secundarios, de las peculiaridades insignificantes, como la conformación de las uñas, delos lóbulos auriculares, de la aureola de los santos y otros elementos que por lo común pasan inadvertidos, y que el copista no se cuida de imitar, en tanto que cada artista los realiza de una manera que le es propia . Mas tarde, fue muy interesante para mí enterarme de que tras el seudónimo ruso se escondía un médico italiano apellidado Morelli. Nombrado senador del reino de Italia, Morelli murió en 1891. Yo creo que su método se halla estrechamente emparentado con la técnica del psicoanálisis médico. También ésta es capaz de penetrar cosas secretas y ocultas a base de elementos poco apreciados o inadvertidos; de detritos o "desperdicios" de nuestra observación (auch diese ist gewöhnt, aus gering geschätzten oder nicht beachteten Zügen, aus dem Abhub ‑dem "refuse"‑ der Beobachtung, Geheimes and Verborgenes zu erraten). (13)
En un primer momento, el ensayo sobre el Moisés de Miguel Angel apareció anónimo: Freud reconoció la paternidad de ese escrito sólo en el momento de incluirlo en sus obras completas. Se ha llegado a suponer que la tendencia de Morelli de borrar su personalidad de autor, ocultándola tras seudónimos, puede haber contagiado, en cierta forma, también al propio Freud; y hasta se han formulado conjeturas, más o menos aceptables, sobre el significado de esta coincidencia. (14) Lo concreto es que, envuelto en los velos del anonimato, Freud declaró de manera a un tiempo explícita y reticente, la considerable influencia intelectual que sobre él ejerció Morelli en un período muy anterior al del descubrimiento del psicoanálisis ("lange bevor ich etwas von der Psychoanalyse hören konnte..."). Reducir tal influencia, como se ha pretendido, al ensayo sobre el Moisés únicamente, o en forma más genérica a sus ensayos sobre temas relacionados con la historia del arte, (15) significa limitar indebidamente el alcance de las palabras de Freud: "Yo creo que su método se halla estrechamente emparentado con la técnica del psicoanálisis médico". En realidad, toda la declaración de Freud que acabamos de citar asegura a Giovanni Morelli un lugar especial en la historia de la formación del psicoanálisis. Se trata, en efecto, de una vinculación documentada, no conjetural, como en el caso de la mayor parte de los "precursores" y "antecesores" de Freud. Para mejor, su toma de conocimiento de los escritos de Morelli, como ya hemos dicho, sucedió en el período "preanalítico" de Freud. Debemos vérnoslas, pues, con un elemento que contribuyó de manera directa a la concreción del psicoanálisis, y no (como en el caso de la página sobre el sueño de J. Popper, "Lynkeus", recordada en las reediciones de
4. Antes de tratar de entender qué pudo haber tornado Freud de la lectura de los escritos de Morelli, conviene fijar con precisión el momento en que tuvo lugar tal lectura. Mejor dicho; los momentos, puesto que Freud habla de dos diferentes encuentros: "Mucho antes de que pudiera yo haber oído hablar de psicoanálisis vine a enterarme de que un experto en arte, el ruso Iván Lermolieff.. "; “más tarde, fue muy interesante para mí enterarme de que tras el seudónimo ruso se escondía un médico italiano apellidado Morelli...”
La primera afirmación sólo es datable conjeturalmente. Como terminus ante quem podemos establecer el año 1895 (fecha de publicación de los Estudios sobre la histeria, de Freud y Breuer); o el de 1896 (en que Freud utilizó por primera vez el término "psicoanálisis"). (17) Como terminus post quem, el año 1883. En efecto, en diciembre de ese año Freud relató; en una larga carta a su novia, el "descubrimiento de la pintura" que realizó durante una visita a la pinacoteca de Dresde. Antes, la pintura no había llegado a interesarle; ahora, escribía, "me despojé de mi barbarie y he empezado a admirar". (18) Es difícil suponer que antes de esta última fecha Freud se sintiera atraído por los escritos de un desconocido historiador del arte; en cambio, resulta perfectamente plausible que emprendiera su lectura poco después de la carta a su novia sobre la pinacoteca de Dresde, en vista de que los primeros ensayos de Morelli recogidos en volumen (Leipzig, 1880) estaban referidos a las obras de maestros italianos existentes en las pinacotecas de Munich, Dresde y Berlín. (19)
El segundo encuentro de Freud con los escritos de Morelli es datable con aproximación tal vez mayor: El verdadero nombre de Iván Lermolieff se hizo público por primera vez en la portada de la traducción inglesa, aparecida en 1883, de los ensayos que recordamos; en las reediciones y traducciones posteriores a 1891 (año de la muerte de Morelli) figuran siempre tanto el nombre como el seudónimo. (20) No se excluye la posibilidad de que alguno de esos volúmenes fuera a dar tarde o temprano a manos de Freud, aunque, probablemente,. su conocimiento de la identidad de Iván Lermolieff tuvo tal vez lugar por pura casualidad, en septiembre de 1898, mientras curioseaba en una librería de Milán. En la biblioteca de Freud que se conserva en Londres figura, en efecto, un ejemplar del libro de Giovanni Morelli (Iván Lermolieff), Della pittura italiana. Studii storico critici. ‑Le gallerie Borghese a Doria Pamphili in Roma, Milán,1897. En la falsa portada del libro está manuscrita la fecha de compra: Milán, 14 de septiembre. (21) La única estada de Freud en Milán tuvo lugar en el otoño de 1898. (22) En ese momento, por otra parte, el libro de Morelli revestía para Freud un motivo adicional de interés. Desde hacía algunos meses, Freud se venía ocupando de los lapsus: poco antes, en Dalmacia, había tenido lugar el episodio, analizado más tarde en Psicopatología de la vida cotidiana, de su fallido intento por recordar el nombre del autor de los frescos de la catedral de Orvieto, en Umbría. Ahora bien, tanto el autor real de los frescos (Signorelli), como los que erróneamente había creído recordar Freud en un primer momento (Botticelli, Boltraffio), eran mencionados en el libro de Morelli. (23).
Pero, ¿qué podía representar para Freud ‑el Freud de la juventud, muy lejos aún del psicoanálisis‑ la lectura de los ensayos de Morelli? Es el propio Freud quien lo señala: la postulación de un método interpretativo basado en lo secundario, en los datos marginales considerados reveladores. Así, los detalles que habitualmente se consideran poco importantes, o sencillamente triviales, "bajos", proporcionaban la clave para tener acceso a las más elevadas realizaciones del espíritu humano: "Mis adversarios", escribía irónicamente Morelli, con una ironía muy a propósito para el gusto de Freud, "se complacen en caracterizarme como un individuo que no sabe ver el significado espiritual de una obra de arte, y que por eso les da una importancia especial a medios exteriores, como las formas de la mano, de la oreja y, hasta, horribile dictu, de tan antipático objeto como son las uñas". (24) También Morelli podría haber hecho suya la máxima virgiliana cara a Freud, escogida como epígrafe a
5. Hemos visto delinearse, pues, una analogía entre el método de Morelli, el de Holmes y el de Freud. Ya nos hemos referido al vínculo Morelli‑Holmes, lo mismo que al que llegó a entablarse entre Morelli‑Freud. Por su parte, S. Marcus ha hablado de la singular convergencia entre los procedimientos de Holmes y los de Freud. (28) El propio Freud, por lo, demás, manifestó a un paciente (el "hombre de los lobos") su interés por las aventuras de Sherlock Holmes. Pero a un colega (T. Reik) que establecía un paralelo entre el método psicoanalítico y el de Holmes, le habló en forma más bien admirativa, en la primavera de 1913, de las técnicas atributivas de Morelli . En los tres casos, se trata de vestigios, tal vez infinitesimales, que permiten captar una realidad más profunda, de otro modo inaferrable. Vestigios, es decir, con más precisión, síntomas (en el caso de Freud), indicios (en el caso de Sherlock Holmes), rasgos pictóricos (en el caso de Morelli). (29)
¿Cómo se explica esta triple analogía? A primera vista, la respuesta es muy sencilla. Freud era médico; Morelli tenía un diploma en medicina; Conan Doyle había ejercido la profesión antes de dedicarse a la literatura. En los tres casos se presiente la aplicación del modelo de la sintomatología, o semiótica médica, la disciplina que permite diagnosticar las enfermedades inaccesibles a la observación directa por medio de síntomas superficiales, a veces irrelevantes a ojos del profano (un doctor Watson, pongamos por caso). A propósito, puede observarse que la dupla Holmes‑Watson, el detective agudísimo y el médico obtuso, representa el desdoblamiento de una figura real: uno de los profesores del joven Conan Doyle, conocido por su extraordinaria capacidad de diagnosticación. (30)
Pero no es cuestión de simples coincidencias biográficas; hacia fines del siglo XIX, y con más precisión en la década 1870‑80, comenzó a afirmarse en las ciencias humanas un paradigma de indicios que teñía como, base, precisamente, la sintomatología, aunque sus raíces fueran mucho más antiguas.
II
1. Durante milenios, el hombre fue cazador. La acumulación de innumerables actos de persecución de la presa le permitió aprender a reconstruir las formas y los movimientos de piezas de caza no visibles, por medio de huellas en el barro, ramas quebradas, estiércol, mechones de pelo, plumas, concentraciones de olores. Aprendió a olfatear, registrar, interpretar y clasificar rastros tan infinitesimales como, por ejemplo, los hilillos de baba. Aprendió a efectuar complejas operaciones mentales con rapidez fulmínea, en la espesura de un bosque o en un claro lleno de peligros.
Generaciones y generaciones de cazadores fueron enriqueciendo y trasmitiendo todo ese patrimonio cognoscitivo. A falta de documentación verbal para agregar a las pinturas rupestres y a las manufacturas, podemos recurrir a los cuentos de hadas, que a veces nos trasmiten un eco, si bien tardío y deformado,. del conocimiento de aquellos remotos cazadores: Una fábula oriental, difundida entre quirguices, tártaros, hebreos, turcos... (31), cuenta que tres hermanos se encuentran con un hombre que ha perdido un camello (en ciertas variantes, se trata de un caballo). Sin vacilar, lo describen: es blanco, tuerto, lleva dos odres en la grupa, uno lleno de vino y el otro de aceite. ¿Quiere decir que lo han visto? No, no lo vieron. Se los acusa de robo y son juzgados; pero los tres hermanos se imponen, pues demuestran al instante que, por medio de indicios mínimos, han podido reconstruir el aspecto de un animal que nunca han visto.
Es evidente que los tres hermanos son depositarios de un saber de tipo cinegético, por más que no se los describa como cazadores. Lo que caracteriza a este tipo de saber es su capacidad de remontarse desde datos experimentales aparentemente secundarios a una realidad compleja, no experimentada en forma directa. Podemos agregar que tales datos son dispuestos siempre por el observador de manera de dar lugar a una secuencia narrativa, cuya formulación más simple podría ser la de "alguien pasó por ahí". Tal vez la idea misma de narración (diferente de la de sortilegio, encantamiento o invocación) (32) haya nacido por primera vez en una sociedad de cazadores, de la experiencia del desciframiento de rastros. El hecho de que las figuras retóricas sobre las que aún hoy gira el lenguaje de la descifración cinegética ‑la parte por el todo, el efecto por la causa‑ puedan ser reducibles al eje prosístico de la metonimia, con rigurosa exclusión de la metáfora, (33) reforzaría esta hipótesis que es, obviamente, indemostrable. El cazador habría sido el primero en "contar una historia", porque era el único que se hallaba en condiciones de leer, en los rastros mudos (cuando. no imperceptibles) dejados por la presa, una serie coherente de acontecimientos.
"Descifrar" o "leer" los rastros de los animales son metáforas. No obstante, se siente la tentación de tomarlas al pie de la letra, como la condensación verbal de un proceso histórico que llevó, en un lapso tal vez prolongadísimo, a la invención de la escritura. Esa misma conexión ha sido formulada, en forma de mito aitiológico, por la tradición china, que atribuía la invención de la escritura a un alto funcionario que había observado las huella impresas por un ave sobre la ribera arenosa de un río. (34) Por otra parte, si se abandona el mundo de los mitos y las hipótesis por el de la historia documentada, no pueden dejar de impresionarnos las innegables analogías existentes entre el paradigma cinegético que acabamos de delinear y el paradigma implícito en los textos adivinatorios mesopotámicos, redactados a partir del tercer milenio a. C. (35) Ambos presuponen el minucioso examen de una realidad tal vez, ínfima, para descubrir los rastros de hechos no experimentables directamente por el observador. En un caso, estiércol, huellas, pelos, plumas; en el otro, vísceras de animales, gotas de aceite en el agua, astros, movimientos involuntarios del cuerpo y cosas por el estilo. Ciertamente, la segunda serie, a diferencia de la primera, era prácticamente ilimitada, en el sentido de que todo, o casi todo, podía convertirse para los adivinos mesopotámicos en objeto de adivinación. Pero la divergencia más importante a nuestros ojos es otra: la adivinación se dirigía al futuro, y el desciframiento cinegético al pasado (aunque fuera a un pasado de un par de instantes, nada más). Con todo, la actitud cognoscitiva era, en ambos casos, muy similar; las operaciones intelectuales involucradas ‑análisis, comparaciones, clasificaciones‑ eran formalmente idénticas. Pero sólo formalmente, puesto que el contexto social era en todo sentido diferente. En particular, se ha subrayado (36) que la invención de la escritura moldeó profundamente la adivinación mesopotámica, ya que, en efecto, a las divinidades se les atribuía, junto con las demás prerrogativas de los soberanos, el poder de comunicarse con los súbditos por medio de mensajes "escritos" en los astros, en los cuerpos humanos o en cualquier otra parte. La función de los adivinos era descifrar esos mensajes, idea que estaba destinada a desembocar en la multimilenaria imagen del "libro de la naturaleza". Y la identificación de la disciplina mántica con el desciframiento de los caracteres divinos inscritos en la realidad se veía reforzada por las características pictográficas de la escritura cuneiforme: también ella, como la adivinación, designaba cosas por medio de cosas. (37)
Una huella representa a un animal que ha pasado por allí. En relación con la materialidad de la huella, del rastro materialmente entendido, el pictograma constituye ya un paso adelante por el camino de la abstracción intelectual, un paso de valor incalculable. Pero la capacidad de abstracción que la adopción de la escritura pictográfica supone es, a su vez, muy poca cosa en comparación con la capacidad de abstracción que requiere el paso a la escritura fonética. De hecho, en la escritura cuneiforme siguieron coexistiendo elementos pictográficos y fonéticos, así como, en la literatura adivinatoria mesopotámica, la paulatina intensificación de los rasgos apriorísticos y generalizantes no eliminó la tendencia fundamental a inferir la causa de los efectos. (38) Esa actitud es la que explica, por un lado, la contaminación de la lengua adivinatoria mesopotámica con términos técnicos tomados del léxico jurídico, y por otra parte la presencia de pasajes de fisionómica y de sintomatología médica en los tratados adivinatorios. (39)
Tras un largo rodeo, volvemos pues a la sintomatología: La hallamos integrando una verdadera constelación de disciplinas (término éste que es evidentemente anacrónico) de aspecto singular. Podríamos incurrir en la tentación de contraponer dos seudociencias, como la adivinación y la fisionómica, a dos ciencias como el derecho y la medicina, y atribuir la heterogeneidad de tal asimilación a nuestra distancia, espacial y temporal, de las sociedades de las que venimos hablando. Pero sería una conclusión superficial. Algo había que unía de verdad, en la antigua Mesopotamia, a estas diferentes formas de conoci miento (siempre que no incluyamos en tal grupo a la adivinación inspirada, que se fundaba en experiencias de tipo extático). (40) Había una actitud, orientada al análisis de casos individuales, reconstruibles sólo por medio de rastros síntomas, indicios. Los propios textos de jurisprudencia mesopotámicos, en lugar de consistir en la recopilación de diferentes leyes a ordenanzas, se basaban en la discusión de una casuística muy concrete. (41) En resumen, es posible hablar de paradigma indicial o adivinatorio, que según las distintas formas del saber se dirigía al pasado, al presente o al futuro. Hacia el futuro, se contaba con la adi vinación propiamente dicha. Hacia el pasado, el presente y el futuro todo a un tiempo, se disponía de la sintomatología médica en su doble aspecto, diagnóstico y pronóstico. Hacia el pasado, se contaba con la jurisprudencia. Pero detrás de ese paradigma indicial o adivinatorio, se vislumbra el gesto tal vez más antiguo de la historia intelectual del género humano: el del cazador que, tendido sobre el barro, escudriña los rastros dejados por su presa.
2. Cuanto hasta aquí hemos dicho explica por qué era posible que un diagnóstico de trauma craneano, formulado en base a un estrabismo bilateral, hallara sitio en un tratado mesopotámico de adivinación. (42) Más genéricamente, ello explica el surgir, históricamente hablando, de una constelación de disciplinas basadas en el desciframiento de señales de distinto género, desde los síntomas a la escritura. Si pasamos de la cultura mesopotámica a la griega, tal constelación cambia profundamente, al constituirse nuevas disciplinas como la historiografía y la filología, y a causa también de la obtención de una nueva autonomía social y epistemológica por parte de disciplinas antiguas, como la medicina. El cuerpo, el lenguaje y la historia de los hombres quedaron sometidos por primera vez a una búsqueda desprejuiciada, que excluía por principio la intervención divina. Es obvio que de tan decisiva mutación, que por cierto es la que caracterizó la cultura dela polis, aún hoy somos los herederos. Menos obvio es el hecho de que en ese cambio tuvo papel preponderante un paradigma definible como sintomático o indicial. (43) Ello se hace especialmente evidente en el caso de la medicina hipocrática, que definió sus métodos reflexionando sobre la noción decisiva de síntoma (semejon). Sólo observando atentamente y registrando con extrema minuciosidad todos los síntomas ‑afirmaban los hipocráticos‑ es posible elaborar "historias" precisas de las enfermedades individuales: la enfermedad es, de por sí, inaferrable. Esa insistencia en la naturaleza indicial de la medicina se inspiraba, con toda probabilidad, en la contraposición, enunciada por el médico pitagórico Alcmeón, entre la inmediatez del conocimiento divino y la conjeturalidad del humano. (44) En esa negación de la trasparencia de la realidad hallaba implícita legitimación un paradigma inicial que, de hecho, regía en esferas de actividad muy diferentes. Para los griegos, dentro del vasto territorio del saber conjetural estaban incluidos, entre muchos otros, los médicos, los historiadores, los políticos, los alfareros, los carpinteros, los marinos, los cazadores, los pescadores, las mujeres... Los limites de ese territorio, significativamente gobernado por una diosa como Metis, la primera esposa de Zeus, que personificaba la adivinación mediante el agua, estaban delimitados por términos tales como "conjetura", "conjeturar" (tekmor, teckmairesthai). Pero como se ha dicho, este paradigma permaneció implícito avasallado por el prestigioso (y socialmente más elevado) modelo de conocimiento elaborado por Platón. (45)
3. El tono, defensivo a pesar de todo, de ciertos pasajes del "corpus" hipocrático (46) permite inferir que ya en el siglo V a. C. había empezado a manifestarse el cuestionamiento, que ha durado hasta nuestros días, a la inseguridad de la medicina. Semejante perpetuación se explica, por cierto, mediante el hecho de que las relaciones entre médico y paciente ‑que se caracterizan por la imposibilidad, para el segundo, de controlar el saber y el poder que el primero conserva‑ no han cambiado mucho desde los tiempos de Hipócrates. Sí cambiaron, por el contrario, en el curso de casi dos milenios y medio, los términos de esa polémica, en consonancia con las profundas transformaciones experimentadas por las nociones de "rigor" y de "ciencia". Como es obvio, el hiato decisivo en este sentido está constituido por el surgimiento de un paradigma; científico, basado en la física galileana, si bien se reveló más duradero que esto último. Por más que la física moderna, sin haber renegado de Galileo, no pueda definirse hoy como "galileana", el significado epistemológico y simbólico de Galileo para la ciencia en general ha permanecido intacto. (47) Resulta claro, entonces, que el grupo de disciplinas que hemos denominado indiciales (incluida la medicina) no encuentre en modo alguno un lugar en los criterios de cientificidad deducibles del paradigma galileano. En efecto, se trata de disciplinas eminentemente cualitativas, que tienen por objeto casos, situaciones y documentos individuales, en cuanto individuales; y precisamente por eso alcanzan resultados que tienen un margen insuprimible de aleatoriedad; basta pensar en el peso de las conjeturas (el término mismo es de origen adivinatorio [48]) en la medicina o en la filología, además de en la mántica. Muy distinto carácter poseía la ciencia galileana, que hubiera podido hacer suya la máxima escolástica individuum est ineffabile, de lo individual no se puede hablar. El empleo de la matemática y del método experimental, en efecto, implicaban respectivamente la cuantificación y la reiterabilidad de los fenómenos, mientras el punto de vista individualizante excluía por definición la segunda, y admitía la primera con función solamente auxiliar. Todo ello explica. por qué la historia nunca logró convertirse en una ciencia galileana. Más aun, fue precisamente en el transcurso del siglo XVII cuando la incorporación de los métodos del anticuariado al tronco de la historiografía llevó a la luz, indirectamente, los lejanos orígenes indiciales de esta última, que habían permanecido ocultos durante siglos. Este dato de base ha permanecido inmutable, a pesar de los vínculos cada vez más estrechos que unen a la historia con las ciencias sociales. La historia no ha dejado de ser una ciencia social sui generis, irremediablemente vinculada con lo concreto. Si bien el historiador no puede referirse, ni explícita ni implícitamente, a series de fenómenos comparables, su estrategia cognoscitiva, así como sus códigos expresivos, permanecen intrínsecamente individualizantes (aunque el "individuo" sea, dado el caso, un grupo social o toda una sociedad). En ese sentido. el historiador es como el médico, que utiliza los cuadros nosográficos para analizar la enfermedad específica de un paciente en particular. Y el conocimiento histórico, como el del médico, es indirecto, indicial y conjetural. (49) Pero la contraposición que sugerimos es demasiado esquemática. En el marco de las disciplinas indiciales, hay una ‑la filología, y más concretamente hablando, la crítica textual‑ que, desde su aparición ha constituido un caso en cierto modo atípico. En efecto, su objetivo ha llegado a establecerse por medio de una drástica selección ‑destinada a reducirse aun más‑ de sus correspondientes componentes. Este proceso interno de la disciplina filológica se desplegó en relación con dos hiatos históricos decisivos: la invención de la escritura y la de la imprenta. Como es bien sabido, la crítica textual nació después del primero de esos hechos (es decir, en el momento en que se decide transcribir los poemas homéricos), y se consolidó tras el segundo (cuando las primeras, y con frecuencia apresuradas ediciones de los clásicos fueron reemplazadas por otras ediciones más atendibles). (50) Se empezó por considerar no pertinentes al texto todos los elementos vinculados con la oralidad y la gestualidad; después, se siguió igual criterio con los elementos relacionados con el aspecto material de la escritura. El resultado de esta doble operación fue la paulatina desmaterialización del texto, progresivamente depurado de toda referencia a lo sensible: si bien la existencia de algún tipo de relación sensible es indispensable para que el texto sobreviva, el texto en sí no se identifica con su base de sustentación. (51) Hoy todo esto nos resulta obvio, pero de ninguna manera lo es. Piénsese solamente en la decisiva función que cumple la entonación en las literaturas orales, o bien la caligrafía en la poesía china; ello nos permite percatarnos de que la noción de texto a que acabamos de aludir se vincula con una Coma de posición cultural de incalculables consecuencias. Que la solución adoptada no fue determinada por la consolidación de los procesos de reproducción mecánica, en vez de manual, está demostrado por el muy significativo ejemplo de China, donde la invención de la imprenta no llevó a abandonar la vinculación entre texto literario y caligrafía. (Pronto veremos que el problema de los "textos" figurativos se planteó históricamente en muy distintos términos).
Esta noción profundamente abstracta de. texto explica por qué la crítica textual, si bien seguía siendo ampliamente adivinatoria, poseía en sí misma aquellas posibilidades de desarrollo en sentido rigurosamente científico que madurarían en el transcurso del siglo XIX. (52) Mediante una decisión radical, esa crítica consideraba únicamente los elementos reproducibles (manualmente en un principio, y después, a consecuencia de Gutenberg, en forma mecánica) del texto. De esa manera, y aun asumiendo como objeto de su estudio casos individuales, (53) la crítica había llegado a evitar el principal escollo de las ciencias humanas: lo cualitativo. No deja de ser sugestivo que Galileo, en el momento mismo en que fundaba, por medio de una reducción igualmente drástica, la moderna ciencia de la naturaleza, se remitiera a la filología. El tradicional paralelo que en
Con esa frase, Galileo imprimía a la ciencia de la naturaleza un carácter de significado tendencialmente antiantropocéntrico y antiantropomórfico, que ya no perdería. En el mapa del saber se había producido una rasgadura, que estaba destinada a agrandarse cada vez más. Y por cierto que entre el físico galileano, profesionalmente sordo a los sonidos a insensible a los sabores y los olores, y el médico de su misma época, que aventuraba diagnósticos aplicando el oído a pechos catarrosos, olfateando heces y probando el sabor de orinas, no podía existir mayor contraposición.
4. Uno de tales facultativos era Giulio Mancini, de Siena, protomédico del papa Urbano VIII. No hay pruebas de que conociera personalmente a Galileo, pero es muy probable que ambos se hayan tratado, puesto que frecuentaban en Roma los mismos círculos, desde la corte papal a
Antes de emprender la tarea de seguir las argumentaciones de Mancini, se debe hacer hincapié en un supuesto previo que es común a él, a ese gentilhuomo nobile a quien estaba dirigida la obra y a nosotros. Se trata de un supuesto no explícito, porque erróneamente se lo consideraba obvio: el de que entre un cuadro de Rafael y la copia de ese cuadro (tanto si se trataba de una pintura como de un grabado u, hoy, de una fotografía), existe una diferencia insuprimible. Las implicaciones comerciales de tai supuesto ‑es decir, que una pintura, por definición, es un unicum, algo irrepetible‑ (62) son evidentes. Con ellas se relaciona la aparición de una figura social como la del conocedor. Pero se trata de un supuesto que brota de una toma de decisión culturas ninguna manera obligatoria, como lo demuestra el hecho de que la misma no se aplica a textos escritos. Nada tiene que ver aquí el supuesto carácter eterno de la pintura y la literatura. Ya hemos visto a través de qué mutaciones históricas la noción de texto escrito se fue depurando de una serie de elementos considerados no pertinentes. En el caso de la pintura, tai depuración no se verificó, hasta ahora al menos. Es por eso que, a nuestros ojos, las copias manuscritas o las ediciones del Orlando furioso pueden reproducir exactamente el texto deseado por su autor, Ariosto; cosa que no pensamos jamás de las copias de un retrato de Rafael. (63)
El diferente estatus de las copias en pintura y literatura explica por qué Mancini no podía hacer uso, en cuanto conocedor, de los métodos de la crítica aun cuando estableciera, como principio, una analogía entre el acto de ' pintar y el de escribir. (64) Pero partiendo precisamente de esa analogía, Mancini se volvió, en busca de ayuda, a otras disciplinas en proceso de formación.
El primer problema que se planteaba era el de la datación de las obras pictóricas. Para ese fin, afirmaba, hay que adquirir "cierta práctica en el conocimiento de la variedad de la pintura en cuanto a sus tiempos, como el que estos anticuarios y bibliotecarios poseen de los caracteres, por los cuales reconocen la época de una escritura". (65) La alusión al "conocimiento ... de los caracteres" debe ser relacionada casi con seguridad con los métodos elaborados por los mismos años por Leone Allacci, bibliotecario de la gran Biblioteca Vaticana, para la datación de manuscritos griegos y latinos, métodos que medio siglo más tarde serían retomados y desarrollados por Mabillon, el fundador de la ciencia paleográfica. (66) Pero "más allá de la propiedad común del siglo" ‑continuaba Mancini‑ existe "la propiedad propia a individual", tai como "vemos que en los escritores se reconoce esta propiedad diferenciada". El vínculo analógico entre pintura y escritura, sugerido en principio a escala macroscópica ("sus tiempos", "el siglo"), venía a ser repropuesto, en consecuencia, a escala microscópica, individual. En ese marco, los métodos prepaleográficos de un Allacci no eran utilizables. Sin embargo, por los mismos años había habido un intento aislado de someter a análisis, desde un punto de vista no habitual, los escritos individuales. El médico Mancini, citando a Hipócrates, observaba que es posible remontarse de las "operaciones" a las "impresiones" del alma, que a su vez tienen raíces en la "propiedad" de los cuerpos aislados: "por cuya suposición, y con la cual, como yo creo, algunos buenos ingenios de este nuestro siglo han escrito y querido dar regla de conocer el intelecto a ingenio ajeno con el modo de escribir y de la escritura de este o aquel hombre". Uno de esos "buenos ingenios" era muy probablemente el médico boloñés Camillo Baldi, quien en su Tratado de cómo por una carta misiva autógrafa se pueden conocer la naturaleza y cualidad del escritor incluía un capítulo que puede ser considerado el más antiguo texto de grafología que haya visto la luz en Europa. Se trata del Capítulo VI del Tratado, intitulado: "Cuáles son las significaciones que de la figura del carácter se pueden tomar"; aquí "carácter" designaba a "la figura y el retrato de la letra, que elemento se llama, hecho con la pluma sobre el papel". (67) Con todo, y pese a las palabras elogiosas ya recordadas, Mancini se desinteresó del objetivo declarado de la naciente grafología, la reconstrucción de la personalidad del que escribía por medio de un análisis que partiera del "carácter" gráfico trazado para llegar al "carácter" psicológico (se trata aquí de una sinonimia que una vez más nos remite a una única y remota matriz temática). En cambio, Mancini se detuvo en el supuesto básico de la nueva disciplina, el de que las distintas grafías individuales son diferentes y, más aun, inimitables. Si se aislaban en las obras pictóricas elementos igualmente inimitables, sería posible alcanzar el fin que Mancini se había prefijado: la elaboración de un método que permitiera distinguir las obras originales de las falsificaciones, los trabajos de los maestros de las copias, o de los productos de una misma escuela. Todo ello explica la exhortación a controlar si en las pinturas
se ve esa franqueza del maestro, y en particular en esas panes que por necesidad se hacen de resolución y no se pueden bien hacer con la imitación, como son en especial el cabello, la barba, los ojos. Que el ensortijamiento de los cabellos, cuando se lo ha de imitar, se los hace con penuria, la que en la copia después aparece, y, si el copiador no los quiere imitar, entonces no tienen la perfección de maestro. Y si estas panes, en la pintura, son como los tramos y grupos en la escritura, que piden esa franqueza y resolución de maestro. Aun lo mismo se debe observar en algunos espíritus y vasos de luz [sic], que de a poco por el maestro son hechos de un trazo y con una resolución por una no imitable pincelada; a igual en los pliegues de ropas y su luz, los cuales dependen más de la fantasía del maestro y su resolución que de la verdad de la cosa puesta en su ser. (68)
Como se ve, el paralelo entre el acto de escribir y el de pintar, ya sugerido por Mancini en varios pasajes, es retomado aquí, desde un punto de vista nuevo y sin precedentes (si se exceptúa cierta fugaz alusión de Filaretes, que puede haber sido desconocida para Mancini) (69). La analogía se subraya por medio del use de términos técnicos repetidamente citados en los tratados de pintura de la época, como "franqueza", "trazos", "grupos". (70) Incluso la insistencia en la "velocidad" tiene el mismo origen: en una época de creciente desarrollo burocrático, las peculiaridades que aseguraban el éxito de una buena letra cursiva ministerial en el mercado escriturial, por así decirlo, eran, además de la elegancia, la rapidez en el ductus. (71) En general, la importancia que Mancini atribuye a los elementos ornamentales atestigua una reflexión para nada superficial sobre las características de los modelos escrituriales que prevalecían en Italia entre fines del siglo XVI y principios del XVII. (72) El estudio de la grafía de los "caracteres" demostraba que la identifición de la mano del maestro debía. buscarse, de preferencia, en aquellos sectores de un cuadro que a) eran realizados más rápidamente, y ‑en consecunecia‑ b) tendencialmente más disociados de la representación de lo real (disposición del tocado y la cabellera, pliegues de la vestimenta que "dependen más de la fantasía del maestro y su resolución que de la cosa puesta en su ser"). Ya tendremos ocasión de volver más adelante sobre la riqueza que ocultan estas manifestaciones, una riqueza que ni Mancini ni sus contemporáneos estaban en condiciones de develar.
5. "Caracteres". La misma palabra reaparece, en su sentido cabal o en forma analógica, hacia 1620, en los escritos del fundador de la física moderna, por un lado, y en los de los iniciadores de la paleografía, la grafología y la connoisseurship, respectivamente. Por supuesto que entre los "caracteres" inmateriales que Galileo leía con los ojos de su mente (73) en el libro de la naturaleza, y los que Allacci, Baldi o Mancini descifraban materialmente en papeles y pergaminos, telas o tablas existía sólo un parentesco metafórico. Pero la identidad de términos pone de relieve aun más la heterogeneidad de las disciplinas que hemos situado en forma paralela. Su componente de cientificidad, en la acepción galileana del término, decrecía bruscamente, según se pasara de las "propiedades" universales de la geometría a las "propiedades comunes del siglo" de los escritos y, luego, a la "propiedad propia a individual" de las obras pictóricas o, sin más, de la caligrafía.
Esta escala decreciente confirma que el verdadero obstáculo para la aplicación del paradigma galileano era la existencia o no de una centralidad del elemento individual, en cada una de las disciplinas enunciadas. La posibilidad de un conocimiento científico riguroso iba desvaneciéndose en la misma medida que los rasgos individuales eran considerados de más en más pertinentes. Claro que la decisión previa de dejar de lado los rasgos individuales no garantizaba por sí misma la aplicabilidad de los métodos físico‑matemáticos (sin la cual no se podía hablar de adopción del paradigma galileano propiamente dicho); pero al menos no la excluía.
6. En este punto se abrían dos caminos: o se sacrificaba el conocimiento del elemento individual a la generalización (más o menos rigurosa, más o menos formidable en lenguaje matemático), o bien se trataba de elaborar, si se quiere a tientas, un paradigma diferente, basado en el conocimiento científico, pero de una cientificidad aún completamente indefinida, de lo individual. El primero de esos caminos sería recorrido por las ciencias naturales, y sólo mucho tiempo después fue adoptado por las llamadas ciencias humanas; y la causa es evidente. La propensión a borrar los rasgos individuales de un objeto se halla en relación directamente proporcional con la distancia emotiva del observador. En una página del Tratado de arquitectura, Filaretes, tras afirmar que es imposible construir dos edificios exactamente idénticos (tal como, a pesar de las apariencias, las "jetas de los tártaros, que tienen todos el rostro de un mismo modo, o bien las‑de los de Etiopía, que son todos negros, si bien los miras, encontrarás que hay diferencias en los parecidos"), admite con todo que existen "muchos animales que son parecidos uno al otro, como ser moscas, hormigas, gusanos y ranas y muchos peces, que de esa especie no se reconoce uno del otro". (74) A los ojos de un arquitecto europeo, las diferencias, incluso mínimas, entre dos edificios (europeos) eran relevantes, en tanto que las que separaban a dos "jetas" tártaras o etíopes resultaban desdeñables, y las de los gusanos o las hormigas directamente inexistentes. Un arquitecto tártaro, un etíope ignorante en temas de arquitectura o una hormiga habrían propuesto jerarquías diferentes. El conocimiento individualizante es siempre antropocéntrico, etnocéntrico y así por el estilo. Es claro: también los animales, los minerales o las plantas podían ser considerados desde una perspectiva individualizante, por ejemplo adivinatoria; (75) y sobre todo, en el caso de ejemplares que estuvieran claramente fuera de la norma. Como se sabe, la teratología era una parte importante de la mántica. Pero en las primeras décadas del siglo XVII la influencia que, aun indirectamente, podía ejercer un paradigma como el galileano tendía a subordinar el estudio de los fenómenos anómalos a la búsqueda de la norma, la adivinación al conocimiento totalizador de la naturaleza. En abril de 1625 nació cerca de Roma un ternero de dos cabezas. Los naturalistas vinculados con
7. Entre esas ciencias se contaban, al menos en apariencia, las ciencias humanas (como las definiríamos hoy). Y en cierto sentido era una inclusión a fortiori, aunque más no fuera por el tenaz antropocentrismo de estas disciplinas, tan candorosamente expresado en la ya recordada página de Filaretes. Y sin embargo, hubo intentos de introducir el método matemático también en el estudio de los hechos humanos. (80) Resulta comprensible que el primero y más logrado de esos intentos ‑el de los aritméticos políticos‑ asumiera como su objeto propio los gestos humanos más determinados desde el punto de vista biológico: el nacimiento, la procreación, la muerte. Esta drástica reducción permitía una investigación rigurosa y, al mismo tiempo, bastaba para los fines informativos, militares o fiscales de los estados absolutos, que dada la escala de sus operaciones se orientaban en sentido exclusivamente cuantitativo. Pero la indiferencia por lo cualitativo de los abanderados de la nueva ciencia, la estadística, no alcanzó a borrar por completo el vínculo de esta última disciplina con la esfera de las que hemos llamado indiciales. El cálculo de probabilidades, como lo proclama el título de la clásica obra de. Bernouilli (Ars conjectandi) trataba de dar una formulación matemática rigurosa a los problemas que de manera absolutamente diferente ya habían sido afrontados por la adivinación. (81) Pero el conjunto de las ciencias humanas permaneció sólidamente unido a lo cualitativo; y no sin malestar, sobre todo en el caso de la medicina. A pesar de los progresos cumplidos, sus métodos aparecían inciertos, y sus resultados dudosos. Un escrito como La certezza della medicina, de Cabanis, aparecido a fines del siglo XVIII (82), reconocía esta carencia de rigor, por más que a continuación se esforzara por reconocerle a la medicina, pese a todo, una cientificidad sui generis. Las razones de la "incerteza" de la medicina parecían ser dos, fundamentalmente. En primer lugar, no bastaba catalogar las distintas enfermedades de manera de integrarlas a un esquema ordenado: en cada individuo, la enfermedad asumía características diferentes. En segundo término, el conocimiento de las enfermedades seguía siendo indirecto, indicial: el cuerpo viviente era, por definición, intangible. Por supuesto, era posible seccionar el cadáver, pero ¿cómo remontarse desde el cadáver, ya afectado por los procesos de la muerte, a las características del individuo vivo? (83) Ante esta doble dificultad, era inevitable reconocer que la eficacia misma de los procedimientos de la medicina era indemostrable. En conclusión, la imposibilidad para la medicina de alcanzar eÍ rigor propio de las ciencias de la naturaleza derivaba de la imposibilidad de la cuantificación, como no fuera para funciones puramente auxiliares. La imposibilidad de la cuantificación se derivaba de la insuprimible presencia de lo cualitativo, de lo individual; y la presencia de lo individual dependía del hecho de que el ojo humano es más sensible a las diferencias (aunque sean marginales) entre los seres humanos que a las que se dan entre las rocas o las hojas. En las discusiones sobre la "incerteza" de la medicina, estaban formulados ya ,los futuros dilemas epistemológicos de las ciencias humanas.
8. En la citada obra de Cabanis podía leerse entre líneas una impaciencia muy comprensible. Pese a las más o menos justificadas objeciones que se le pudieran formular en el plano metodológico,. la medicina seguía siempre siendo una ciencia plenamente reconocida desde el punto de vista social. Pero no todas las formas de conocimiento indicial se beneficiaban en ese período de un prestigio semejante. Algunas, como la connoisseurship, de origen relativamente reciente, ocupaban un lugar ambiguo, al margen de las disciplinas reconocidas. Otras, más vinculadas con la práctica cotidiana, estaban lisa y llanamente fuera de todo reconocimiento. La capacidad de reconocer un caballo defectuoso por la forma del corvejón, o de prevenir la llegada de un temporal por un cambio inesperado en la dirección del viento, o la intención hostil de una persona que adoptara una expresión ceñuda, no se aprendía por cierto en los tratados de veterinaria, meteorología o psicología. En cualquier caso, esas formas del saber eran más ricas que cualquier codificación escrita; no se transmitían por medio de libros, sino de viva voz, con gestos, mediante miradas; se fundaban en sutilezas que por cierto no eran susceptibles de formalización, que muy a menudo: ni siquiera eran traducibles verbalmente; constituían el patrimonio, en parte unitario y en parte diversificado, de hombres y mujeres pertenecientes a todas las clases sociales. Estaban unidas por un sutil parentesco: todas ellas nacían de la experiencia, de la experiencia concreta. Este carácter concreto constituía la fuerza de tal tipo de saber, y también su limite, es decir la incapacidad de servirse del instrumento poderoso y terrible de la abstracción. (84)
Desde hacía ya tiempo, la cultura escrita había tratado de producir una formulación verbal concreta de ese corpus de saberes locales. (85) En general, se había tratado de formulaciones chirles y empobrecidas. Piénsese, sin más, en el abismo que separaba a la esquemática rigidez de los tratados de fisionómica de la penetración fisiognómica flexible y rigurosa que podían ejercer un amante, un mercader de caballos o un jugador de cartas. Tal vez fuera sólo en el caso de la medicina donde la codificación escrita de un saber indicial había dado lugar a un verdadero enriquecimiento... pero la historia de los vínculos entre la medicina culta y la medicina popular aún está por escribirse. Durante el siglo XVIII; la situación cambia. Existe una verdadera ofensiva cultural de la burguesía, que se apropia de gran parte del saber, indicial y no indicial, de artesanos y campesinos, codificándolo y al mismo tiempo intensificando un gigantesco proceso de aculturación, ya iniciado (como es obvio, con formas y contenidos muy diferentes) por
La recopilación sistemática de estos "pequeños discernimientos", como los llama Winckelmann en otra parte, (86) alimentó entre los siglos XVIII y XIX la reformulación de saberes antiguos, desde la cocina a la hidrología o la veterinaria. Para un número cada vez mayor de lectores, el acceso a determinadas experiencias fue mediatizado más y más_ por las páginas de los libros. La novela llegó hasta a proporcionar á la burguesía un sustituto y al mismo tiempo una reformulación de los ritos de iniciación, o sea el acceso a 1a experiencia en general. (87) Y fue precisamente gracias a la literatura de ficción que el paradigma indicial conoció en este período un nuevo a inesperado éxito.
9. Ya hemos recordado, a propósito del remoto origen, presumiblemente cinegético, del paradigma indicial, la fábula o cuento oriental de los tres hermanos que, interpretando una serie de indicios, logran describir el aspecto de un animal que jamás han visto. Este relato hizo su primera aparición en Occidente en la recopilación de Sercambi. (88) Luego regresaría, como marco de una recopilación de relatos mucho más amplia, presentada como traducción del persa al italiano por "Cristóbal armenio", que apareció en Venecia, a mediados del siglo XVI, bajo el título de Peregrinaggio di tre giovani figliuoli del re di Serendippo ("Peregrinaje de tres jóvenes hijos del rey de Serendib"). Con estas características, el libro fue repetidas veces impreso y traducido: primero al alemán, luego, en el transcurso del siglo XVIII, a favor de la moda orientalizante de la época, a las principales lenguas europeas. (89) El éxito de la historia de los hijos del rey de Serendib fue tan grande que Horace Walpole acuñó en 1754 el neologismo serendiipity, para designar "los descubrimientos imprevistos, lleva dos a cabo gracias al azar y a la inteligencia". (90) Algunos años antes de esto, Voltaire había reelaborado, en el tercer capítulo de su Zadig, el primero de los relatos del Peregrinaggio, que había leído en traducción francesa En esta reelaboración, el camello del original se había convertido en una perra y un caballo, que Zadig lograba describir minuciosamente descifrando las huellas dejadas por los animales en el terreno. Zadig, acusado de robo y conducido ante los jueces, se disculpaba reproduciendo en alta voz el razonamiento mental que le había permitido trazar el retrato de dos animales que jamás había visto:
J'ai vu sur la sable les traces d'un animal, et j'ai jugé aisément que c'étaient celles d'un petit chien. Des sillons légers et longs, imprimés sur de petites éminences de sable entre les traces des pattes, m'ont fait cónnaitre que c'était une chienne dont les mamelles étaient pendantes, et qu'ainsi elle avait fait des petits, il y a peu de jours... (91)
En estas líneas, y en las que las seguían, se hallaba el embrión de la novela policial. En ellas se inspiraron Poe, Gaboriau, Conan Doyle; directamente los dos primeros, tal vez indirectamente el tercero. (92)
Las razones del extraordinario éxito de la novela policial son conocidas, y sobre algunas de ellas volveremos más adelante. De todos modos, cabe observar desde un principio que ese género novelístico se basaba en un modelo cognoscitivo al mismo tiempo antiquísimo y moderno. Ya hemos hecho referencia a su antigüedad, incluso inmemorial. En cuanto a su modernidad, basta citar is página en la que Cuvier exaltó los métodos. y los éxitos de la nueva ciencia paleontológica:
... aujoud'hui, quelqu'un qui voit seulement la piste d'un pied fourchu peut en conclure que l'animal qui a laissé cet empreinte ruminait, et cette conclusion est tout aussi certaine qu'aucune autre en physique et en morale. Cette seule piste dome donc á celui qui l'observe, et la forme des dents, et la forme des machoires, et la forme des vertébres, et la forme de tous les os des jambes, des cuisses, des épaules et du bassin de l'animal qui vient de passer: c'est une marque plus sure que toutes cedes de Zadig. (93)
Un indicio tal vez más seguro, aunque similar en el fondo: el nombre de Zadig se había vuelto hasta tal punto simbólico que en 1880 Thomas Huxley, en el ciclo de conferencias que pronunció para difundir los descubrimientos de Darwin, definió como "método de Zadig" al procedimiento que mancomunaba la historia, la arqueología, la geología, la astronomía física y la paleontología; es decir la capacidad de hacer profecías retrospectivas. Disciplinas como éstas, profundamente impregnadas de diacronía, no podían sino estar referidas al paradigma indicial o adivinatorio (y Huxley hablaba en forma explícita de adivinación dirigida al pasado), (94) descartando el paradigma galileano. Cuando las causas no son reproducibles, sólo cabe inferirlas de los efectos.
III
1. Los hilos que componen la trama de esta investigación podrían ser comparados con los que forman un tapiz. Llegados a esta altura, los vemos ya ordenados en una malla tupida y homogénea. La coherencia del diseño puede ser verificada recorriendo con la vista el tapiz en distintas direcciones. Si lo hacemos verticalmente, establecemos una secuencia del tipo Serendib‑Zadig-Poe‑Gaboriau‑Conan Doyle. Si lo hacemos horizontalmente, nos encontramos, a comienzos del siglo XVIII, un Dubos, que city una junto a otra, en orden decreciente de plausibilidad, la medicina, la connoisseurship y la identificación de la letra manuscrita. (95) En fin, si lo hacemos en forma diagonal, saltamos de uno a otro contexto histórico y en los orígenes de Monsieur Lecoq (el detective creado por Gaboriau, que recorre febrilmente un "terreno inculto, cubierto de nieve", moteado por huellas de criminales, comparándolo con una "inmensa página en blanco, donde las personas que buscamos han dejado escritos no solamente sus movimientos y pasos, sino también sus pensamientos secretos, las esperanzas y las angustias que las agitaban"). (96) veremos perfilarse autores de tratados de fisionómica, adivinos babilonios ocupados en descifrar los mensajes escritos por los dioses en las piedras y en los cielos, cazadores del Neolítico.
El tapiz es el paradigma que sucesivamente, según cada uno de los contextos, hemos ido llamando cinegético, adivinatorio, indicial o sintomático. Está claro que esos adjetivos no son sinónimos, aunque remitan a un modelo epistemológico común, estructurado en disciplinas diferentes, con frecuencia vinculadas entre sí por el préstamo mutuo de métodos, o de términos‑clave. A hora, entre los siglos XVIII y XIX, con la aparición de las “ciencias humanas”; la constelación de las disciplinas indiciales cambia profundamente: surgen nuevos astros destinados a un rápido eclipse, como la frenología (97) o a un extraordinario éxito, como paleontología; pero sobre todo se afirma, por su ! prestigio epistemológico y social, la medicina. A ella se remiten, explícita o implícitamente, todas las "ciencias humanas". Pero, ¿a qué porción de la medicina? A mediados del siglo XIX vemos perfilarse una alternativa: por un lado, el modelo anatómico; por el otro, el sintomático. La metáfora de la "anatomía de la sociedad, usada hasta por Marx, en un pasaje crucial, (98) expresa la aspiración a un conocimiento sistemático en una época que había visto ya derrumbarse el último gran sistema filosófico, el hegeliano. Pero a pesar del gran éxito del marxismo, las ciencias humanas han terminado por asumir cada vez más (con una relevante excepción, como veremos) el paradigma indicial de la sintomática. Y aquí nos reencontramos con la tríada Morelli‑Freud‑Conan Doyle, de la que habíamos partido.
2. Hasta ahora habíamos venido hablando de un paradigma indicial (y sus sinónimos) en sentido general. Es el momento de desarticularlo. Una cosa es analizar huellas, astros, heces (humanas y animales), catarros bronquiales, córneas, pulsaciones, terrenos nevados o cenizas de cigarrillos; otra, analizar gra fías, obras pictóricas o razonamientos. La distinción entre naturaleza (inanimada o viva) y cultura es fundamental, mucho más, en verdad, que la distinción infinitamente más superficial y cambiante entre las distintas disciplinas. Ahora bien, Morelli se había propuesto rastrear, dentro de un sistema de signos culturalmente condicionados, como el sistema pictórico, las señales que poseían la involuntariedad de los síntomas y de la mayor parte de los indicios. Y no solamente eso: en esas señales involuntarias, en las "materiales pequeñeces –un calígrafo las llamaría garabatos‑", comparables a las "palabras y frases favoritas" que "la mayor parte de los hombres, tanto al hablar como al escribir... introducen en su mensaje, a veces sin intención, o sea, sin darse cuenta", Morelli reconocía el indicio más certero de la individualidad del artista. (99) De ese modo, este estudioso retomaba (tal vez indirectamente) (100) y desarrollaba los principios metodológicos enunciados tanto tiempo antes por su predecesor Giulio Mancini. No era casual que esos principios hubieran llegado a la maduración después de tanto tiempo. Precisamente por entonces, estaba surgiendo una tendencia cada vez más decidida hacia un control cualitativo y capilar sobre la sociedad por parte del poder estatal, que utilizaba una noción de individuo basada también en rasgos mínimos a involuntarios.
3. Cada sociedad advierte la necesidad de distinguir los elementos que la componen, pero las formas de hacer frente a esta necesidad varían según los tiempos y los lugares.(101) Tenemos, ante todo, el nombre; pero cuanto más compleja sea la sociedad, tanto más insuficiente se nos aparece el nombre cuando se trata de circunscribir sin equívocos la identidad de un individuo. En el Egipto grecorromano, por ejemplo, si alguno se comprometía ante un notario a desposar una mujer o a llevar a cabo una transacción comercial, se registraban junto con su nombre unos pocos y sumarios datos físicos, unidos a la mención de cicatrices (si es que las tenía) a otras señas particulares. (102) En todo caso, las posibilidades de error o de sustitución dolosa de personas se mantenían elevadas. En comparación, el hecho de trazar una firma al pie de los contratos presentaba muchas ventajas: a fines del siglo XVIII, el abate Lanzi, en un pasaje de su Storia pittorica, dedicado a los métodos de los connoisseurs, afirmaba que la no imitabilidad de la letra manuscrita individual había sido querida por la naturaleza para "seguridad" de la "sociedad civilizada" (burguesa). (103) Por supuesto, las firmas también se podían falsificar, y, sobre todo, excluían de cualquier control a los no alfabetizados. Y a pesar de esos defectos, durante siglos y siglos las sociedades europeas no sintieron la necesidad de métodos más seguros y prácticos de comprobación de la identidad, ni siquiera cuando el nacimiento de la gran industria, la movilidad geográfica y social con ella vinculada y la vertiginosa conformación de gigantescas concentraciones urbanas cambiaron radicalmente los datos del problema. Y sin embargo, en sociedades de esas características, hacer desaparecer las propias huellas y reaparecer con una identidad cambiada era un juego de niños, no ya solamente en ciudades como Londres o París. Con todo, sólo en las últimas décadas del siglo XIX se propusieron, desde distintos sectores, y en competencia entre sí, nuevos sistemas de identificación. Era una exigencia que nacía de las alternativas de la contemporánea lucha de clases: la creación de una asociación internacional de trabajadores, la represión de la oposición obrera después del episodio de
La aparición de las relaciones de producción capitalistas había provocado ‑en Inglaterra desde 1720, aproximadamente, (104) en el resto de Europa casi un siglo después con el Código Napoleón‑ una transformación de la legislación relacionada con el nuevo concepto burgués de propiedad, que llevó a áu‑_ mentar el número de delitos punibles y la gravedad de las penas. La tendencia a la punición de lá lucha de clases fue acompañada por la erección de un sistema carcelario basado en la detención prolongada. (105) Pero la cárcel produce criminales. En Francia, el número de reincidentes, en continuo aumento a partir de 1870, alcanzó hacia fines del siglo un porcentaje cercano a la mitad de los sometidos a proceso. (106) El problema de identificar a los reincidentes, planteado en esas décadas, constituyó en los hechos la cabeza de puente de un proyecto. general, más o menos consciente, de control generalizado y sutil sobre la sociedad.
Para la identificación de los reincidentes se hacía necesario probar. a) que un individuo había sido ya condenado, y b) que dicho individuo era el mismo que había sufrido la anterior condena. (107) El primer punto quedó resuelto con la creación de los registros de policía. El segundo planteaba dificultades más graves. Las antiguas penas que señalaban para siempre a un condenado, marcándolo o mutilándolo, habían sido abolidas. El lirio impreso en la espalda de Milady había permitido a D'Artagnan reconocer en ella a una envenenadora ya castigada en el pasado por sus crímenes, mientras que dos evadidos como Edmond Dantés y Jean Valjean habían podido reaparecer en el escenario social bajo falsas y respetables personalidades (estos dos ejemplos bastarían para demostrar hasta qué punto la figura del criminal reincidente pesaba sobre la imaginación del siglo XIX). (108) La respetabilidad burguesa pedía signos de reconocimiento menos sanguinarios y humillantes que los que existían durante el ancien régime, pero igualmente indelebles.
La idea de un enorme archivo fotográfico criminal fue en un principio descartada, por los insolubles problemas de clasificación que planteaba; ¿cómo, en efecto, aislar elementos "discretos" en el continuum de las imágenes? (109) La variante de la cuantificación aparecía como más sencilla más rigurosa. Desde 1879, un empleado de
Como se comprenderá, el método de Bertillon era increíblemente enredado. Al problema que planteaban las mediciones, nos hemos ya referido. El "retrato hablado" empeoraba más las cosas.'¿Cómo distinguir, en el momento de la descripción, una nariz gibosa‑arqueada de otra nariz arqueada‑gibosa? ¿Cómo clasificar los matices de un ojo azul verdoso?
Ya desde su memoria de 1888, más tarde corregida y profundizada, Galton había propuesto un método de identificación macho más sencillo, tanto por lo que se refería a la recopilación de datos como a su clasificación. (114) El método se basaba, como es sabido, en las huellas digitales. Pero el propio Galton reconocía con mocha honradez que otros lo habían precedido, teórica y prácticamente.
El análisis científico de las impresiones digitales fue iniciado ya en 1823 por el fundador de la histología, Purkyne, en su memoria Commentatio de examine physiologico organi visas et systematis cutanei . (115) Diferenció y describió nueve tipos fundamentales de líneas papilares, si bien afirmando al mismo tiempo que no existen dos individuos con impresiones digitales idénticas. Las posibilidades de aplicación práctica de ese descubrimiento eran ignoradas, a diferencia de sus implicaciones filosóficas, discutidas en el capítulo De cognitiorie organismi individualis in genere. (116) El conocimiento del individuo, decía Purkyné, es central en la medicina práctica, empezando por la diagnóstica: en individuos diferentes, los síntomas se presentan de maneras diferentes, y en consecuencia deben ser tratados de distinta forma. Por eso algunos modernos, que Purkyné no nombra, han definido a la medicina práctica como "artem individualisandi (die Kunst des Individualisirens)". (117) Pero los fundamentos de ese arte se encuentran en la fisiología del individuo. Aquí Purkyné, quien de joven había estudiado filosofía en Praga, reencontraba los temas más profundos del pensamiento de Leibniz. El individuo, "ens omnimodo determinatum", es dueño de una peculiaridad, susceptible de ser hallada hasta en sus características imperceptibles, infinitesimales. Ni la casualidad, ni las influencias externas, bastan para explicarla. Hay que suponer la existencia de una norma o "typus" interno que mantiene la variedad de los organismos dentro de los límites de cada especie: el conocimiento de esta "norma" (afirmaba proféticamente Purkyné) "franquearía el conocimiento escondido de la naturaleza individual". (118) El error de la ciencia fisionómica fue el de enfrentarse al problemas ' de la variedad de individuos a la luz de opiniones preconcebidas y de conjeturas apresuradas: de tal modo, ha sido hasta ahora imposible echar las bases de una fisionómica descriptiva, científica. Abandonando el estudio de las líneas de la mano a la "vana ciencia" de los quiromantes, Purkyné concentraba su atención sobre un dato mucho menos llamativo: y en esas otras líneas impresas en las yemas de los dedos volvía a hallar la marca de la individualidad.
Dejemos Europa por un momento y vayamos a Asia. A diferencia de sus colegas europeos, y de manera completamente independiente, los adivinos chinos y japoneses también se habían interesado por esas líneas poco llamativas que surcan la epidermis de la mano. La costumbre, atestiguada en China, y, sobre todo, en Bengala, de estampar sobre cartas y documentos la yema de un dedo sucio de pez o de tinta (119) tenía probablemente tras de sí una serie de reflexiones de carácter adivinatorio. Quienes estaban acostumbrados a descifrar misteriosos escritos en las venaduras de la piedra de la madera, en las huellas dejadas por los pájaros o en los arabescos grabados en el lomo de las tortugas (120) debían llegar a concebir sin esfuerzos a las líneas dejadas por un dedo sucio sobre una superficie cualquiera como una escritura. En 1860, sir William Herschel, administrador en jefe del distrito de Hooghly, en Bengala, se percató de esta costumbre, difundida entre las poblaciones locales, apreció su utilidad y pensó en servirse de ella para el mejor funcionamiento de la administración británica. (Los aspectos teóricos de la cuestión no le interesaban; la memoria en latín de Purkyné, convertida en letra muerta durante medio siglo, le era absolutamente desconocida.) En realidad, observó retrospectivamente Gal ton, se sentía gran necesidad de un instrumento de identificación eficaz, no solamente en
Galton se basó en el artículo de Herschel para volver a pensar, y profundizar sistemáticamente, toda la cuestión. Lo que había posibilitado su investigación era la confluencia de tres elementos muy diferentes. El descubrimiento de un científico puro como Purkyné; el saber concreto, relacionado con la práctica cotidiana de las poblaciones bengalíes; la sagacidad política y administrativa de sir William Herschel, fiel funcionario de Su Majestad Británica. Galton rindió homenaje al primero y al tercero. Trató además de distinguir peculiaridades raciales en las impresiones digitales, pero sin resultado; se propuso, de todos modos, continuar sus investigaciones en algunas tribus indias, con la esperanza de hallar en ellas características "más próximas a las de los monos" (a more monkey‑like pattern). (122)
Además de dar una contribución decisiva al análisis de las impresiones digitales, Galton, como hemos dicho, había vislumbrado también sus implicaciones prácticas.
En muy breve lapso el nuevo método fue adoptado en Inglaterra, y de allí, poco a poco, se difundió por todo el mundo (uno de los últimos países en ceder fue Francia). De esa manera, cada ser humano ‑observó orgullosamente Galton, aplicándose a sí mismo el elogio vertido por un funcionario del ministerio francés del Interior respecto de su competidor Bertillon‑ adquiría una identidad, una individualidad sobre la cual podía hacerse hincapié de manera cierta y duradera.(123)
Así, lo que a ojos de los administradores británicos había sido, hasta poco antes, una indistinta multitud de " jetas" bengalíes (para usar el despreciativo término de Filaretes) se convertía de repente en una serie de individuos, marcado cada uno de ellos por una señal biológica específica. Esa prodigiosa extensión tie la noción de individualidad se producía de hecho a través de la relación con el Estado, y con sus órganos burocráticos y policiales. Hasta el último habitante del más mísero villorrio de Asia o de Europa se volvía, gracias a las impresiones digitales, reconocible y controlable.
4. Pero el propio paradigma indicial usado para elaborar formas de control social cada vez más sutil y capilar puede convertirse en un instrumento para disipar las brumas de la ideología, que oscurecen cada vez más una estructura social compleja, como la del capitalismo maduro. Si las pretensiones de conocimiento sistemático aparecen cada vez más veleidosas, no por eso se debe abandonar la idea de totalidad.
Al contrario: la existencia de un nexo profundo, que explica los fenómenos superficiales, debe ser recalcada en el momento mismo en que se afirma que un conocimiento directo de ese nexo no resulta posible. Si la realidad es impenetrable, existen zonas privilegiadas ‑pruebas, indicios‑ que permiten des
Esta idea, que constituye la médula del paradigma indicial o sintomático, se ha venido abriendo camino en los más variados ámbitos cognoscitivos, y ha modelado en profundidad las ciencias humanas. Minúsculas singularidades pornográficas han sido usadas como rastros que permitían reconstruir intercambios y transformaciones culturales, en una remisión explícita a Morelli que saldaba la deuda contraída por Mancini con Allacci casi tres siglos antes. La representación de los ropajes tremolantes en los pintores florentinos del siglo XV, los neologismos de Rabelais, la curación de los enfermos de escrofulosis por parte de los reyes de Francia a Inglaterra, son sólo algunos de los ejemplos de la manera en que ciertos mínimos indicios han sido asumidos una y otra vez como elementos reveladores de fenómenos más generales: la visión del mundo de una clase social, o de un escritor, o de una sociedad entera. (124) Una disciplina como el psicoanálisis se conformó, según hemos visto, alrededor de la hipótesis de que ciertos detalles aparentemente desdeñables podían revelar fenómenos profundos de notable amplitud. La decadencia del pensamiento sistemático fue acompañada por el éxito del pensamiento aforístico; desde Nietzsche pasamos a Adorno. El término mismo "aforístico" es revelador (Es un indicio, un síntoma, un vestigio: no salimos del paradigma).
Aforismos era, efectivamente, el título de una obra de Hipócrates. En el siglo XVII empezaron a aparecer recopilaciones de "Aforismos políticos". (125) La literatura aforística es, por definición, una tentativa de formular juicios sobre el hombre y la sociedad en base a síntomas, a indicios; un hombre y una sociedad enfermos, en crisis. Y también "crisis" es un término médico, hipocrático. (126) Es fácil demostrar, por lo demás, que la más grande novela de nuestros tiempos -A la recherche du temps perdu‑ está construida según un riguroso paradigma indicial. (127)
5. Ahora bien, ¿puede ser riguroso un paradigma indicial? La orientación cuantitativa y antropocéntrica de las ciencias de la naturaleza, desde Galileo en f adelante, ha llevado a las ciencias humanas ante un desagradable dilema: o asumen un estatus científico débil, para llegar a resultados relevantes, o asumen un estatus científico fuerte, para llegar a resultados de escasa relevancia. Solamente la lingüística logró, durante este siglo, escapar al dilema, y por eso ha llegado a ser el modelo, más o menos logrado; inclusive para otras disciplinas.
Con todo, nos asalta la duda de si este tipo‑de rigor no será, no solamente inalcanzable, sino también indeseable para las formas del saber más estrechamente unidas a la experiencia cotidiana o, con más precisión, a todas las situaciones en las que la unicidad de los datos y la imposibilidad de su sustitución son, a ojos de las personas involucradas, decisivos. Alguien ha dicho ‑que el enamoramiento es la sobrevaloración de las diferencias marginales que existen entre una mujer y otra (o entre un hombre y otro). Pero lo mismo podría decirse también de las obras de arte o de los caballos. (128) En situaciones como éstas, el rigor elástico (perdónesenos el contrasentido) del paradigma indicial aparece como insuprimible. Se trata de formas del saber tendencialmente mudas ‑en el sentido de que, como ya dijimos, sus reglas no se prestan a ser formalizadas, y ni siquiera expresadas‑. Nadie aprende el oficio de connoisseur o el de diagnosticador si se limita a poner en práctica reglas preexistente En este tipo de conocimiento entran en juego (se dice habitualmente) elementos imponderables: olfato, golpe de vista, intuición.
Hasta aquí, nos habíamos guardado escrupulosamente de hacer use de este término, que es un verdadero campo minado. Pero si se quiere verdaderamente usarlo, como sinónimo de recapitulación fulmínea de procesos racionales, habrá que distinguir una intuición baja de otra alta.
La antigua fisionomística árabe estaba basada en la firasa: noción compleja, que genéricamente designaba la capacidad de pasar en forma inmediata de lo conocido a lo desconocido, sobre la base de indicios. (129) El término, sacado del vocabulario de los sufíes, se usaba para designar tanto las intuiciones místicas como las formas de la sagacidad y la penetración similares a las que se atribuían a los hijos del rey de Serendib. (130) En esta segunda acepción, la firása no es otra cosa que el órgano del saber indicial. (131)
Esta "intuición baja" radica en los sentidos (si bien los supera) y, en cuanto tal, nada tiene que ver con la intuición supersensible de los distintos irracionalismos que se han venido sucediendo en los siglos XIX y XX. Está difundida por todo el mundo, sin límites geográficos, históricos, étnicos, sexuales o de clase, y en consecuencia se halla muy lejos de cualquier forma de conocimiento superior, que es el privilegio de pocos elegidos. Es patrimonio de los bengalíes a quienes sir William Herschel expropiara su saber; de los cazadores; de los marinos; de las mujeres. Vincula estrechamente al animal hombre con las demás especies animales.